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Nueva nota del autor

domingo, 07 de marzo del 2010 a las 19:16
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Nueva nota del autor

«De la reedición y final de la novela».

 

¡Qué tal queridísimos lectores constantes, y bienvenidos a los nuevos!

¡Bienaventurados sean aquellos que deciden continuar —o que desean comenzar este viaje!

Un viaje que comenzó hace más de un año y que pronto me abrió las puertas al futuro. Me ayudó a querer forjar mi carácter como escritor, y me impulsó a continuar la carrera de letras en el profesorado de Lengua y Literatura, no sólo para crecer como profesional, sino como un ayudante más de la juventud tan olvidada estos días… Pero olvidemos por un instante eso, soy un soñador más que intenta ganarse la vida viviendo de su imaginación.

 

Hago llegar a ustedes esta carta para aclarar algunas ideas sueltas que han ido surgiendo a lo largo de la producción de este proyecto de “publicación virtual”. «Supremacía» siempre fue, es aun, y lo será al menos unos meses más; un proyecto de novela aun sin terminar —les recuerdo que aun no he finalizado la segunda parte, y advierto una posible tercera—, de modo que, como esta novela es una versión muy joven de mi mismo, de mi Yo escritor, existen graves falencias gramaticales, e incluso de detalles a lo largo de la historia, puede que muchos fallos sean adrede y otros pocos sean mera equivocación del ser humano que tipea estas palabras.

Asimismo los personajes que interactúan en ella, meros «sacos de huesos» —como dice el glorioso King—, no están bautizados con los nombres originales, sino con apodos, alias para proteger su verdadera identidad, una identidad que espero algún día poder presentar en la feria del libro, por decir algo…

… Por el resto, no es demasiado lo que merece ser mencionado, sino quizá la cita de tres maravillosos libros que leí aquel verano y que me ayudaron indirectamente a componer mi propia historia, —este ítem va especialmente dirigido a mis compañeros y profesores del Instituto Nº 35—; los libros son:

—Los dientes del tigre de Tom Clancy.

Cromosoma 8 de Peter Holt.

La fortaleza digital y La conspiración de Dan Brown.

Supongo que a mis lectores constantes les parecerá ahora demasiado familiar el panorama descrito en Supremacía 1, y a aquellos que hayan leído las obras y autores antes citados les prometo una historia verdaderamente nueva, más no un plagio con nombre atractivo.

¡Gracias, a todos gracias!

 

M. D. Ribeiro

 

N. del A. 1 - 2

domingo, 07 de marzo del 2010 a las 19:15
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NOTA DEL AUTOR

 

 

Antes que nada, quisiera confesar que este proyecto comenzó con una sola frase, y jamás pensé que sería el inicio —y consecuente fin— de mi primera novela. Surgió como una aparente hipnosis auto-inducida frente a la pantalla de mi computadora. Simplemente deje a mi imaginación volar lo más alto y lo más lejos que pude durante las horas que fueron necesarias.

Por esta razón, muchas de las cosas que estas a punto de leer surgen de cómo yo las imagine; es cierto que dedique varias horas a la búsqueda de información acerca de que ocurrió y como sucedieron algunos hechos presentes en la historia que pertenece a nuestro pasado y aun persiste en nuestros días. Asimismo, jamás abandone la ciudad donde vivo en el transcurso de los meses que invertí en esta novela. Los detalles geográficos pueden no corresponder a los reales. Prometo que para la próxima usare un planisferio más grande. Mis sinceras disculpas.

Las explicaciones genéticas resultan de publicaciones de alcance público, es decir que no son inventadas. Las mutaciones son un hecho, quizás no del modo en que suceden en la historia.

Antes de dejarte a solas con la historia y sus personajes, y que comiences a alejarte de la realidad quiero decirte que si eres niño o adolecente, espero convencerte de que conozcas los libros, y ante todo espero no aburrirte, y si eres adulto y ya tienes una biblioteca armada en algún rinconcito de tu casa, espero cumplir con tus expectativas.

A todos, gracias por su consideración…

 

M. D. Ribeiro

 

Ezeiza, Buenos Aires.

15 de febrero — 14 de abril de 2009

 

 

Enormes agradecimientos:

 

A mi familia. Por el apoyo incondicional y los momentos de silencio.

A todos los que alguna vez me preguntaron: “¿vas a publicar algo de lo que escribís?”. Gisela, Gustavo, Leila, entre otros. Aquí tenéis, espero no defraudaros.

Para terminar quiero rendir especial gratitud a mi primo y hermano espiritual, Dario Quinteros. Una vez me dijiste:

‹‹Curiosamente, sino hubieras soñado, no podrías seguir avanzando››

Sin tu ayuda y apoyo permanente esta novela no sería lo mismo. Gracias por las charlas, las ideas y las búsquedas en la web.


 

 

 

 

Prólogo

 

Amiens, Francia. 1939

 

 

Abraham Jericho, soldado francotirador de la decima división de ataque de Francia, estaba al mando de la operación 19. Ataque a un laboratorio y robo de un producto explosivo.

Lo más extraño para los soldados que componían la decima división, era saber que la misma no existía. Pertenecían a un comando donde sus métodos debían ser implacables. Sobre todo para el año que corría, 1939, el Führer atacaba con fuerza implacable, ya había despedazado Polonia, con un ejército mejor preparado que sus adversarios, contaban con cinco líneas de ataque. En total cincuenta y cuatro divisiones. Sus números ascendían al medio millón de hombres.

Para el Führer solo se trataba de un entrenamiento, y al ver que embolsaba grandes cantidades de enemigos, y a su vez evitando un posible ataque aliado, cubrió las espaldas germanas atacando Noruega. Su Blitzkrieg —guerra relámpago— había surtido el efecto esperado.

Pero el optimismo de Adolf Hitler era tal que había decidido que Francia seria su próximo blanco. Europa temblaba bajo sus pies, buscando aliados para repeler el ataque, y evitar el armado de un gran estado alemán unificado. Que traía aparejados sistemas partidarios únicos, uniformización de los estados, ilegalización de restantes partidos, depuración ideológica, y reeducación según las creencias nazis.

Por esta razón el escuadrón “fantasma” como eran llamados por los enemigos, debía cumplir con tres metas: entrar, atacar y salir. Sin remordimientos, sin testigos, sin reglas, sin supervivientes. Mientras que el resto de las divisiones hacían lo posible de guardar las fronteras. Algo casi imposible.

Aquel nublado 15 de Junio de 1939 no tenía nada especial, la temperatura ascendía la decima y media sobre cero, Francia era azotada por el embate nazi, que ya había tomado la tercera parte del país. Y las trincheras ardían por el fuego enemigo.

Los fantasmas habían recibido una orden simple, una pequeña casa que hacía las veces de “tapadera” para un laboratorio de explosivos. Según las intercepciones radiales aquel laboratorio en una zona granjera en las afueras de la ciudad, en el estado de Amiens, acababa de terminar “una gran orden de un producto nuevo”.

Por esa razón la orden era simple, atacar, hacerse con el “producto” y retenerlo para investigación en los laboratorios de la resistencia francesa, en el mismo país.

Los fantasmas se componían de quince integrantes, a las ordenes del francotirador Abraham “Abe” Jericho, con tan solo veintidós años, había alcanzado la madures en el ejercito dadas sus cualidades innatas para el manejo de armas, defensa personal y manejo de escuadrones. Ahora el equipo que le había sido asignado se preparaba en el interior de un camión de transporte de alimentos bajo bandera nazi. Lo habían interceptado a seis kilómetros del punto de ataque.

Por suerte para ellos no había ningún comboy que los escoltara.

—Mal por los alemanes— pensó Jericho, antes de efectuar dos limpios disparos a los ocupantes de la cabina.

Apostados a los lados del camino rural, los otros catorce aguardaron al segundo disparo antes de abalanzarse sobre el camión. Y con sus fusiles preparados. Pero lo encontraron vacio de personas, y lleno de comida enlatada de procedencia germana.

Dos fantasmas tomaron las ropas de los conductores y subieron a la cabina. Los otros trece se escondieron en la parte posterior. Aunque estaban desfallecientes de hambre no tocaron la comida. En la guerra no había tiempo para uno mismo.

Aparcaron el camión un kilometro antes de la zona limite. Y dispusieron las posiciones de ataque, siempre debían aguardar la orden de Abe Jericho. Era como un ídolo en las trincheras, era como si siempre supiera donde debía atacar, y jamás había errado un tiro, o puesto a alguno de sus compañeros en peligro.

Así se dividieron en cinco grupos y formaron un gran semicírculo en la entrada de la granja, tres en los extremos y ya a los cien metros comenzaron a escuchar los gritos de los enemigos. Estaban cargando algo con sumo cuidado en un camión casi idéntico al que acaban de usar.

Abe, hizo señas para que el extremo del ala izquierda, se cerrara y se ocultara en los pastizales secos; la misma seña para el extremo derecho. Seis soldados aguardarían a que las cosas se pusieran muy feas. Cincuenta metros más adelante los nueve soldados se detuvieron, los dos de cada extremo también se ocultaron en el reseco suelo. Y solo un par de pasos más cerca del límite de ataque, esa delgada franja invisible entra la vida y la muerte, cuatro más se ocultaron. Ya habían llegado a un delgado molino que giraba sus aspas al ritmo de la brisa templada de la mañana. Abraham Jericho comenzó a subir, rezando que no descubrieran la maniobra. Pero los alemanes seguían enfrascados en la discusión. Logró entender algunas palabras.

—Muevan con cuidado esos barriles, si se golpean fuerte somos historia.

A lo que otra voz respondía:

—Crees que somos tan idiotas, ya déjanos trabajar en paz. No es necesario que digas lo mismo con cada barril que agarramos.

Jericho ya había alcanzado la cima y observó la disposición de los soldados. Una rápida cuenta le devolvió la visión de seis guardias armados. Otros dos que acarreaban con los barriles. Uno más que debía ser el químico, debían intentar conservar con vida a este al menos algunas horas.

Volteó, levantando la mano y elevando al cielo plomizo tres dedos.

Los soldados que comenzaban a acomodarse recibieron la orden. Al tercer disparo debían alzarse y comenzar el ataque. Ellos también habían aprovechado la discusión para observar las inmediaciones. No debían errar ningún tiro y que fuera a parar a los barriles explosivos.

Abe espero a que acabaran de cargar el barril en el camión, de ese modo reducían las posibilidades de una explosión que irremediablemente daría por fallida la misión.

Dos soldados bajaron de la caja del camión e ingresaron al interior de la casa. Esa era la señal que Abraham esperaba. Levanto el rifle M1 Garand con una mira que el mismo le había implantado con un telescopio regulable. El blanco se encontraba a menos de cincuenta metros, hoy no necesitaría la mira especial.

La cabeza de uno de los guardias apareció entre los ángulos de la mira de fábrica perfectamente calibrada. Lo siguió con el rifle apoyado en el hombro, la posición no era su favorita pero si intentaba cualquier movimiento que revelara su posición quedaría a merced de seis FG 42 con varias rondas de balas cada una. El solo llevaba cinco en el cargador del rifle, y tenía dos cargadores mas. Debía agradecer a su suerte que tenía balas. Había oído que otros escuadrones debían compartir dos cargadores entre tres soldados.

Un guardia encendió un cigarrillo y se acercó para compartirlo con el otro.

Abe esbozo una sonrisa, los idiotas se habían acercado mucho. Nuevamente dispuso la cabeza del blanco entre los ángulos.

—Dos blancos fijos como una diana, al precio de uno—, susurro.

Contuvo la respiración un instante y jaló el gatillo.

El ángulo de ingreso de la bala dibujo una recta de treinta y cinco grados, desde la cabeza de uno hasta en pecho de su compañero de cigarrillo.

El resto de los fantasmas oyó el primer disparo, y las ráfagas de disparos de la Gestapo, separaron la cabeza del suelo, unos centímetros, disparaban a cualquier lado, y maldecían. Preguntándose entre ellos de donde había venido el disparo.

Enseguida el segundo disparo. Los soldados nazis se refugiaron en el interior de la casa. Y comenzaron a disparar desde el interior.

Dos segundos más tarde, el tercer disparo.

En cincuenta segundos los cuatro fantasmas más cercanos tomaron la granja. Los otros aseguraron al científico entrando por la parte de atrás.

El sol comenzaba a asomar entre las nubes, pero el clima anunciaba que acabaría lloviendo de un momento a otro. Mientras que un grupo acababa de subir los barriles —con un líquido espeso en el interior— otro grupo vigilaba, entre ellos Jericho, y un tercer grupo registraba el resto de la casa.

El científico estaba atado en extremo de un pequeño comedor. Y balbuceaba algo que los demás no entendían, pero sabían que no era alemán. Lo que si sabían era que extrañamente un estudioso ayudara a construir algo que dañara a la humanidad, a favor de un beneficio nazi; por esa razón el escuadrón fantasma jamás había matado a un científico, o un medico, salvo que les diera razón para hacerlo.

El cielo volvió a oscurecerse cuando las primeras gotas caían suicidas humedeciendo el suelo. Al cabo de unos minutos se convirtió en un aguacero, y no tardaron en tocar tierra los primeros rayos. Y como si hubiese sido un aviso al fondo del ruido de tormenta, un motor pesado arrastraba un vehículo. Abe fue el primero en oírlo, y aviso a los demás. Los vigías se prepararon para repeler el ataque. Y lo que se acerco allá en el horizonte fue un camión de trasporte de la milicia nazi dentro vendrían al menos veinte soldados, como mínimo. Abraham preparo su rifle, debía retrasarlos lo mas que pudiera. Venían bastante rápido y tenía una oportunidad. Apoyo la culata en su hombro y el rostro en la mira. Le reveló que se trataba de la división militar nazi, la Schütz- Staffel, el rostro del conductor se acercó lo suficiente como para describir el color de los ojos. Jaló el gatillo.

La bala ingreso por el pómulo izquierdo causándole un agujero en toda la cara, era lo que sucedía con esas balas cuando daban en los huesos del rostro. El cuerpo del conductor convulsionó, haciendo que el camión trepara una pequeña loma a un lado del camino, con el suelo inestable como estaba, no tardó en derrapar y volcarse.

Recargó la bala en la recámara. Sus compañeros comenzaron a buscar cobertura más cerca del camión, para evitar que se acercaran. Seguramente el plan era volar el cargamento con una de esas bombas incendiarias.

Durante unos instantes no ocurrió nada, salvo el explosivo poder de los rayos que tocaban tierra. Y entonces comenzaron los primeros disparos. Por detrás del camión volcado algunos saldados alemanes comenzaron a disparar. Mientras un grupo reducido, y fuera del alcance de la vista de los fantasmas, empezaron a ganar terreno para rodearlos. Ya habían caído dos miembros del escuadrón francés, al tiempo que Abe había derriba a uno de los contrarios. Y entonces lo inimaginable.

Un Messerschmitt plateado, con una cruz negra de bordes blancos, sobrevoló la zona disparando a mansalva los campos yermos, la balacera acabó sobre el techo de la derruida casa. Definitivamente el blanco era el camión con explosivos.

En aquel momento de confusión un miembro del escuadrón fantasma se subió al camión, ninguno de sus compañeros lo había notado hasta que fue demasiado tarde.

El Messerschmitt había volteado para contraatacar nuevamente, esta vez disparo a uno de los soldados franceses que se cruzó en el camino de balas, acabo disparando la caja de transporte. Y volvió a alejarse. Abe y otras tres cabezas giraron en la dirección de los disparos al tiempo que el transporte era envuelto en llamas con una sorda explosión, los restos seguían moviéndose por la inercia. Los cuerpos inertes de la Gestapo muertos minutos antes y los tres fantasmas volaron por los aires, la casa perdió el frente y parte del techo se derrumbo.

Seguían lloviendo balas y el escuadrón fantasma, ahora reducido a seis miembros, sabían que si no se movían pronto acabarían fusilados. Abe era el más herido. Sus oídos sangraban y un trozo de metal del camión estaba incrustado en su espalda a la altura de los omoplatos. Respiraba con dificultad. Cuando dos de sus compañeros lo arrastraron para sacarlo de la línea de fuego.

 

 

El grupo reducido de soldados había llegado a la parte trasera de la casa. Y aguardaban el momento justo para entrar. Con suerte el científico belga estaría vivo y con mucha más suerte el proyecto estaría a salvo. Sí, todo iba según los planes, pronto la victoria seria para los soldados del Führer, el tercer Reich dominaría al resto de las razas.

Vidkun Spengler capitán de una de las divisiones más pequeñas de los Schütz- Staffel —policía militar— sonreía con su cercana victoria, y próximo ascenso.

En el interior de una derruida casa se encontraba la media docena de supervivientes de los denominados fantasmas. Ese inútil grupo de la resistencia francesa, le daría un gran premio. Pero más aun, qué se había topado por casualidad con el ataque de ellos a esa zona en particular. Definitivamente había un soplón que había pasado la orden del cargamento de explosivos, pero ni eso era cierto.

El no sabía exactamente que hacía ese doctor búlgaro, en estas instalaciones, pero cuando unas semanas atrás lo había encontrado por casualidad en uno de sus saqueos, habían notado que tenía un laboratorio oculto debajo de la misma casa, una especie de sótano, un bunker. Por orden directa del Führer debían resguardar ese lugar de los intrusos.

Sí, eso esperaba, una gran recompensación, por proteger el secreto.

 

 

En el interior de la pequeña casa, el techo comenzaba a hacer sonoros ruidos previniendo una irremediable caída. Los cinco soldados de la resistencia francesa veían más de cerca la muerte, tanto como la marcha de los soldados alemanes. Revisaron sus municiones, que ya escaseaban.

—No podremos contra ellos.

—No pienso entregarme, hermano, soy judío con un demonio, he oído cosas terribles acerca de que les hace a los prisioneros. No pienso hacer la prueba.

El énfasis con el que había expresado su descontento lo había hecho ponerse de pie, ahora era blanco fácil de la Schütz- Staffel. Un sonoro disparo impacto en el casco del soldado. Su cuerpo cayó al suelo inmediatamente.

—François. —Gritó uno de ellos. Poniéndose de pie y comenzado a disparar ráfagas de cinco o seis balas al exterior. No tardó en caer al suelo, la parte posterior de su cabeza se habia desprendido. Uno de ellos que observaba inerte la escena, pudo ver como su cerebro (lo que quedaba de él) aun latia.

—E... Escuchadme —Susurro doliente el científico.

Hasta el momento ninguno de ellos había reparado en que el científico estaba debajo de una viga de madera del techo que se había desprendido.

—Escuchadme. — Repitió en un tono duro, apenas entendible—. Detrás de vosotros, hay una puerta a un sótano. —Hizo una larga pausa, vomitando algo de sangre—. Hay otra salida.

Uno de ellos, el más joven y que intentaba retener la hemorragia de Abraham que permanecía inconsciente, miró sobre su hombro. Notó un inmenso armario.

El otro se estiró sobre el piso. Lentamente y sin levantarse mucho. Lo corrió. En efecto, detrás del mueble se encontraba una pequeña puerta. La abrió.

Dentro se extendió un pozo en el que no podía ver el final, al principio dudoso de la maniobra y la repentina ayuda del científico pensó en dar marcha atrás, pero noto algo al final. Una tenue luz que dibujaba sombras dejando ver un final a unos tres metros.

—Rápido pásame al capitán. —Dijo tanteando la oscuridad en busca de una escalera. Sus dedos dieron con algo.

En una posición muy incómoda, con el peso muerto del desfalleciente Abe Jericho en sus hombros y con tres resbalones que casi terminan en caída, toco el suelo rebelándose ante él un panorama muy distinto.

El otro estaba a punto de seguir a su compañero. Cuando detrás de él sonó la voz del científico. Volteo para mirarlo, sabiendo que el mismo lo había atado y dejado en aquel lugar, se imagino la situación.

El pobre hombre no tuvo ni posibilidad de esquivar la venida del techo encima, simplemente ver la muerte caer sobre él y no poder defenderse.

—Hay una manera de salvar a vuestro amigo, puede incluso salvarlos él a ustedes. Solo has algo por mí.

El soldado asintió en silencio. Ahogo unas lágrimas que comenzaba a cerrársele en la garganta.

— Matadme, —susurro con aquel acento seco, volviendo a toser sangre—, matadme, por favor.

El soldado preparo su revólver. Las únicas balas que le quedaban, las últimas nueve balas, ocho si descontaba la que tenía pensado usar con el mismo o con alguno de sus compañeros si las cosas se ponían muy feas. Siete sabiendo que le debía algo al pobre hombre que sufría delante de él. Al fin y al cabo estaba así por su culpa.

Le quitó el seguro al revolver.

—Inyectadle la jeringuilla que tiene el líquido violeta. Hacedlo con el que está herido, se pondrá bien.

El joven asintió. Rezó encomendándole el alma al todopoderoso.

Tres metros más abajo Abraham Jericho despertaba con un inmenso dolor en la espalda. Sabiendo que el dolor era bueno. El dolor significaba vida. Escucho un disparo sordo, volviéndolo completamente en sí, noto que el sonido se envolvía extraño, como si hubiese perdido la completa audición de uno de sus oídos.

El panorama había cambiado. Ya no había avión que sobrevolara la zona, ni el camión en llamas, ni soldados nazis acercándose, estaba en una especie de habitación en una cueva, llena de elementos de estudio científico, una ligera luz en una pequeña lamparita iluminaba tenuemente el lugar. Y solo uno de sus compañeros estaba con el intento hablar pero el dolor le atravesó la espalda sintiendo algo incrustado en ella.

El joven soldado que se hallaba junto a él no despega la mirada de la pared posterior, como si esperara que algo viniera de ahí.

—No se preocupe capitán, saldremos de esta. —Le apretó fuertemente la mano, mas para darse fuerza a sí mismo, que a su compañero herido.

El sonido de unos pasos en la oscuridad los hizo sobresaltarse a ambos. Pero era otro fantasma el que se acercaba, con los ojos rojizos, prisioneras las lágrimas en ellos.

—Tuve que matarlo, —susurró— A continuación dejó el rifle reformado de Abe a un lado. Aun tiene balas, y traje esto.

Soltó los cargadores de las armas de sus compañeros caídos.

Entre ellos hubo miradas de compasión.

Tenemos que hacer algo con el capitán, no sangra mucho, pero cuando intentemos sacarle esto de la espalda…

—Merd —escupió el otro—, me dijo que podía salvarse si le inyectábamos algo que había por aquí. Una jeringuilla con un líquido violeta.

—¿Podemos confiar en él?

—No lo sé, me dijo que había una salida oculta, creo que nos alejara unos cuantos cientos de metros en el campo, antes de salir a la superficie, en el medio, detrás de nosotros le podemos dejar esto. —Dijo señalando una pequeña mina terrestre.

Jericho miró a los soldados, las voces parecían estar perdidas en el ambiente que lo rodeaba, pero las caras de sus compañeros y los cargadores dedujo que las cosas no estaban bien. Observo la mina en la mano de su compañero, sabiendo que lo que tenía entre manos también era una reforma suya. Pero jamás la habían puesto a prueba, nunca antes habían tenido que usarla.

Consistía en el dispositivo común de mina, que estallaba al ejercer presión, pero él lo había reformado agregándole una pequeña traba que pendía de un hilo, no solo explotaba al pisar la mina, sino al tocar el hilo y quitar la traba.

Sabía que no podría moverse mucho, eso retrasaría a sus compañeros. Pero aun podía quedarse a darles un poco de tiempo. Nuevamente intento hablarles pero le era imposible, apenas podía respirar y sentía el trozo metálico en su espalda. Comenzaba a perder el sentido.

Uno de los otros empezó a revisar la mesa de trabajo, en medio encontró cuadernos y paginas con letras ilegibles, pero por algunos dibujos del cuerpo humano, entendió que sería medico. Pensó que quizás se tratara de alguna medicina la jeringuilla.

Entonces en una pequeña caja de cristal, sobre una base de tela y gasa, encontró lo que estaba buscando.

Un pequeño cilindro de vidrio, con una finísima aguja en el extremo, y en el otro un pulsador metálico, que llegaba hasta la mitad del cilindro, acabando en una punta de goma. Y en el medio de eso brillaba un liquido violeta, tal y como el científico había dicho.

—¿Vas a inyectarle eso?

La respuesta la respondieron los primeros golpes en el piso superior. Los nazis habían decidido entrar ejerciendo una gran violencia en el acto, tal y como los caracterizaba. Ejerciendo miedo.

—No hay tiempo, busca la salida.

—De acuerdo.

Abraham Jericho, sintió un ligero pinchazo en el brazo izquierdo, y pronto un calor insoportable recorriéndole el cuerpo, al sentir el calor llegar al pecho, y su corazón desparramándolo por todo el cuerpo, comenzó a sentirse con fuerzas como para abrir los ojos. Algunos segundos más tarde, dejo de sentir dolor solo para dejar ese calor en el interior de su cuerpo. Sin saber que había ocurrido desde que sintió que perdía el conocimiento. Se puso de pie. Tambaleándose pero con una nueva fuerza en el. Vio que sus compañeros lo miraban con asombro, y por sobre su hombro vislumbro el trozo metálico que colgaba de él. Lo arrancó sin sentir el menor dolor.

El otro habia encontrado el túnel.

—Sigan ese camino y sigan tal cual lo han planeado.

—Pero señor. No podemos dejarlo aquí.

—Es una orden soldado. Coloquen la mina a medio camino.

—¿Pero usted?

Jericho se miro las manos, sintiendo el calor recorrerle el cuerpo entero.

—Yo estaré bien. —Afirmó con un brillo extraño en la mirada.

 

 

La Schütz- Staffel irrumpió en el bunker.

—Corran. —Les grito a sus compañeros al tiempo que tomaba su rifle, de tirón le saco el telescopio, reviso el interior, recordando que aun tenía cinco balas.

Espero saber que estoy haciendo. –Dijo para sí.

Los últimos fantasmas se arrastraban por un angosto túnel. La humedad pegándose en sus cuerpos sudados, las muertes de sus compañeros en sus mentes.

Aquella debía ser una misión simple, pero no encajaban los refuerzos nazis, ¿Cómo demonios sabían que estarían ahí? ¿Para qué enviar a un escuadrón tan grande?

La respuesta llego a uno de ellos como un rayo cae en la tierra, sin premeditación.

Había un soplón en las líneas.

Oyeron el primer disparo. Le siguieron otros dos.

Estaba usando el rifle.

Con lágrimas en los ojos coloco la mina. Y se alejaron rápidamente. La luz del sol brillando entre nubes negras les trajo un alivio leve. Aun lloviznaba, dándole un tono multicolor al aire. Un arco iris en el horizonte arqueo el cielo. Los últimos dos fantasmas corrieron cincuenta metros antes de oír la fuerte explosión del túnel. El capitán no había sobrevivido mucho tiempo. Pero había algo mas la explosión hizo mirar a la guardia en la dirección en que dos soldados franceses huían.

Dos disparos después, el escuadrón fantasma de la rebelión francesa se había disuelto.

Con la casa envuelta en llamas la policía militar nazi, se retiro arrastrando un cuerpo.

—Capitán Spengler, el laboratorio ha sido destruido. No conseguimos la muestra.

La cara de Vidkun Spengler, se retorció de asco, imaginando lo que venía a continuación. Pero no se iría solo, si había que ejecutar a alguien por perder el importante experimento, entregaría a la división entera antes de afirmar que había sido culpa suya.

—Pero tenemos algo más señor, dijo señalando al cuerpo inerte del francotirador francés.

—¿Está muerto? —Pregunto aun frunciendo el rostro aun con mas asco.

-Aun no, lo golpeamos fuertemente en la cabeza.

Levanto la Luger y cargo una bala en la recamara. Se la apoyo en el centro de la cabeza.

—Señor, espere unos minutos antes de ejecutarlo.

Vidkun le dedico una mirada arrogante al soldado que le impedía saciar su ira.

—¿Hay alguna razón para que no tomes tú su lugar?

—Sí, señor, de hecho la hay. —El soldado se agito, bajando los ojos ante la mirada desafiante del capitán—. Escuche lo que tienen que decir los hombres… los que sobrevivieron.


 

 

 

 

—Primera parte—

 

 

 

Ese estúpido egoísmo humano…

 

1

 

—En algún lugar de Nueva York—

 

 

—El mundo globalizado alcanzó su punto máximo alrededor del 2004, ahora más de una década después los estudiosos deberían cambiar el nombre a la era en la estamos. Por ejemplo… —el hombre de traje dudó un instante antes de proseguir con la práctica de su discurso—. “La era de la falta de consciencia colectiva”

››Con solo mirar a un puñado de personas podemos destacar algunas cosas, —continuó—. Once de cada diez personas llevan un celular en alguna parte de su cuerpo. Muchos de ellos, sus Palm, Laptops, I pods, o cualquier Gadget que les libere el cerebro de la situación en la que viven. Atrás quedaron las épocas de conversar con el compañero de asiento en el tren, o el subte. Los jóvenes con sus PlayStation de bolsillo, o televisores portables. Y en sus casas, consolas de última generación y juegos en línea que simulan la vida misma.Lanzó un largo suspiro, antes de proseguir—.

››Pendrives con capacidad de almacenaje de hasta dieciséis Gigabytes. Que alguien me responda, —Disimulo una risa actuada— ¿para qué demonios quiere un muchacho que apenas sabe limpiarse los mocos sin ensuciarse las manos, semejante espacio de almacenaje? Si ni siquiera hay espacio para uno mismo en un mundo como este, ¿acaso transporta los manuales de construcción de una lanzadera espacial?

El secretario tomaba nota de cada palabra y asentía con la cabeza.

El hombre de traje continuó.

—Pero lo mejor de todo es que están en paz consigo mismos. Esperan que los demás efectúen el cambio. ¿Sabes lo que veo cuando me asomo a esta inmensa ventana?

El joven secretario solo le dedico una mirada de respeto, dejándolo continuar.

—Veo un mundo lleno de posibilidades, y ningún obstáculo que me impida tomarlo. Desde estos trescientos metros de altura, veo a la ciudad como a una maqueta.

El muchacho decidió interrumpirlo en su rutina diaria de evaluación de pensamientos.

—¿Entonces sigue con el plan, señor? —Dijo con timidez.

—Por supuesto que sigo con el plan. —Contestó—. Y esa es la razón por la que lo hago, no hay nadie que lo reclame. ¿Sabes lo que quiere un hombre que lo tiene todo? Y me refiero al Hombre, como el resultado de la definición filosófica, como género, varones y mujeres por igual.

—No lo sé, señor. —Preguntó con sinceridad.

—Poder, Roy. Poder. Yo tengo el mejor poder al que se puede aspirar.

—¿Y, ese seria?

—¡Demonios! Roy, dinero. —Exclamó golpeando las palmas en un aplauso furioso—. Eres un buen secretario, muy eficiente, pero a veces no entiendo como la inteligencia y la idiotez van de la mano. O en este caso, en la misma cabeza.

—Lo siento señor.

—No, no te disculpes. —Dijo con falsedad—. ¿Aun no has notado que disculpándote, o pidiendo permiso, o por favor; no consigues nada? Alcánzame mi teléfono celular. El Nokia.

Los ojos de Fran Havok, el hombre de traje; brillaron con un destello maligno. Metió la mano en el interior de su saco. Jamás había matado con sus propias manos, siempre hubo otros que lo habían hecho en su lugar. Pero el mundo entero estaba punto de cambiar. El también efectuaría un pequeño cambio.

Sintió el peso del arma en sus manos, templando el metal con el calor de sus manos.

—Aquí esta, señor.

—Llama al número seguro.

—Sí señor, tome. Ya está llamando.

Fran Havok le arrebató el celular de las manos temblorosas del secretario manos, escucho que llamaba un vez, luego el silencio.

—Háganlo. —Ordeno sin vacilar—. Aun sabiendo que acababa de abrir las mismísimas puertas del infierno.

Se puso justo frente al joven y delgado ayudante. La espalda del muchacho quedo contra el ventanal del piso cien de Havok Industries. Afuera, la ciudad latia de vida.

—Gracias por tus servicios, Roy “comoseatuapellido”. —Susurro al tiempo que le entregaba el celular.

Los ojos de Roy enrojecieron, temiendo un futuro trágico inmediato. Los vidrios detrás de él comenzaron a vibrar, como los del resto de los edificios, como si intentaran dar alarma del caos que se avecinaba.

Fran Havok desenfundo el arma con rapidez, una Magnum 357, reformada por y para él. Apta para disparar balas de cabeza explosiva con temporizador.

Ideal para abrir espacio en un embotellamiento. —Pensó.

Jalo el gatillo sin remordimiento.

Un agujero limpio despego los sesos del muchacho y el vidrio blindado estallo en un millón de pedazos que cayeron al vacío. El cuerpo tardo varios segundos en encontrar el suelo, con el celular aun prisionero en sus delgados dedos.

Un grupo de personas comenzaron a gritar al ver el cuerpo de un oficinista caer sobre un Mercedes Benz negro, haciéndolo estallar. Pero pronto olvidarían el hecho.

El cielo comenzaba a cubrirse de negro. Y un zumbido profundo y pesado empezó a llenar el ambiente cargado de vehículos, y bocinas.

Las calles comenzaron a vibrar. Las fachadas de los edificios a resquebrajarse. Los que estaban en la costa divisaron al horizonte inmensos puntos que se iban acercando.

Aterrorizados los ciudadanos neoyorkinos corrieron despavoridos alejándose de los muros que comenzaban a caer, las calles se despedazaron hundiendo a los primeros autos y personas. Los carteles montados en los techos perdían estabilidad y caían al suelo aplastando gente. Las personas que corrían alejándose del norte se toparon con los que hacían lo opuesto desde el sur, juntándose aun más las masas de civiles.

Entonces dieron forma a las nubes metálicas del cielo, convirtiéndose ante sus ojos en helicópteros. Al menos una veintena contando a simple vista. Algunos de ellos bajaron la altura y se quedaron estáticos. Las compuertas se abrieron y lanzaron sogas, comenzando a bajar de ellas un grupo comando vestidos con trajes negros.

No obstante, en la costa, ya habían atracado los inmensos buques que tan solo cuatro minutos atrás en simples puntos en el horizonte. Los que buscaron cobijo en aquella zona no pudieron evitar oír los rugidos de puestas en marcha de inmensos motores en el interior de los dos buques. Las compuertas comenzaron a abrirse. Cuando los aterrorizados ciudadanos vieron lo que estaba saliendo del interior comenzaron a correr de nuevo hacia la ciudad.

Un ejército de tanques, como manada de elefantes, se desplegó con velocidad por las calles que cada vez estaban más destruidas, más carentes de vida.

Los ataques habían comenzado en simultáneo desde el mar, el aire y por tierra.

Poco a poco las victimas notaban que cualquier intento por dar aviso a las autoridades era en vano. Ningún componente electrónico, de lo que minutos antes funcionaba, ahora lo hacía. Ellos no sabían que el ataque había comenzado horas antes saboteando los satélites de triangulación, solo conservándolos en funcionamiento hasta que fuese el momento exacto.

Los tanques comenzaron los ataques, lanzando las municiones de gran calibre hacia las fachadas de los edificios, sin importar que algún civil quedara en medio.

Los Neo Panzers ya habían alcanzado el centro mismo del estado y comenzaron a derrumbar edificios, no parecían tener un blanco fijo, sino implantar el terror en la ciudad. El número de helicópteros Black Hawks reformados creció adueñándose del cielo, como una negra nube de avispas gigantes, casi en un parpadeo. Pero su dirección seguía rumbo al este. En menos de quince minutos, Nueva York se convirtió en polvo, las ciudades aledañas iban cayendo como si fueran las piezas de domino pertenecientes a un juego macabro.

Un ejército incontable de soldados equipados con la última tecnología correteo como hormigas tomando a los supervivientes que estuviesen sanos, y fusilando a los heridos y más ancianos. Los niños arrancados de sus familias, los maridos separados de sus esposas, las mujeres de los hombres.

Ni una bandera, ningún estandarte, flameo con el viento primaveral. Nadie supo quien los había atacado.

A los oídos de los supervivientes llego la información de que en simultáneo habían atacado las fuerzas de defensa del país, el pentágono, los Marines, el ejército nacional, la NSA.

Ahora el nuevo ejército se había apoderado de las armas y vehículos, que estaban a resguardo por varias líneas de vigilancia. Instalaron grandes antenas en puntos estratégicos, y que solo ellos podían manejar utilizar para mandar y recibir los mensajes.

En medio día, acabaron con la primera potencia mundial.

Entonces el hombre de traje, se hizo espacio hasta el centro mismo de lo que era llamada la “zona segura”. El capitán de las fuerzas de control se acerco a él con una PDA en las manos enguantadas.

—¿Como van las cosas? —Pregunto el hombre de traje.

—Acabamos de recibir la confirmación, los Estados Unidos le pertenecen, señor. —Contesto bruscamente el capitán sin ocultar el acento ruso que predominaba en su vocabulario.

—Bien, Alexandr. Hice bien en delegar en ti esta misión. ¿Cuánto para el impacto en el resto?

—Ya está en progreso. —Contesto rápidamente, comenzando a quitarse la máscara, y dando por terminado aquel día.

—¿Cuantas bajas?

—¿Acaso importan? —Bufó liberando un rostro nórdico con una delgada cicatriz que atravesaba el ojo izquierdo desde la frente al mentón en una perfecta línea vertical. —Ascienden los treinta millones. Según los sondeos con el RNE.

—¿Radar de la Nueva Era? ¿Ya está en funcionamiento?

—No se preocupe, es el único que funciona, los demás ya son basura espacial. Imposibles de hackear.

No le gustaba que sobrepasaran sus ordenes, pero después de todo el AUN no era el jefe.

—¿Y los demás? —Preguntó—. ¿Qué paso con los supervivientes?

—Siguiendo el plan, como se acordó, fueron llevado a “los corrales”. Para re-educación. No se preocupe, los programas son implacables. El treinta por ciento de la fuerza son soldados convertidos.

—Sí, no tienes que recordármelo. Supongo que es lo mejor. Muchos son potenciales para el trabajo, pero no estaban dispuestos a ensuciarse un poco.

—Por otro lado. —La voz de Alexandr se convirtió en un susurro sibilante- Hemos recibido un mensaje un tanto extraño. Estamos esperando la confirmación.

—¿Qué sucedió, y en donde?

—Brasil, señor. La orden era atacar la base militar, es una de las más grandes de Sudamérica. Se encuentra a uno cuantos kilómetros de la costa, usamos fuerzas terrestres para respaldar los ataques aéreos. Atracaron en la playa. Además era el punto donde se hallaba uno de los blancos. Eran dos pájaros de un tiro.

—Basta de vueltas. ¿Qué demonios sucedió?

Alexandr Deverov escupió a un lado.

—Tenemos un video, —dijo con ímpetu—. Véalo usted mismo.

 

2

 

—El Nuevo Amanecer—

 

 

Para cuando el resto noto que los satélites dejaban de funcionar era demasiado tarde, en muchos casos las líneas fronterizas ya habían sido sobrepasadas por el ejército de La Nueva Era. Y siguiendo con el patrón que habían usado en Estados Unidos de América, utilizaban la fuerza demoledora e implacable de sobrepasar los números del ejército defensivo, utilizando como único idioma el ataque sin piedad y con varias líneas de comandos tácticos que iniciaban atacando las bases militares de dichos países.

Aquella guerra hacía años que se había desatado, años en que la Nueva Era se había tomado el trabajo de entrenar a soldados capaces de pasar los más estrictos regímenes de seguridad y así lograr formar parte de la misma milicia que luego atacarían. Policía civil, naval, fuerza aérea, fuerza terrestre, acuática, NSA, INTERPOL, CIA, FBI, MI6, hasta Il Cannonciale del vaticano, entre otros.

Inclusive, y en muchos casos, desarmaron células terroristas para ensamblarlas luego entre sus líneas.

Una vez dentro efectuaron uno de los trabajos más peligrosos, el de doble agente. Miles de ellos robaban información de las agencias de seguridad más importantes del mundo e infiltraban otra de importante valor jerárquico para avanzar en los rangos y posiciones, buscando como único destino estar al frente de las normas de seguridad, y códigos de acceso. Así lograron hacerse con tecnología, información, e inclusive, con puntos débiles estratégicos en cada parte del mundo.

Cuando llego el momento de efectuar el primer ataque, que fue llamado “Operación Renacimiento”, ejercieron la fuerza en aquellos puntos, todo por lo que habían trabajado durante la última década, por fin daría sus frutos y todo gracias a un simple hombre, un hombre que ni siquiera tenía intereses monetarios.

Fran Havok se unió a la Orden del Nuevo Amanecer casi por descuido, lo hizo por un cambio espiritual, decía que la avaricia le estaba carcomiendo el alma. Que deseaba hacer algo importante con su dinero, que quería invertir en un futuro más propicio para los hombres. Ya nadie reclama al mundo y el orden era para unos pocos.

Claro que para un hombre como Havok, dueño de la multinacional Havok Industries, la empresa armamentista por excelencia y más importante del mundo occidental, —y del oriental en ciertos oscuros casos de contrabando—, la preferida por la mayoría de las grandes naciones. Fue fácil avanzar en los círculos internos y cuando los altos jerarcas del Nuevo Amanecer, se enteraron del nuevo integrante, no fue difícil que ambas partes encontraran algo en que el otro pudiera beneficiarles.

El Nuevo Amanecer ofrecía un futuro para Fran Havok, y Havok significaba divisas ilimitadas, en una palabra, poder.

No fue difícil que lo demás se convirtiera en realidad. Las transacciones de dinero fueron progresivas, y aumentaron el número de integrantes. Ya no entrenaban a un grupo de varones y mujeres que buscaban paz, entrenaban un grupo de soldados. Los soldados para una nueva era del ser humano. Harían la paz a la fuerza, y de una vez por todas.

Al transcurrir el primer año, los cambios fueron rotundos, la pulseada por el futuro de la humanidad la ganó Fran Havok, quien tomo las riendas del Nuevo Amanecer y no solo les dio un nuevo nombre, sino un destino distinto. Un futuro donde se prometía territorio ilimitado. Su narcisismo se convirtió en la nueva ley. No solo debían entrenarse para la guerra, sino para el control militar, social y económico del mundo entero.

Fran Havok deseaba convertirse en Dios. Y llevaría a cabo su cometido o morirían millones en el intento. Sus ideas sonaban prometedoras, pero no fue hasta que Alexandr Deverov, un mercenario ruso, entró en las líneas internas de La Nueva Era que el sueño no fue una realidad futura y palpable.

Alexandr Deverov, se había entrenado en las mejores condiciones. Conocía a la perfección varias destrezas de defensa personal, principalmente artes marciales, el manejo de las armas, tanto antiguas como de alta tecnología, era bueno con la estrategia, conocía a muchos personas a lo largo y ancho del mundo que podía compartir los mismo ideales o hasta incluso hacerlos parte de ellos. Pero lo más importante es que tenía varias ideas que lo convirtieron en la mano derecha de Havok en los primeros seis meses de su entrenamiento. Así comenzó la operación “El Alba”.

El Alba, era la primera fase de la carrera por el control del mundo, el resultado del primer año de vida de La Nueva Era. La primera parte consistía en poner en órbita un satélite propio de modo que, podrían efectuar movimientos ilimitados y sin control, o robar información de las empresas de seguridad nacional.

Necesitaban una “tapadera”, una excusa para poner un satélite que no fuese detectable. Entonces llego a ellos una donación un tanto particular. La tecnología que les permitiría controlar a las demás tecnologías. Y el donante fue anónimo.

Al menos durante las siguientes cuarenta y ocho horas. Si había algo en lo que Deverov era implacable era en un su trabajo. Y siempre era un trabajo limpio.

La “tapadera” se trataba de un generador de energía inestable, que constaba de nuevos átomos descubiertos durante el experimento con el generador de partículas de alta velocidad el que fue llamado “La máquina de Dios” en busca de “La partícula divina”, dichos átomos fueron descartados como basura desechable, pero había un científico suizo que le había puesto especial interés a estos ínfimos desechos. Descubriendo que si le aplicaba una fuente energía radial de un campo cualquiera, la misma no reaccionaba de ningún modo. Entonces creó un transmisor con una base de ese material, es decir que junto moléculas de “basura desechable” y la metió en una base de silicio de un emisor de radio-frecuencia, y otra plaqueta fue a parar al receptor. Entonces intento encontrase con esas radiofrecuencias y descubrió que no podía.

No se encontró en ningún momento con aquellas ondas, como si la base de “basura desechable” solo estuviera en sintonía con material de su misma composición microscópica.

Ahora solo le quedaba un solo paso, si podía convertir aquella base microscópica en otra macroscópica y luego recubrir algún elemento de alta frecuencia de información, como un satélite por ejemplo, tendría su propio emisor-receptor de información. Y a menos, que alguien tuviera otro receptor configurado con la misma frecuencia, es decir el mismo, nadie podría identificar jamás el origen de dichas ondas, y lo que era mejor nadie podría codificar la información, porque ningún otro organismo científico tenía acceso a las partículas que él había encontrado y rediseñado.

Pero dentro de en su ensimismamiento por trabajar con algo a lo que nadie tendría acceso no noto que era observado por una orden secreta. Más específicamente por un miembro destacado de la Nueva Era.

Este vigilante anónimo se encargo de matar al científico sueco, y de enviar los datos y componentes a Fran Havok, con el interés de recibir una tajada más grande. Pero Alexandr se topó con el plan. Uno de los más antiguos de la antigua orden. Por supuesto que no podía dejar que alguien le sacara ventaja, además ¿qué sabia un novato como aquel de conspiraciones? Después de todo para él era muy sencillo que “el novato” sufriera un trágico accidente, un trágico y sangriento accidente, pero antes debía confesar todos los detalles del experimento.

Alexandr Deverov comprendió que aquel plan de control mundial estaría plagado de tiburones grandes que devoraran a los más pequeños. Solo debía procurar que ninguno creciera más que el.

Le llevó las buenas nuevas a Havok, procurando pasar por alto algunos detalles que le hubiesen restado puntos. Aunque más tarde descubriría que Fran Havok tenía menos escrúpulos que él.

Con la excusa de poner en órbita un satélite de telecomunicaciones nuevo, Havok Industries, obtuvo el permiso para lanzar su pequeño proyecto, y así el espacio cobijo el futuro de La Nueva Era, alimentando en su enorme útero el creciente desarrollo de la futura madre de la tecnología en telecomunicaciones.

Y entonces el paso dos:

El Amanecer de un nuevo futuro, para el cual Havok y compañía ya habían ideado las primeras divisiones, se habían decidido por un régimen totalitario, ya que imaginaban que si daban la posibilidad de elegir, entonces comenzarían los primeros problemas para el nuevo futuro. Idearon varios planes para deshacerse progresivamente de la democracia, casi inútil, ya que nadie respetaba la idea de democracia confundiendo libertad con libertinaje, decisión con egoísmo. Por esa razón deseaban borrar cualquier error de la humanidad, creando regímenes unipartidarios, aboliendo cualquier intento de confrontación.

Fue en la toma de decisiones de la segunda reunión que se oyó por primera vez aquella palabra que casi había perdido el sentido original de la misma. Nazismo, a lo que Havok respondió:

—Lo nuestro es una idea cercana a futuro, no una utopía. Y yo no tengo ese look pop de los bigotitos, aunque no creo que me queden bien si comienzo a dejármelos en estos momentos—. Le siguieron risas aisladas progresivas hasta que se olvidaron del tema.

Un grupo de hombres decidían el futuro de la humanidad, y no pensaban incluirla en el plan final. El Nuevo Amanecer se convirtió en el futuro de la aniquilación de la raza humana más cercano y más poderosos. Miles de sectas alrededor del globo se unían, incluyendo gobiernos enteros, y grupos terroristas.

Fue así como lo que comenzó como una idea, poco a poco comenzó a tomar fuerza, y creciendo en cuanto a liderazgo y poder. Poco después se jugaron las primeras traiciones con la venta anticipada de territorio.

 A Fran Havok comenzó a sonarle una frase cada vez más fuerte en la cavidad craneal.

‹‹Cuando un hombre tienen todo, solo quiere más poder››

Pero la verdadera pregunta que se ocultaba como un galimatías de caracteres ausentes y camuflados era: ¿Qué querría después de que obtuviera más poder?

 

 

Las cartas del destino ya estaban echadas y con varios miles de millones se habían asegurado de que todo saliera beneficioso para algunos.

Los números de dobles agentes se habían duplicado. Fortaleciendo que todo saliera según lo estipulado. Solo faltaba que el momento fuera propicio para atacar efectuar el movimiento.

El Nuevo Amanecer aguardaba agazapado, con Havok a la cabeza, como un tigre esperando a que la gacela se separara de la manada, entonces atacarían sin piedad. Y cuando surgiera el caos y el desconcierto mas tigres estarían preparados.

Usando ese mismo símbolo, la gacela que se separo de la manada fue Estados Unidos, con un pequeño error militar. Ese pequeño error le costaría más caro de lo que el pueblo americano pensaba. Y llego como resultado de malos emprendimientos económicos, para poder realzar el poderío al que estaban acostumbrados, debían efectuar recortes presupuestarios, y lamentablemente; para ellos, el gasto que decidieron recortar fue la seguridad nacional a gran escala.

A principios de siglo veintiuno, habían realizado uno de los avances tecnológicos más significativos para la era que venía, la utilización de tecnología que los ubicaba un paso adelante en materia militar. Con el uso de radares de alta tecnología, capaces de predecir ingresos no deseados a territorio estadounidense. Con límites de hasta doscientos kilómetros, eso les dejaba un margen bastante amplio para efectuar acciones ofensivas u evasivas en cuanto a los ataques.

Pero desde que se había aprobado el proyecto, y con la excusa de evitar supuestos ataques terroristas, jamás habían tenido que prescindir de dichos radares, y el caso es que demandaba millones de dólares en mantenimiento, así fue que por orden presidencial, se presentó un recurso para desactivar por el orden de seis meses los radares de detección de ataques. Claro que si hubiese sido por el común de las personas esto no hubiese sido aprobado. Así que el gobierno y el ejército decidieron jugar a espaldas de los ciudadanos.

Supusieron que de ese modo evitarían el pánico sembrado por el síndrome del miedo generalizado. Y así fue como evitaron el pánico, reforzaron las medidas de seguridad en los aeropuertos y se ordeno vigilar con más atención las células terroristas vigentes con sede en países propensos a fugas de criminales.

Y todo fue bien, al menos durante tres meses. Exactamente hasta el día 3 de julio. Cuando las costas fueron invadidas y los estados tomados. El imperio capitalista mundial, había caído a manos de una nueva célula terrorista que ya había infectado todos los terrenos mundiales.

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domingo, 07 de marzo del 2010 a las 19:13
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—Isla Santa Catalina—

 

 

El día más caluroso en lo que iba del otoño estaba llegaba a su fin, las playas brasileñas rebozaban de alegría por aquel regalo divino, las costas de blanca arena eran bañadas por la espuma de un mar abundante color esmeralda. Unas doscientas personas habían disfrutado de un día perfecto y cálido con el sol alzado en un imponente cielo azul. Pero todo eso estaba terminado y con el fin del día y el sol ocultándose en la lejanía del horizonte, aquella línea infinitamente lejana que parecía tragarse una bola de fuego de naranja carmesí, los rastros de vida se iban alejando a los autos aparcados en el fin del dominio humano. Allí a cien metros donde terminaba el asfalto y comenzaba la arena, dominio del mar que iba ganando terreno conforme la luna se alzaba en el firmamento.

Pero aun se oía a un grupo de personas que estaban de festejo. No eran muchas las ocasiones en que la familia Jericho podía unirse. Y esta vez habían decidido reunirse en la Isla Santa Catalina cercana a Florianópolis, normalmente deshabitada en esa época del año. La docena de personas habían pasado un día de playa estupendo, y en festejo por todos aquellos cumpleaños y fechas de importancia en la que no habían estado juntos.

Mitchell Jericho, a la cabeza de la familia disfrutaba de un momento de vacaciones, últimamente había recibido bastante presión de la comitiva de empresas armamentista para la que el diseñaba los modelos ergonómicos de las futuras armas del mercado. Actualmente vivía permanentemente en suiza junto a su mujer Tamara y su pequeño hijo y futuro adolescente con mal humor Abraham.

Pero no toda la vida había sido sencilla, criado en suiza por padres que habían vivido la segunda guerra mundial, su madre exiliada un tiempo en Gran Bretaña. Su padre fue Capitán y francotirador de unas fuerzas especiales de las que jamás hubo constancia de que existieran, y posteriormente, cuando la armada nazi ataco Francia, de cuya nacionalidad era su padre, fue tomado como prisionero de guerra.  De él había heredado la fascinación por las armas, y por esa razón la convirtió en su vocación.

Durante un viaje de negocios, y supuestas vacaciones, viajó a la Argentina. Allí conoce a la que más tarde se convertiría en su mujer. Tamara, vivieron con fulgor su romance del cual en 1985 nació Kate, al año se casan y se mudan a un pequeño departamento situado en el territorio vulgarmente llamado meseta suiza.

Dos años más tarde, en 1987, Tamara queda embarazada, y deciden trasladarse nuevamente a la Argentina, ya que la empresa para la que Mitchell trabajaba no iba bien, y se les hacia menos duro vivir en una país que convivía enteramente mejor con divisas extranjeras. De ese embarazo nace Christian. Y tres años más tarde durante una de las mini vacaciones que Mitchell hacia al país, nacen Alan y Walter, los gemelos de la familia. Casi como si ellos hubieran traído suerte a su padre, Mitchell consigue un gran contrato para diseñar armas que tuvieran principal funcionabilidad en el desierto.

Claro que años más tarde comienzan los conflictos en medio oriente, lo cual no favorecía a las naciones, pero si a la creciente familia Jericho. Así como también a todas las empresas dedicadas a la carrera armamentista y al diseño de nuevas tecnologías de las mismas.

Durante la década del noventa, fue un buen año para los jóvenes Jericho, los gemelos eran buenos deportistas, Kate, se situaba por delante de las calificaciones escolares y al comenzar la secundaria es becada para concurrir un instituto de desarrollo tecnológico, donde se dedica al diseño grafico.

Durante el transcurso del año noventa y nueve, la empresa a la que pertenecía Mitchell Jericho, es absorbida por una creciente y expansiva empresa tecnológica, Havok Industries. La misma había invertido expandiendo sus mercados a nuevo horizontes y comenzó comprando empresas y fabricas en todo el mundo.

Christian mientras tanto, saltaba de escuela en escuela por problemas de atención, y a la edad de doce años es llevado a terapia, porque creían que podría tener un principio de autismo tardío. Más tarde es llevado a un instituto de enseñanza especial, por tener una curiosidad demasiado grande para permanecer demasiado tiempo con una enseñanza básica. En pocas palabras cuando Chris comprendía un tema, dejaba eso como algo inútil. En la secundaria y como recibiendo una llamado desde lo profundo de su ser, comienza a dedicarse a la medicina. A los dieciocho ingresa a la UBA, y luego viaja a los Estados Unidos para dedicarse enteramente al estudio de la genética.

En 2001 un nuevo integrante se une al clan Jericho, que bautizan con el nombre Abraham en honor al abuelo.

En el año 2004 Kate se casa con su primer y único novio, y queda embarazada a los pocos meses. Y a mediados de 2005, cuando nace su hijo Oscar, abandona su prometedora carrera para dedicarse enteramente a ser madre, mientras su marido asciende en el mercado de diseño grafico en Argentina.

En ese año los gemelos festejan catorce años y anuncian que se separaran para seguir diferentes carreras deportivas. Alan comienza a jugar rugby, y Walter comienza con artes marciales. Un año más tarde Alan recibe una fuerte lesión en una pierna. Una semana después de recibir una llamada para jugar para el club nacional, los pumas en las divisiones juveniles. Los médicos diagnosticaron rotura de ligamentos cruzados, posible operación en quince días.  Su padre jamás había visto un partido, ni jamás había concurrido a una competencia de Walter.

Alan se curó casi milagrosamente luego de una semana de reposo. Pero había perdido el interés por los deportes de equipo para formar parte de un staff de competidores deportes extremos. Comienza con el skate y gana varios trofeos en los siguientes años. Jamás se volvió a lastimar.

Walter, mientras tanto, terminó su entrenamiento consecutivo con la escuela secundaria, comienza a estudiar abogacía. Allí conoce a una joven japonesa que había venido a estudiar a Buenos Aires, luego de dos años de convivencia y estudios consecutivos, deciden casarse tras la noticia de un embarazo no esperado pero bien recibido.

Casi consecutivamente Alan también conoce a su futura mujer, durante una presentación de BMX en Brasil, categoría de ciclismo extremo, deciden comprometerse a los pocos meses. Como un arrebato de rebeldía.

 

 

Ya corría el año 2013, y repasando mentalmente los hechos históricos que reunían a la familia Jericho, Mitchell dejo escapar unas lágrimas, que borro con un poco de agua de mar, solo hasta que su mujer se acerco.

—¿Que te sucede? —Dijo algo preocupada, mientras apoyaba su pequeña mano en el ancho hombro de su marido.

—Nada, es solo que recordaba, que nunca estaba con ellos en los hechos más importantes. —Contesto con un acento que fluía suave del francés, al inglés y al castellano—. Mira a Abraham, jugando con su sobrino, casi a la misma altura y ¿cuántas veces lo has visto? ¿Cuántas veces lo hemos visto nosotros? Tres, cuatro, en ocho años.

Su mujer sonrió.

—Cuatro, querido. ¿Eso es lo que verdaderamente te preocupa?

Mitchell le dedico una gentil sonrisa, intentando guardar un oscuro secreto.

—¡Oh, vamos! Que ya me estoy poniendo viejo y sentimental. Donde esta Chris.

—La última vez que lo vi, hacia unos garabatos en la arena. Bueno en realidad “cálculos de probabilidades con una cepas de células cancerígenas de la especie del cáncer de próstata”. —Dijo recitando a la perfección la explicación que minutos antes le había confesado su hijo.

—De acuerdo. —Contesto él, silbando todo el aire de sus pulmones. —Veré, que puedo hacer con eso—.

Le robo un beso a su mujer, seguía sintiendo el mismo amor al principio.

A unos cuantos metros Alan, Walter y Gustavo, marido de Kate, jugaban a pasarse una pelota de rugby, mientras discutían sobre el último campeonato argentino. Kate vigilaba a los niños, Abe y Oscar, su hermano e hijo, respectivamente, que no querían salir de la gran pileta que significaba para ellos el océano Atlántico.

Más atrás de la escena infantil las mujeres de los gemelos hablaban de moda, en un conversación en la que ninguna de las dos llegaba a comprenderse completamente dadas las lenguas materna que aun se adherían a su paladar producto de un vago conocimiento en castellano, y mucho menos en el idioma que la otra hablaba con claridad, ni japonés para la brasilera, ni portugués para la japonesa.

A cincuenta pasos de la reunión los ojos de Christian luchaban por atrapar la mayor cantidad de luz desvaneciente del sol. Aunque tardara algunos minutos más, pronto la luna lo ayudaría a comprender los garabatos que significaban el resumen de las cepas cancerígenas.

—¿En qué andas, hijo? —Pregunto Mitchell, en perfecto inglés.

—¿Pensé que mama te lo había dicho? —sonrió.

—Es que no entendí ni una palabra. Porque no dejas eso para otro momento, creo que los chicos andan necesitando uno más para el mini equipo de rugby.

—Es que hoy tuve una idea un tanto extraña, sobre como aislar la enfermedad. Y espero a que la luna ilumine un poco más para poder ver lo que escribo.

—Ya veo, —contesto pasando al francés—. Y dime, ¿de qué se trata esa idea?

—¿Alguna vez has enfermado? —Pregunto Christian en castellano, la luz había salido de pronto iluminando sombríamente los ojos del muchacho.

—¿A qué viene esa pregunta?

—No lo sé, en realidad. No sé ni en que estoy pensando. Pero al verlos hoy a todo reunidos, comencé a pensar en el pasado. —Hizo un breve espacio, para garabatear algo en a arena—. Creo que me estoy obsesionando bastante con esto, y me pregunte, cuántos de los aquí reunidos tendrían en desarrollo células benignas.

—Ese no es un lindo pensamiento, Chris, creo que si te estás obsesionando.

—Pero ¿le encuentras una respuesta a la pregunta?

—¿A cuál? —Preguntó con cierta reticencia—. Eso no podría saberlo hasta que se hagan un análisis y…

—No, a lo de las células, me refiero a si te has enfermado alguna vez.

—Bueno, no lo sé supongo que cuando era chico, como todos en realidad…

—No todos, padre. Ninguno de nosotros, me refiero a mis hermanos y a mí. Ninguno ha tenido siquiera un resfriado común. ¿Es eso posible?

La mirada de Mitchell se oscureció, de pronto había envejecido todos sus cincuenta y seis años.

—¿Alguna vez te he dicho que te pareces mucho a tu abuelo?

—No, creo que no.

—Pues te pareces, no físicamente, me refiero al espíritu, lo cual es muy extraño ya que no lo has conocido. —Algunas lágrimas volvieron a escapar de sus ojos y nuevamente borro el rastro de su existencia con su mano.

—¿Sucede algo? Bueno en realidad la pregunta seria es, ¿me puedes decir que sucede?

—Tu abuelo, Chris, murió cuando tu hermana Kate, tenía un año. No la había conocido, y es algo que jamás me voy a perdonar.

—Pero, ¿Por qué estas repentinas ganas de contarlo? Quiero decir, siempre no dijiste que entre tú y el abuelo estaban peleados…

—Mentí, hijo, y quiero contártelo a ti, porque ahora lo comprendo, lo veo cuando tú hiciste esa pregunta, entiendo porque la vida tomo el rumbo que tomo y como los hilos del destino se tejieron unos a otros para alcanzar este día.

—No entiendo que quieres decir…

—Tu abuelo, fue capturado durante la segunda guerra mundial. Eso ya lo sabías, pero lo que jamás les dije es que no fue llevado a un campo de concentración común y corriente, Abraham Jericho fue un objeto de experimentación durante dos años y medio. Tenía la marca grabada en el antebrazo, como si fuera ganado.

El hijo abrazo al padre. Comprendiendo la importancia de la confesión. El agua seguía ganando terreno a la playa y la temperatura comenzaba a bajar.

—Pero, aun no entiendo, no iras a decirme que el ejército nazi tenía en experimentación algún “súper poder” o algo por el estilo. —Sonrió Chris, intentando alejar a su padre de un pozo de tristeza cada vez más profundo.

—No hijo, no creo que se tratara de algún “súper poder”, pero tu abuelo me conto muchas veces acerca de su última misión. En la que a él lo capturaron y mataron a todo su ejército. Dijo que él había estado gravemente herido, justo en la espalda por un trozo de metal, una esquirla de un camión que exploto cerca de él. También había perdido la audición de uno de sus oídos, el izquierdo creo.

››¿Sabes que es lo extraño? Que ninguna de las dos cosas eran ciertas, ni tampoco las cicatrices de las torturas a las que estuvo sometido. Al menos eso creí durante mucho tiempo.

—¿Alguna vez se lo habías dicho? —Interrogo Christian, comenzando a entender el camino que iba tomando la conversación.

—Jamás, Chris. La verdadera razón por la cual me pelee con tu abuelo, con mi padre, fue porque intento convencerme de que Kate podría tener algo malo. Que el empezaba a comprender algo de lo que le habían hecho a él. Si hasta intento darme una carpeta con estudios.

—Y seguramente no tiene esos estudios.

Su padre alzo la mirada cansada. Hasta el momento había hablado mirando el reflejo de la luna en las aguas. El sol ya había terminado su agonizante descenso en el oeste, para amanecer en el extremo del mundo. Los astros brillaban con mayor intensidad a cada instante y la noche brasilera se cerraba sobre los, ahora, únicos dueños de la costa.

—Los traje. Los lleve conmigo sin tener el valor de abrirlos en estos casi treinta años, dios, cuánto tiempo ha pasado.

—Si te escuchara Kate, te diría “veintiocho” —dijo con gracia, haciendo con una perfecta caracterización de su hermana mayor.

Ambos rieron un rato.

—Entiendo que te sientas culpable, —continuo el muchacho—, ¿pero aun no me queda claro si le crees ahora?

—Ya no se qué creer Christian. Estuve esta última semana pensando mucho en eso, como si el tiempo me hubiese jugado mala pasada, ¿sabes? Como si de pronto me quisiera avisar algo. –Miro a su hijo con amor y orgullo, y continuó. –Y luego tú llegas y me preguntas algo para lo que tengo respuesta y la vez no explicación. Salvo muchas suposiciones.

—¿Volviendo a lo de las enfermedades?

—Y a la curación milagrosa de tu hermano hace años, y la inteligencia de todos ustedes, y a su habilidad por los deportes. —Continuó su padre.

—En eso te equivocas, yo no tengo ninguna habilidad deportiva. —Interrumpió el muchacho con tristeza y mirando a los pases largos de su hermanos.

—No, Christian, cuando eras pequeño tenías gran habilidad deportiva, casi tanto como la curiosidad que ahora ilumina tus días. Solo que pierdes el interés rápidamente. Además fuiste campeón nacional en las categorías juveniles en ajedrez, hammer y rol, ¿Cómo se llaman esos juegos de cartas?

Christian soltó una sonora risa. Recordando viejas épocas.

—No voy a discutírtelo. Ya estás viejito ¿sabes? Hay que tratarte con respeto.

—¡He, eso es faltarle el respeto a tu oldmen! —Le dijo mientras lo golpeaba con un fornido brazo en la espalda desnuda del muchacho. El golpe sonó como un chasquido, y le siguieron risas y luego una carrera hasta donde se encontraba los demás, se unieron al pequeño partido de rugby.

Christian se había olvidado de sus garabatos en la arena, y las olas se encargaron de borrar cualquier rastro de su existencia. La adrenalina fluía por los cuerpos de los Jericho generando cambios a nivel químico en cada célula de sus cuerpos, pero solo uno sentía esos cambios y su mente viajó hasta el momento exacto donde lo había sentido por primera vez.

 

 

Christian Jericho permanecía sentado en un banco en las afueras de la casa de campo que su padres habían comprado tan solo unas semanas atrás. Estaba sumergido en las profundidades de un mundo literario, entre las páginas que contaba con detalles una guerra tomada como inexistente, donde enormes guerreros luchaban entre sí. Y él pensaba en

(ese estúpido egoísmo humano)

la realidad de esos cuerpos musculosos y perfectos donde algunos eran bendecidos por magnánimos dioses, que decidían sus destinos en la cima del mundo, un lugar llamado Olimpo. Mientras que miles de hombres perecían en el campo de batalla, cercano a las puertas de Troya, la velocidad con la que se movían sus ojos —y su mente— hacían que se creyera parte del ejército, en ningún bando en particular. Donde con solo una palabra algunos guerreros de pronto sacaban fuerzas inoculadas por ilimitados poderes. Aquella bendición la hacía parte de sí mismo, sin notar que su torrente sanguíneo llevaba y traía adrenalina, que bañaba lo más profundo de su cuerpo poniendo en funcionamiento partes de el mismo que eran únicas, sus ojos se nublaron, su respiración se hizo pausada, y a medida que los aqueos cercenaban miembros, el aumentaba su temperatura corporal. Y con cada página y cada descripción detallada de semejante violencia, él la hacía parte de sí mismo, hasta que casi dejo de serlo. Su caja torácica se expandió, sus músculos se dilataron, unos poros en sus huesos que jamás habían sido detectados comenzaban a funcionar para lo que habían sido creados y entonces su vista se volvió más lúcida, su mente flotaba más allá de lo imaginable, y sintió su propia carne como demandaba más poder.

Todo se volvió un remolino confuso a su alrededor, y donde una vez había estado sentado solo su libro quedaba, brillando con los rayos de sol, en la portada del libro brillaban fulgurantes letras doradas La Ilíada.

Su cuerpo había alcanzado la madures infantil a los doce años, para comenzar el siguiente estadio de crecimiento que lo recorría durante la siguiente década hasta convertirse en un adulto. Pero había algo mas creciendo en su cuerpo en aquellos momentos y con los pies despegados del suelo a poco más de cincuenta centímetros, aquello absorbía del ambiente la energía, como una célula solar de carne y hueso. Y un pequeño órgano empezaba a evolucionar en su interior, tan ínfimo que solo se lo vería al aumentar a dicho órgano unas mil doscientas veces. Y conforme más tiempo pasaba en aquél estado de hipnosis, mas se alimentaba el órgano, solo que demandaba dos cosas y de una ya se había saciado, la otra estaría punto de probarla.

Las nubes a su alrededor comenzaban a cerrarse en torno al claro cielo de la tarde, era una tormenta normal en circunstancias más allá del entendimiento humano. Un viento extraño se arremolinaba en el ambiente, para dar paso a una corriente cálida en ascenso y otra fría en descenso. Las nubes que conservaban polvo en el interior de sus cuerpos etéreos y gaseosos, ganaron espacio acercándose a la zona donde el muchacho estaba en una especie de trance. Un resplandor azul eléctrico recorrió las nubes, una milésima de segundo más tarde impacto en el delgado cuerpo del muchacho.

Con la explosión su madre salió del interior de la casa, había estado distraída con un nuevo truco de los gemelos, en ningún momento había visto que el cielo se había oscurecido, en ningún momento diviso la nubes cargadas de fuerza eléctrica arrasadora, al contrario de eso vio a su pequeño Christian tendido en el suelo. Al principio corrió asustada sin comprender que le podría haber pasado, y por su cabeza se cruzaron imágenes espantosas e ideas aun más horribles, que siempre vienen acompañadas cuando traes hijos al mundo.

Una bala perdida, un rayo, una explosión de gas —aunque alejó la idea al instante, era imposible estando rodeados de campo en los alrededores.

Al completar esos interminables metros y echarse sobre su hijo noto que dormía. En seguida despejo todos los miedos, lo tomo en brazos y lo llevo al interior de su casa. Con las primeras gotas sobre ellos dos. En ningún momento noto que el suelo donde había estado su hijo, a escasos centímetros, se había cristalizado. Como si alguien hubiese esculpido una estaca de vidrio, bajo sus pies. La misma se desvaneció con el correr de las horas. Y el hecho también quedo aislado, salvo por la curiosidad latente del pequeño.

 

 

El día más caluroso en lo que iba del otoño llegaba a su fin, las playas brasileñas rebozaban de alegría por aquel regalo divino, las costas de blanca arena eran bañadas por la espuma de un mar abundante color esmeralda. Muchas personas habían disfrutado de un día perfecto, en especial los Jericho, quienes habían acabado la reunión con un brindis. Deseando felicidades a los que próximamente se casarían; los gemelos. Al que emprendían nuevos proyectos; Christian. A los que recién comenzaban; Kate y Gustavo. Y a los que estaban en otra etapa; los padres. Con el choque de las copas y el rebalse del champagne, sonó un deseo más:

—Por los Jericho, que de a poco iremos conquistando el mundo. —Grito Walter con la copa en alto mientras apoyaba delicadamente una mano en el vientre de su mujer.

A la luz de la luna, hubo abrazos y más felicitaciones, llantos y risas. Y bañados por el océano atlántico fueron los únicos en el mundo.

Fue entonces que el silencio lleno el lugar. Y una tranquilidad inusitada puso nervioso a Christian, y pocos segundos después al resto de la familia.

—¿Que es zumbido? —Interrogo uno de los niños.

Como respuesta el cielo se ilumino con decenas de ojos blancos que iluminaban el océano, detrás de aquellos faros una veintena de helicópteros aparecieron en la oscuridad. Al instante se oyeron los primeros disparos y explosiones. Provenientes de la costa enfrentada a la que ellos estaban, el cielo se encendió con las luces de las explosiones y el humo comenzó alzarse, los gritos de mujeres hombres y niños llenaron el silencio que antes había estado ocupado por risas.

Como salido de la nada un gran buque atraco cercano a la costa y el sonido de grandes motores se unió al concierto de sonidos violentos ante la mirada estupefacta de los Jericho, y los llantos de los niños y las mujeres más jóvenes, el miedo inundo sus corazones, el infierno se había desatado ante sus ojos.

Rápidamente Alan tomo su teléfono celular, mientras que los demás intentaban sacar conjeturas inútiles.

—Quizás se halla declarado la guerra mientras nosotros estábamos aquí. —Apunto Walter.

—Quizás un atentado terrorista. —Susurro Kate a su marido.

—Alguien pásame un teléfono celular. El mío parece que no funcionara. —Dijo Alan enfadado.

En seguida dos pares de teléfonos móviles aparecieron en escena.

—¿A quién intentas llamar? No lo sé a la policía. Alguien que nos diga que sucede.

Pero uno a uno fueron descartados. Las líneas estaban muertas.

—Nos quedaremos aquí, hasta saber que debemos hacer. —Determino Christian.

Los demás respondieron con asentimientos de cabeza. Salvo uno que parecía hipnotizado por la costa que era atacada.

—Padre, ¿te sucede algo?

—¿Padre? —Dijeron los otros.

El hombre giro lentamente la cabeza, miro a sus seres queridos.

—Corremos peligro aquí. Deberíamos subir a la lancha y largarnos.

—¿Por qué? ¿Acaso sabes que sucede?

— No en realidad. Pero sé quién está detrás de todo esto. Y he visto esos modelos de helicópteros.

El silencio se hizo general, salvo por las madres que intentaban calmar a sus hijos que buscaban explicaciones donde no las había.

—Esos modelos pertenecen al dueño de la armada más grande del mundo. —Trago saliva—. Pertenecen a Havok Industries. Y hasta donde se nos han visto y vendrán por nosotros.

El pánico se hizo generalizado, los isleños se acercaron a la playa con preguntas.

Y en medio del revuelo y mas explosiones en la ciudad. Un zumbido predominó en la noche. La luz de los reflectores se poso sobre ellos.

 

4

 

—Centro de Nueva York- Isla Santa Catalina—

 

 

—¿Estas insinuando que este video es cierto? —La voz de Fran Havok sonó como un cuchillo.

—No lo estoy insinuando, fue grabado por uno de nuestros equipos, bajo sus órdenes explicitas.

—¿De modo que acabo de ver morir a toda la familia del diseñador?

—Exacto, —repuso—, el de Suiza. Mitchell Jericho.

—¿Y el protagonista? ¿Cuál es su nombre?

—Aun no lo sabemos. Recuperamos el video porque fue grabado y enviado en vivo a la central de mando. Por seguridad, siempre usamos ese sistema. Ya hay un escuadrón buscando detalles entre los restos.

—Si esto es una broma…

—Yo estoy tan sorprendido como usted señor. Todos lo estamos.

—¿Cuantos más saben del video? —Pregunto con malicia.

—Un máximo de doce personas. Usted y yo incluidos.

—Quiero a todos los demás muertos. No quiero que esto salga de nosotros dos. —La voz de Havok seguía siendo filosa, con un dejo de desconfianza, incredulidad y esperanza.

Había volteado y comenzaba irse.

—¡Ah! Alexandr... Lo quiero vivo.

—Sí señor. —Yo también, pensó—. Comprendido.

Le devolvió una reverencia de respeto a la difusa espalda de Fran Havok.

Miro una vez más el video, filmado desde una de las cámaras de seguridad montada en la cubierta del buque por lo cual ofrecía una perfecta imagen panorámica en 180º. La filmación devolvía la imagen de 11 personas temerosas. La imagen de la última escena de Da Vinci le vino a la cabeza. De hecho también habría ejecuciones pero para todos ellos.

El ejercito de La Nueva Era no solo había sido enviado a tomar posesión del organismo militar en territorio brasileño, sino que también, por una de esas oscuras casualidades del destino, uno de los integrantes de la lista negra vacacionaba en una pequeña isla al oeste de la costa donde atracaría el barco que transportaba soldados y tanques.

En la lista negra figuraban los nombres de las personas que contenían alguna conexión con la N E —Nueva Era—, entre ellos algunos militares, mercenarios, abogados, o diseñadores (del armamento que cada soldado cargaba en sus cuerpos), políticos, testaferros, entre otros.

Entre los diseñadores se encontraba Jericho, había sido excluido de formar parte de la N E, porque tenía una feliz relación con su gran familia. Cinco hijos, y las familias de los mismos. Y con mucha pena, Havok había firmado su sentencia de muerte meses atrás luego de que acabara con el diseño de los rifles de asalto ahora cargaba su ejército.

¿Qué impediría a alguien como Mitchell confesarle a su familia los oscuros planes de la N E? —Recordó—, por esa razón, debían filmar la muerte de los integrantes de dicha lista, y en este caso en particular, acabar con la familia, solo por orden de Alexandr Deverov, la satisfacía la idea de muerte inocente, “daño colateral” le gustaba llamarlo; y gracias a que podía documentarlo.

Y así era. Seguía mirando el video desde el PDA, sin comprender realmente que había sucedido. Podía diferenciar a la familia de Mitchell Jericho, once personas en total, entre ellos dos niños, cuatro mujeres y cinco hombres.

Una y otra vez repetía el video. Esta vez mirando al sujeto, el protagonista, lo había llamado Havok. Y en cierta forma así era. El sujeto estaba como en una especie de trance, mirándose los pies.

El video carecía de sonido, pero podía imaginar la situación completa.

El escuadrón que había sido encomendado a la misión de la ejecución de Mitchell Jericho y la posterior muerte colateral de la familia, no era más que un grupo de terroristas sin bandera. Por un momento pensó que el video mostraría violaciones simultaneas a las mujeres —quizás a los niños, con estos enfermos nunca se sabe— pero al contrario de eso, jugaban con el miedo, seguramente estarían pidiendo alguna información que no existía. Eso era bueno para sacar de mentira verdad, una variante de una jugarreta que él la había conocido como “bandera falsa” y se usa principalmente en espionaje, o contra espionaje.

Habían acordonado a la familia en una línea recta, las mujeres lloraban y dos de ellas sujetaban a los niños, en medio estaba el objetivo que parecía gritar y hace señas negando algo de lo que verdaderamente no sabía. El capitán de la operación, un tal Rizzo, —un hijo de puta, pensó Deverov— había levantado la mano con los tres dedos del medio en la cima, descontando uno por segundo; primero el anular, luego el índice y por último el dedo medio, salió una luz de uno de los rifles de asalto MP 5, reformados, y cayó el niño mas grande.

Las expresiones de la familia, parecía trasmitirle los gritos, aunque la imagen careciera de sonido.

Nuevamente el mismo ataque psicológico, y tres segundos más tarde cayó el niño pequeño y la mujer que lo sostenía, en seguida un hombre de barba y que no se parecía en nada al resto, murió intentando salvar a la mujer. Pensó en el daño colateral, y se imagino los reproches al padre de familia, todos morirían por una mentira sin fundamento y el culpable era el que no revelaba el conocimiento.

Sonrió por lo bueno de la idea.

En ese momento las cosas cambiaron de tono. Los que parecían gemelos se abalanzaron sobre los guardias más cercanos y derribaron a uno cada uno antes de caer bajo el fuego de los de cinco MPs restantes. Solo quedaban la mujer asiática y la morena, que estaban tiradas sobre la cubierta. Imaginaba sus gritos y el mismo deseaba matarlas.

El propio Mitchell que estaba sobre el cuerpo inerte del muchacho al igual que la mujer más grande, y “el protagonista” estaba de rodillas, como esperando una muerte segura. En seguida mataron a las mujeres, Mitchell murió de pie e intentando llegar a uno de los ejecutores.

Los últimos disparos, y muy certeros por cierto, justo en el pecho; fueron para el muchacho, su cuerpo cayó hacia por el peso de la cabeza.

Y llegaba la parte extraña. Los guardias quitaban los cargadores vacios, reían y hablaban de espaldas a la masacre que acaban de crear. Se ve un ligero movimiento entre los bultos de los muertos, luego otro leve movimiento, y al siguiente estaba encima de los soldados Repitió la escena, pero la cámara no alcanza a tomar los fotogramas completos.

Primero en el suelo, y luego frente a la cámara. Después de eso se corta la imagen. Se ven los fogonazos de las armas y una bala dio directo en la cámara dando por terminada la filmación.

Repitió la última escena nuevamente.

—¿Qué demonios eres? —Preguntó levemente en ruso.

Sin dejar de mirar la pantalla de su PDA, llamó por radio a su escuadrón especial, los elegidos de Deverov.

Del otro lado contesto una voz entrecortada.

—Escúchame Alpha, lleva a “la manada” a Florianópolis, exactamente en la Isla Santa Catalina, en Brasil. Hay que limpiar el desastre. Te envío un video y los datos de la misión. Busca al sujeto. Cuando lo encuentren llámame. ¿De acuerdo?

‹‹Afirmativo. —Contesto la voz entrecortada.

—Examinen las pertenencias, y traigan lo que parezca sospechoso.

Alexandr, corto la comunicación sin mirar la pantalla.

Había decidido que el objetivo era demasiado importante para dejárselo a Havok a la primera. Antes averiguaría lo que pudiera por su parte, y si no lograba nada en un día o dos, se lo entregaría… lo que quedara.

Entre las ruinas de la ciudad de la cual pendían escombros irreconocibles donde una vez hubo edificios, le llegaron gritos de mujeres. Nada impediría que los soldados tomaran lo que les pertenecía. Como en tantas otras guerras la historia volvía repetirse, aflorando en sus mentes lo más bajos instintos. Violencia, lujuria, avaricia. Se acerco al lugar donde venían los gritos y vio las espaldas de tres de sus hombres, reían y gritaban como si fuesen unos gorilas. A escasos metros otro de los hombres violaba a una mujer, la habían golpeado, arrancado sus ropas y seguramente ya había sido abusada por los otros.

Tomo en sus manos su revólver, un Desert Eagle. Con un doble clip de municiones, la ráfaga de tiro era el doble de rápida, y la precisión era perfecta en largas distancias. Todas reformas a mano de Havok Industries.

—Havok ha traído ciertos beneficios. —Dijo, mientras miraba el revólver.

Disparo al hombre encima de la mujer en la cabeza, volando los sesos justo a la pared de enfrente a más de dos metros de distancia.

Los otros voltearon tomando sus armas. Al ver que era Deverov, las bajaron y comenzaron a sonreír nerviosamente.

—Hay suficientes mujeres para que las traten con más respeto. —Dijo en tono duro y pronunciando las erres con asco—. Son unos cerdos. Pero ustedes servirán de ejemplo.

Jalo el gatillo dos veces más. Dándoles a dos de ellos en la entrepierna. Los trajes eran débiles en esas partes pero ellos no lo sabían. Ambos se desangraron antes de diez minutos. El tercero fue el encargado de trasmitir el mensaje al resto de las tropas.

Se acerco a la mujer y vio que había muerto en vida. Se persigno y acabó con su sufrimiento.

 

 

Alrededor del todo país había grupos en constante combate, el primer paso había sido la conquista, pero ahora debían reinar. Pasadas las horas los ciudadanos y conocedores de la guerra o la defensa, habían tenido tiempo de planear una defensa más digna. Solo que aun no se enteraban que el gobierno norteamericano había sido derrocado. El presidente y toda la rama política serian ejecutados en las próximas horas. Cuando lograran estabilizar un poco las cosas. Luego comenzaría la reconstrucción a imagen y semejanza de La Nueva Era. O lo que era lo mismo, como Fran Havok veía las cosas en el futuro.

La noche cayó con el sonido de las batallas aisladas, y amaneció con la misma intensidad. El cuatro de julio ya no fue el día de la Independencia. En ese mismo instante el gobierno británico intentaba presentar un tratado de paz. Que fue revocado y siguieron los conflictos.

España, al ver que no podía rivalizar con un ejército tan preparado, se rindió antes del mediodía.

 

 

La manada era un ejército multilingüe de lobos, creado por Alexandr Deverov, constaba de seis soldados, y eran las manos ejecutoras de Deverov, y solo a él respondían. Por supuesto que Havok no conocía su existencia, y así debían permanecer hasta decidir cuál sería el siguiente paso, por ahora debían limpiar un desastre en las costas de Brasil.

El equipo de lobos, llamados así por su violencia a la hora del ataque, sobrevolaba la zona. El lugar era un autentico desastre. Dos helicópteros habían caído, y habían visto mas muerto de la N E en aquella zona que en el resto de los lugares a los que habían concurrido. Solo Alpha sabía que debía esperar de aquel lugar, había visto el video durante la noche, pero lo único que había entendido era que el sujeto había actuado bajo emoción violenta.

Al llegar descubrió que ninguno de los cuerpos de la familia Jericho estaba en el lugar donde deberían estar. El olor a combustible quemado, a sangre y muerte, le daba un aspecto más que sombrío, a un romántico amanecer. Un rápido conteo le revelo que allí habían muerto unas cuarenta personas. Debido a la cercanía de la costa, los esqueletos metálicos de los helicópteros aun flotaban en las aguas del atlántico.

Lo que más le preocupaba en estos momentos es que no había signos de vida ni en cubierta del barco, ni en el agua, esperaba que el objetivo no haya tenido oportunidad de irse muy lejos.

Se dividieron en dos comandos, el primero, de cuatro abordo el barco, los otros dos siguieron hasta la Isla Santa Catalina en las cercanías, con la orden de buscar evidencia de importancia, como ser documentos o supervivientes.

Hizo señas tras él, y el equipo comenzó a rodear la cubierta cubriendo distintas zonas, debían buscar los diez cuerpos desaparecidos y al objetivo.

Al cabo de cinco minutos, Alpha recibió la llamada de uno de su equipo. Habían dado con los cuerpos.

Estaban en perfecta posición en la segunda cubierta, justo en el acceso a los pasillos interiores de los camarotes. Había huellas marcadas con sangre que iban y venían seguidos por unas gotas. La instinto de Alpha, ganado a través de años de espionaje, le decía que alguien había ido y venido con los cuerpos cargados sobre la espalda unas 17 veces en total, también había pequeñas gotas consecutivas a las pisadas, la herida había dejado de sangrar en el cuarto viaje, bien podía haber parado la hemorragia con un torniquete o bien podía ser algo más. El registro completo del barco determino que estaban solos. También que faltaba un arma. La gran pregunta era, ¿Dónde se encontraba ahora el objetivo?

Al instante llego el helicóptero, uno de los soldados bajo con una carpeta en la mano, Alpha casi se la arranco de las manos. Leyó un papel que estaba prendido de la tapa, en el interior. Al instante llamo al número seguro.

Su mente divago en el video y en lo que acababa de leer, y podía imaginarse el próximo paso de Alexandr, sus planes pronto se concretarían.

Del otro lado alguien contesto en ruso.

—Tengo algo que puede interesarte.

‹‹¿Y el objetivo?

—No está aquí, debe estar en Brasil. No hay otro lugar adonde ir. —Confirmó secamente—. Por el contrario, tengo unas anotaciones que debería echarle un vistazo.

—Muy eficiente. —Dijo cortante—. Envíamelo inmediatamente. ¿Sobrevivientes?

Alpha miro a su alrededor, una autentica masacre.

—Ninguno. —Se acerco a uno de los Jericho muerto en el piso con las manos apoyadas en el vientre. Tres rosas rojas mortales en el pecho. Había algo extraño en la expresión del rostro, levanto uno de los parpados carentes de vida, debajo revelo algo grotesco.

—Señor —dijo— adjunto un testigo importante que puede ayudar a la causa.

—De que se trata soldado.

—Uno de los Jericho, hay algo en sus ojos.

 

 

—De acuerdo. —El silencio solo ocupado por las olas—. ¿Puedes confirmar a quien buscamos?

—Sí, señor. A simple vista es el segundo de los hijos del diseñador. Christian Jericho.

 

 

En el extremo norte del continente, Alexandr sonrió, las cosas se estaban volcando a su favor. Pronto lo que había buscado toda su vida caería en sus manos. Volvió pensar en la actuación del muchacho.

 Subió a un Hummer plateado y condujo hasta Maine, la guarida se encontraba a varias horas, pero dedujo que el camino estaría bastante despejado. Como traído por el viento le llego un nuevo mensaje a su PDA. Lo leyó dos veces antes de continuar con el encubrimiento.

 

 

Fran Havok se había divertido con algunas niñas que tomo como trofeos de victoria. Pero su vejez progresiva casi lo había puesto en evidencia. Las chicas no superaban los trece, justo como siempre le habían gustado. Pero ahora no había nadie que le impidiera tomar lo que le pertenecía. Su guardia personal había seleccionado a tres y la habían llevado hasta el Caesar Palace, donde había tomado el Pent-house, ya no era necesario ir disparando tiros por ahí, y comenzaban a reconocerlo como al nuevo dueño del mundo, o al futuro dueño del mundo, actual dueño de los Estados Unidos de América.

Al principio se había enfadado por la incompetencia de la guardia.

—¿Tres? ¿Es que no tienen hijas en esta ciudad? —Blasfemó en bata.

Pero luego vio los rostros asustados de las chicas, y pensó que para ser su primera noche como jerarca absoluto de América, de momento, estaba bien. Pronto se sentiría como un emperador romano, y tocarían a su puerta diez vírgenes todas las noches.

De solo imaginar la escena, comenzó a tener una erección. Encerró a dos de las chicas y se llevo a la tercera a una habitación donde tomo por la fuerza su niñez y devolvió un despojo dos horas más tarde, la llevo con las demás y saco a otra, que se defendió con uñas y dientes hasta que ya no pudo hacerlo.

Solo media hora de desesperante calvario y Havok la devolvió con las otras. Volvió a recostarse, pensando que ya no era tan joven, y que siempre había creído que lo gozaría más, pero no fue así.

(¿Qué es lo que quiere un hombre cuando ya tiene todo?)

Se durmió con esa pregunta en la mente.

Al despertar sintió las ganas que había perdido la noche anterior y tomo a la niña que le faltaba. Y mientras más se resistía más le gustaba. Pero solo tenía una incógnita en la mente.

Fran Havok quería saber más acerca del video y de su extraño protagonista. Luego de bañarse. Mando un mensaje a su mano derecha.

Minutos después le había respondido justo lo que él no quería escuchar. Que aun no habia noticias.

Golpeo la mesa de algarrobo con frenesí.

(¿Que es lo que busca un hombre que ya tiene poder?)

La respuesta lo golpeo como un rayo.

(Más poder)

—Y ese chico me lo dará. Si las cosas son como son, me lo dará.

 

5

 

—Despertar—

 

 

La familia Jericho y otras veinte personas miraban petrificadas el helicóptero negro como la noche, que se había detenido a escasos seis metros del mar. Luego de una maniobra en la que giro 90º rebelando a cinco personas en la cabina, a continuación, dos de ellos bajaron con arneses y sogas al mar, de aguas embravecidas por en un remolino generado por las hélices de la máquina, al instante ordenaron la inmediata que se arrojaran al suelo y al mismo tiempo apuntaron y jalaron los gatillos matando sin piedad a cuatro isleños, entre ellos a niños, y hombres.

El piloto, mientras tanto maniobraba con la experiencia que solo se obtiene con años en el ejército, para “estacionar” con delicadeza el armatoste en la arena.

Su objetivo principal era uno solo, pero la última orden era tomar a toda la familia, y así lo hicieron, con golpes y empujones y gritos los subieron uno a uno en la parte trasera del helicóptero. Cuando vehículo aéreo ganaba altura, ejecutaron a los que habían quedado en la playa, aun permanecían tirados sobre la arena. Más de una docena de ellos perdieron la vida sin ninguna razón. Durante el corto trayecto hasta un barco con capacidad de llevar en la cubierta tres helicópteros más, no dijeron una palabra.

Al bajarlos, los obligaron a ponerse en línea recta, no sin antes dar un golpe a Christian en la cabeza con uno de los fusiles de asalto que llevaban, el muchacho cayó de rodillas. Las mujeres de los gemelos no hacían más que gritar y llorar, histéricas por la situación que estaban viviendo.

Fue entonces que uno de ellos dijo algo que los obligo a entender lo peligrosa de la situación.

—Mitchell Jericho —gritó—. Vas a decirme donde escondiste los planos que robaste.

Hubo risas aisladas de los demás integrantes del escuadrón.

La familia entera giro para ver a Mitchell, con la mirada buscaban respuestas.

—Yo, no se… —Tartamudeo.

—De acuerdo, entonces morirá uno de tus amados hijos.

Los gritos aumentaron.

El sujeto levanto tres dedos, y descontó en voz alta hasta que señalo con un fuck you muy expresivo.

Tres ligeras explosiones consecutivas cortaron la noche, al instante cayó Abraham, su cuerpecito se sacudió un instante, Tamara, su madre, se abalanzo sobre él. El chico murió en sus brazos.

Las risas de los demás soldados estallaron en la cubierta.

Inmediatamente comenzó a descontar los tres segundos para la siguiente muerte. La familia entera se había paralizado, rompiéndose algo en el interior de cada uno de ellos.

Mitchell seguía intentando explicar que no sabía de qué estaban hablando, al mismo tiempo que su mujer le gritaba que le dijera dónde estaba lo que pedían.

Abrieron fuego sobre Kate y el pequeño.

Y consecuentemente a su marido, los tres fallecieron al instante.

Los gemelos, que estaban a cada lado de la línea, ahora quebrada por las muertes, se abalanzaron sobre la guardia más cercana en un inmediato atacaron con frenesí. Alan tomo del brazo a uno —que estaba a la derecha— se lo fracturó con un rápido movimiento al mismo tiempo que le hundía el pulgar de la mano izquierda en el cuello, luego le desfiguro la cara con golpes cortos, rápidos y violentos borrando de su rostro cualquier rastro de forma humana. Cayó con veintisiete disparos en el pecho y los brazos.

Walter, en el extremo izquierdo comenzó a recibir los disparos antes, durante y después de arrancarle la tráquea a uno de los mercenarios. Aun después de eso tardó varios minutos en morir.

Mitchell, que había permanecido junto a su mujer, y al ver como más integrantes de su familia caían por una mentira se abalanzo a la carrera sobre el interlocutor. Lo separaban seis metros, los cuales recorrió casi en un salto, murió con los brazos extendidos estando a escasos treinta centímetros.

Fusilaron al resto de la familia.

 

 

Christian no había podido reaccionar después del golpe, ya desde la captura en la playa se había sentido extraño, como si su cuerpo no le respondiera. Sentía que sus articulaciones se endurecían, le costaba respirar, y se le nublaba la visión.

Estando de rodillas escuchaba los gritos como en un sueño. Tenía completa consideración del espacio y el tiempo. Su cuerpo estaba sufriendo cambios a nivel molecular, y eso también lo sentía. Como si miles de impulso eléctricos activaran partes dormidas de su propio cuerpo. Tenía los ojos cerrados y aun así podía ver a los sujetos, ocho en total, y podía sentir su respiración. Y por sobre todo sabia que lo que reclamaban era mentira. No había planos robados. Escucho la muerte de su hermano menor, sin poder hacer nada, la muerte de Kate, su sobrino y su cuñado. Y el cuerpo no le respondía los impulsos de la mente.

El dolor se agravó, y comenzó a erizársele los bellos de los brazos, algo en su corriente sanguínea había aumentado la densidad, al llegar a la piel el sentimiento de que esta se endurecía se le antojo demasiado real.

En treinta interminables segundos su familia había muerto, luego de la caída de su padre, habían disparado sobre el resto de los integrantes. Lo último que sintió fue calor en dos zonas pequeñas y localizadas en el centro del pecho.

Le habían disparado dos veces en el tórax.

Cuando los soldados vieron a su capitán elevarse a treinta centímetros del suelo metálico del barco, tardaron medio segundo en ver cuál era la razón.

Una de sus resientes victimas lo había alcanzado, levantándolo por el cuello y con sus propias manos hizo un agujero en el torso, los intestinos salieron desprendido y pudieron ver el rostro ensangrentado del reciente victimario. Dispararon a quemarropa, pero al parecer las balas rebotaban como si estuviera recubierto de acero.

Lanzo el cuerpo a casi ocho metros de altura y a más de diez de distancia. Ninguno de ellos había sido entrenado para ver semejante violación a las leyes de gravedad y enteramente comprendidas en el universo terrestre. Del mismo modo arranco un revólver reglamentario del chaleco de uno de ellos y lo había ejecutado, vaciándole el cargador entero en el rostro, y por consecuencia una ráfaga de veintitantas balas alrededor de la cubierta del barco.

No habían tenido tiempo de recargar sus armas, y ahora entre gritos y desesperación no lograban cargar ningún cartucho las MP5. Y uno por uno caían muertos de manera atroz y violenta.

Un Black Hawk del mismo escuadrón había presenciado el ataque, inmediatamente se acercaron al barco. Al iluminar con los reflectores sobre el sujeto lo que les devolvía la vista no podían creerlo. Un hombre delgado se hallaba en un estado de violencia inconsciente golpeando lo que antes debió ser un cuerpo y ahora parecía una bolsa que despedía sangre. Al principio habían decidido atacar, pero en ese momento de duda el sujeto había arrancado el cuerpo y lo arrojo dando directo en la turbina que estalló en envuelta en llamas.

El grupo de soldados que iban en la parte trasera de la cabina salto al agua a tiempo de que la estructura con más de dos toneladas se hiciera añicos contra la cercana costa brasilera. El único que no sobrevivió fue el piloto.

Los cinco sobrevivientes treparon uno a uno hasta la superficie, y ningún entrenamiento previo podía prepararlos para combatir contra un adversario semejante. Al subir el sujeto no estaba a la vista, no pudieron verlo hasta que fue demasiado tarde. Uno de los soldados disparo a quemarropa a la altura del hombro izquierdo, suponiendo que lograrían tranquilizarlo. Pero lo cierto es que ni siquiera pareció sentirlo. Bajo la luz de la luna pudo distinguir dos blancos ojos dirigidos hacia él antes de perecer. Los cuatro soldados restantes corrieron hacia estribor alejándose lo más que pudieron, al tiempo que el personaje saltaba más de cinco metros alcanzando en la caída al que se encontraba en medio. Inmediatamente tomó por los brazos al siguiente, que permanecía con una mano en el fusil y la otra en señal de redención, lo levanto con fuerza descomunal y en el arco de giro, luego de pasarlo por sobre su cabeza, ejecutó un movimiento tan violento que había separado los hombros, el cuello y la columna vertebral de su posición original.

El crujido llego a sus compañeros quienes observaban la escena, atónitos. Casi inmediatamente había echado a correr hacia ellos y en un parpadeo había alcanzado al primero, lo tomo de la cabeza y la apretó con fuerza hasta que la masa encefálica se desparramo por entre las fisuras del cráneo, el último se habia arrodillado y rezaba, sintió el calor insoportable que desprendía el cuerpo cubierto de sangre. Abrió los ojos frente a la imagen de lo último que vería. El sujeto parecía carecer de pupilas, revelando una línea blanca ausente de expresión, donde normalmente están los ojos. Lo tomo por el cuello y separo una cortina blanca de los ojos revelando unos brillosos ojos azules, la cortina volvió a cerrarse y parpadeo normalmente dos veces antes de asestarle el golpe final con la cabeza.

El cerebro del soldado N E, explotó como un globo. Aun así el sujeto continuó golpeando el cuerpo inerte que tenía entre manos, hasta que solo fue una máscara de asalto que contenía un líquido viscoso y fragmentos de hueso pulverizado.

 

 

Los ojos de Christian parpadearon bajo el vasto cielo azul de la mañana. A su alrededor la arena blanca brillaba con fulgor, hasta que vio los restos de un helicóptero encallado en la costa.

 (¿Lo había derrumbado él?)

Las lágrimas comenzaron a brotarle de los ojos otra vez. La cabeza le dolía al igual que el resto del cuerpo, la sensación de haber estado en un sueño horrible, se mezclaba con esa sensación de irrealidad a la que había estado sometido.

La muerte de su familia, luego sentirse como si estuviese preso de su propio cuerpo. Viendo como montaba una masacre para matar a aquellos soldados que los habían atacado, mas soldados del helicóptero, y todas esas muertes horribles que el mismo había causado. Pero no sentía remordimiento, no. Todo lo contrario quería repetirlo, y por eso lloraba, porque se había convertido en un asesino. Sin su familia, solo quedaba la venganza.

Todo a su debido momento. –Razonó.

A simple vista diviso el barco, donde la madrugada anterior habían perecido todos los integrantes de su círculo afectivo.

¿En qué demonios se había metido el país, para que aquellos hombres atacaran sin remordimientos?

¿Quiénes eran, y por qué querían matarlos?

Entonces giro el cuello vio la ciudad, menos de veinticuatro horas antes, rebozaba de vida, ahora los restos de autos dominaban el caótico paisaje.

Quizás era cierto que se había desatado la tercera guerra mundial. El siempre había pensado que medio oriente atacaría con armas de destrucción masiva, pero aquellos soldados estaban demasiado bien equipados se comunicaban en inglés.

A sus oídos llegaron voces provenientes del barco. No sabía cómo, pero podía oírlas y también ver a los interlocutores. Sus ojos ampliaron la imagen y calibró los efectos de la luz, notó que podía bajar los tonos brillantes con solo pensar que le molestaba el brillo del agua.

Intentó escuchar de qué hablaban.

—Debió haberse venido a pique solo. Es imposible que un hombre solo haya matado a todos estos. Y menos tratándose de aquel muchacho. —Dijo uno de ellos.

—Pero aun queda el video. ¿Cómo demonios explicarías eso?  —Contestó otro.

—Atención muchachos, no estamos aquí para sacar conjeturas. Debemos llevar al objetivo a la base. —Interrumpió un tercero acercándose al grupo que discutía primero.

—¿Llevaremos alguno de los cuerpos?

—Buena idea soldado, carguen a uno de estos. –Dijo pateando un cuerpo que parecía que le faltaba la cabeza—, y al diseñador también, puede que sea importante.

Los demás, vendrán conmigo a la costa, buscaremos al pequeño dueño del circo.

Debía ser descendiente de alemanes o rusos. Mediría al menos dos metros y pesando unos ciento veinte kilogramos, era justo la clase de sujeto con la que no hubiese querido cruzarse jamás. Pero ahora nada de eso importaba.

Estaban a punto de comenzar a buscarlo, debía irse de ahí inmediatamente. Pensó en como había hecho lo que había hecho y no tuvo respuesta.

Volvió a observar a los del barco más de medio kilometro de donde él se encontraba.

La cabeza rapada revelaba varias cicatrices y quemaduras dándole aun más aspecto grotesco. Su cara permaneció inexpresiva, hasta que al cabo de algunos minutos hizo una seña. Cargaron los cuerpos en el Hawk, y lo pusieron en marcha al tiempo que subían y se alejaban del barco, acercándose en su dirección.

El muchacho comenzó a correr.

 Algunas lagrimas mas cayeron resbalaron por su rostro, despidiéndose por ultima de vez de su familia y recordando lo que les había prometido antes de alejarse del barco. Venganza.

Al parpadear sintió algo que antes no estaba allí. Como si a los lados de sus ojos se ocultara algo.

Su mente busco en los recovecos de su cuerpo cada cosa que antes no estaba. Sus pies levantaban con liviandad el peso de su cuerpo, sentía su musculatura muy dócil. La visión mejorada le preveía un campo más amplio lo cual generaba una previsión casi automática. Salto sobre un auto que le bloqueaba el camino y cayo con peso sobre el asfalto destrozado, las marcas de la oruga de varios tanques habían dejado un camino, el mismo que se habían encargado de destruir con sus municiones los edificios aledaños.

El hedor de cadáveres quemados le llegó a la nariz, notando que también estaba más desarrollado. Comenzó a marearse y vomito a un lado. Encima de su cabeza se detuvo un helicóptero, bajó un comando de cuatro hombres. A menos de dos metros de donde estaba.

 

6

 

—Rumania—

 

 

Sobre la llanura de Valaquia, al sur de los Alpes de Transilvania, al reparo de un amplio arco, en las tierras de Cămpulung al oeste de la capital Rumana de Bucarest, se hallaba un disperso grupo de personas, la mayor cantidad de ellas en búsqueda de respuestas, habían sido llevadas hasta allí por ordenes del Gran Rey Havok, co

7 - 10

domingo, 07 de marzo del 2010 a las 19:10
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7

 

—Fran Wentworth Havok—

 

 

Al otro lado del mundo las cosas se tornaban cada vez más violentas. El ejercito de la Nueva Era no había tenido el éxito que lo llevo a la victoria y conquista de América, en ambas partes los números de muertos y heridos de gravedad crecían a oleadas escabrosas. La gente no sabía hacia qué lado correr y en su mayoría a habían optado por el suicidio. Muchos otros habían decidido saquear las armerías en primera estancia, y defenderse y muchos otros atacaron en gran número a las tropas N E y tomaron sus armas.

Ya no contaban con el efecto sorpresa, y por esa razón cada escuadrón que terminaba en un lugar viajaba a una nueva zona e intentaba poner las cosas bajo control, era un batalla donde no importaban lo números, sino quien era más osado que quien. Y el pueblo europeo había demostrado que aun podía cuidar de sí mismo. Aun así, durante el atardecer del segundo día, en muchos países sonaron altoparlantes con un discurso de rendición. España, Francia, Italia, Suiza, Alemania, Holanda —que no había disparado ningún arma— Bélgica, entre otros, se habían rendido. Y esperaban entablar pronta diplomacia con él nuevo dirigente.

A lo cual Fran Havok respondió con una enorme sonrisa. Europa del Oeste era de su pleno dominio. Y tenía la convicción de que en pocas horas los demás países también se le unirían.

Pero ahora atendía un problema más grande. Su primer discurso. Pero, en vez de presentarse en público, usaría una enorme pantalla para proteger su vida. Poco a poco en Estados Unidos las cosas volvían a la cuasi-normalidad.

—Bien, —dijo, recostándose sobre el respaldo del sillón en la oficina principal de la casa blanca— ¿por donde debería comenzar?

Releía antiguos discursos de ex presidentes de distintas épocas y países. Pero ninguno reunía las cualidades que necesitaba para entablar una buena imagen en el pueblo americano y del mundo. Si las cosas salían como él esperaba, y así seria, pronto adosaría más territorio a su nombre.

Al cabo de diez minutos llamo a una reunión general a la gente más influyente del estado. Su incompetencia llegaba al límite, pero juntos prepararían un buen escrito.

Cerca del mediodía en Washington, en el resto del continente los televisores y radios volvieron a funcionar.

 

 

—“Estimado pueblo: este día en particular es la sublimación de un sueño. Un sueño que hace mucho tiempo La Nueva Era, tiene en mente.

‹‹Permítanme presentarme, mi nombre es Fran Wentworth Havok, hasta hace una década atrás era solo el dueño de Havok Industries. La empresa armamentista por excelencia. Pero no era eso lo que quería para el mundo. Lo que quería para el planeta tierra era paz. Paz para la raza humana, ponerle punto final a las guerras inútiles. Que se cobraban miles de víctimas y no generaban nada mas caos”

Tomó un breve respiro, aumentando (actuando) el dramatismo.

—“Quiero hablarles de mi visión, la misma que me llevo a fundar la Orden de La Nueva Era, nosotros, queridos hermanos, forjamos un futuro; no armas, matamos por última vez, no desatamos una guerra. No estamos aquí para adueñarnos del mundo, sino para darle un sentido.

‹‹Quiero decirles algo. Les voy a hacer una confesión. No solo está mi ejercito de buenos hombres y mujeres, sino también varios inversionistas, que al igual que yo vieron un futuro prospero en donde ahora hay sangre y escombros.

‹‹Quiero decirles que aquí se comenzara a trabajar. Ya nos hemos tomado bastante descanso, y el nuevo Orden se hará cargo de todos los daños. El sondeo revela es que hay daños materiales de al menos cien billones de dólares mundiales. La Orden se hará cargo de eso. Así como también de indemnizar a la todas y cada una de las familias que de los países que se adosen a nuestro Orden, que se unan a la Nueva Orden. Yo personalmente los bendeciré y acogeré bajo las alas matriarcales de la Orden.

‹‹Y no solo eso, prometo libertad, libertad de acción, basta de políticos que inventan campañas para llegar al poder y luego robarle el poder al pueblo.

‹‹No mis hermanos, eso se acabo. Los países que firmen el tratado de paz, quedaran bajo libertad de acción, según las normas que impone La Nueva Era.

‹‹Es una Era de cambio, de prosperidad, riqueza, es una era de paz. Una era de amor. Es una era nueva para la raza humana, y nosotros somos los únicos que podemos llevar a la humanidad a ese siguiente estadio”

Los rostros de muchos escépticos comenzaron a cambiar, sus mentes intentaban borrar el violento ataque, lo innecesario de la fuerza, para comenzar a creer en lo que Havok decía.

A lo largo del continente, la Orden de La Nueva Era, había ganado millones de adeptos. Ganando una fuerza muy característica a la de la Iglesia, pero

Pero muchos de esos nuevos adeptos aun querían derrocar al nuevo jerarca totalitarista. ¿Cómo luchar contra una fuerza mundial tan grande? —Se preguntaron muchos—.

 

 

Havok estaba en la cima del mundo, una vez más, viendo con sus propios ojos el futuro que tenía preparado para Norte América, muy pronto el centro del mundo, mientras oía por cuarta vez, la repetición de su discurso en el televisor.

Desde abajo, parecía observarlo el proyecto al que le había dedicado los últimos meses, una representación exacta del la principal ciudad de la Nueva Era, en el centro de lo que una vez fue Nueva York. La maqueta a escala, se reducía a varios círculos concéntricos, que el centro resguardaban la capital mundial del nuevo orden, con una estatua de, futuros, cincuenta metros de altura a imagen y semejanza de sí mismo.

—Pronto el mundo será mío, —dijo brindando solo, con una copa de champagne— después de todo, ya conquiste Troya.

Rió. La idea de la comparación le pareció tan irreal como cierta, la única diferencia era que no había Príamo que defendiera con éxito la infranqueable barrera del los estados libres.

—Pero si un Agamenón, con el ejercito más grande que ha visto el mundo. —Se corrigió entre risas estridentes, mientras sorbía hasta el fondo el elixir de los nuevos dioses.

—Por los éxitos —dijo apuntando con la copa vacía a una joven que estaba en su cama—.

La miro detenidamente un instante antes de comenzar a quitarse la ropa. El calvario de la joven solo duro unos minutos. Luego se fue a duchar.

Fran Wentworth Havok, aun estaba mojado cuando escucho el tono de su teléfono celular con el aviso de Deverov del progreso —o la falta completa del mismo— cruzo delante de la cama donde se oían llantos ahogados de una de la chica, la miro de reojo observando cómo cubría su desnudes con la sabana y pensó que quizás podría empezar otra vez, pero verdaderamente no era lo que quería.

Releyó el mensaje, y se detuvo un instante antes de destruir parcialmente el aparato contra la pared contigua. Se agarro la cabeza, y comenzó a maldecir, y patear el suelo, pisando el charco que acababa de dejar en el piso de mármol. Se detuvo un instante en el aire antes de caer con gran peso en el suelo. Y desde ahí noto la verdad del día. Necesitaría un mercenario para acabar con un mercenario.

Durante sus cincuenta y tres años, de los cuales más de cuarenta se había dedicado al manejo de dinero, si había algo de lo que podía jactarse era de su conocimiento sobre la gente, quizás no a simple vista, pero si notaba con bastante antelación —quizá la necesaria—, antes de que se jugara una traición en su contra.

Luego de morir su padre, quien no había sido muy buena persona pero al menos le había enseñado todo lo que sabía sobre los negocios a su hijo, el pequeño Frannie, como lo llamaba su madre. Desde que el tenia uso de razón, en su casa, una mansión en las afueras de una zona residencial en Chicago, Illinois; siempre hubo movimientos mafiosos en la empresa de armamento de su padre, un ex combatiente de la segunda guerra mundial, no por estar en el campo de batalla sino por encargarse de los negocios clandestinos de los que su gobierno no debía enterarse.

Así consiguió aumentar la fortuna familiar, como un cuervo, alimentándose de los restos desperdigados en toda Europa, y él había crecido con ese pensamiento. —“Enriquecerse a cualquier costo, hijo, sacar ventaja de donde sea. Esa es la base de un buen negocio.

Recordó la pregunta que le había hecho en una ocasión mientras revisaba unos números que no cerraban y perderían unos cuantos millones antes de que terminara la temporada.

—¿Y si no hay ventaja de la cual beneficiarse padre?

—Es simple, muchacho. La creas, creas la ventaja que te favorezca.

Y esa fue la última clase, lo que su padre nunca le había dicho era que debía cuidarse de la ventaja que creara, porque como el Boomerang vuelve, así vuelven los malos negocios con cabos sueltos.

Su padre falleció una semana antes de que el cumpliera los trece, ¿había sentido dolor? Se preguntaba mentalmente algunas veces al año, hasta que su recuerdo se disolvió como la nieve en primavera. Jamás, sentía lastima por la muerte de su padre, pero no lo extrañaba en lo más mínimo. Un hombre como él debió prever que los negociados a ambos bandos de las guerrillas haitianas, debían atraer a la muerte, si uno no era cuidadoso, claro.

Havok Industries vio el esplendor en los ochenta. Para la década del noventa ya era potencia, y ¿quién lo había notado? Nadie, hasta el tres de julio de 2013, cuando fue demasiado tarde.

Se puso de pie, frotándose la cintura, donde se había golpeado al caerse, y rebusco entre los papeles de la habitación del Marriot que había visitado para pasar la noche, próximamente se instalaría en la nueva Casa Blanca, dio con el celular de repuesto que buscaba, y pensó en el pobre muchacho que había sido su secretario, un tal Mario, o Robert… que falta le hacía en esos momentos, necesitaba buscar un número de teléfono y no entendía ni la mitad de los comandos de un Blackberry miro a la chica que seguía sollozando, no sería de gran ayuda en esos momentos.

—Ya vete de aquí. —Le grito—. Antes de dejar el hotel, habla con el guardia del pasillo, tiene un dinero para ti.

—Desgraciado hijo de puta. —Le contesto la muchacha con todo el odio repulsivo que tenía guardado en el estomago.

—Sí, sí. Ya lo sabía, déjale tu número puede que te contacte otra vez.

—Ya lo creo que si viejo impotente.

Pego un portazo al salir. Havok se quedo mirando la ausencia de la habitación, las prostitutas al menos guardaban el secreto.

—Quizás debería dejar a esas chiquillas. —Contesto al vacío, en voz baja.

Encontró el numero que buscaba, sabiendo que los cabos sueltos siempre comprometían a los inocentes —como el—. Llamo rezando que el sujeto no hubiera tirado su celular con el cambio global. Al cuarto tono alguien contesto gritando sobre un ensordecedor sonido de música.

—¿Hablo con...?

››¿Quién demonios habla? ¿Cómo es que puede llamar?

A principio, Havok, esperaba la voz de un hombre, pero la persona que atendió no era ni más ni menos que una mujer con la voz apenas más grave que una modelo de pasarela. —¿Hablo con Gunsmith? —Repitió

››No sé de qué está hablando, a no ser que sea un cliente. Lo cual sería más que razonable si tenemos en cuenta de que el planeta entero está en guerra y las telecomunicaciones no funcionan desde hace casi tres días, creo.

Definitivamente, pensó, se trata de una mujer, no puede tirar tantas palabras en los primeros quince segundos de una conversación.

—Necesito hablar con Gunsmith, es por una trabajo importante y muy secreto.

››Déjeme hacerle una pregunta, —interrumpió— ¿es usted del gobierno? No, no lo creo ni aunque fuera el último asesino de la tierra me llamarían a mí.

—El nombre no es importante. Páseme con Gunsmith, con un demonio. Es importante.

››Yo soy Gunsmith, ¿Qué es eso tan importante? Oh, ya sé quien es…

—Escúcheme bien señorita si esto es una broma…

››¿Broma? ¿No sé porque habría de serlo? ¿O usted es otro de esos imbéciles que se creen muy machos como para aceptar que una mujer les haga el trabajo sucio?

—De acuerdo. Antes del amanecer la quiero frente a mí.

››De acuerdo, pero en estos momentos estoy en Australia, en una fiesta muy importante. No creo que haya nadie tan importante en estos momentos como para que deje la comodidad de mi departamento… a menos de que usted sea quien yo creo que es.

—¿Y quién cree que soy? —Probó.

››El Rey del nuevo mundo. —Dijo ella sin vueltas— ¿un tal Havok?

Fran Havok borró la sonrisa, la situación le parecía muy cómica, había solicitado en dos oportunidades de Gunsmith, de las cuales se había encargado su gente de contratar, la primera para silenciar a un integrante de la mafia asiática, al cual lo habían atrapado con una cargamento recién horneado de sus armas. Y la segunda no lo recordaba, ¿era un familiar de un político en contra de las leyes de libre mercado? ¿O se trataba del coreback que había fallado el último punto del super Bowl, dos temporadas atrás?

En ambas situaciones había sido un trabajo limpio. Pero jamás le habían dicho que se trataba de una mujer, siempre y cuando buscara información sobre el Jericho perdido en América del sur, o como Deverov estaba jugando a sus espaldas; no le importaba en realidad quien hiciera el trabajo.

—¿En cuánto tiempo puede estar en el aeropuerto señorita?

››Eso depende de cuánto se tarde usted en reactivar el transporte aéreo.

—Inmediatamente. —Dijo prepotente— Cuando llegue a los Estados Unidos

(demonios tengo que pensar un nuevo nombre)

la escoltaran de inmediato hasta mi ubicación. Hablaremos de negocios. ¿De acuerdo?

‹‹10-4.

Corto la comunicación; irritado, húmedo, golpeado y desnudo.

—Esta no es la imagen que debería dar un Rey. —Suspiro en voz baja.

 

8

 

—Persecución—

 

 

La carrera contra la muerte acaba de comenzar, el Black Hawk se detuvo a escasos metros sobre su cabeza, y se mantuvo en el aire durante unos segundos, justo cuando cuatro sogas cayeron al suelo. Por ellas bajaron hombres empuñando unos fusiles MP5 —fácilmente reconocibles por el tamaño, la ergonomía y porque habían sido diseñados por su padre, la noche anterior no habia podido reconocerlos— quienes, aparentemente, no lo habían visto.

Chris giro levemente la cabeza al tiempo que el helicóptero ganaba altura y se dirigía en dirección noreste a una velocidad anormal para ese tipo de vehículos. Lentamente comenzó a avanzar entre los restos de escombros de edificios aledaños, un pie delante de otro. Rezando que no notaran su presencia.

—Vivo, ¿entendido? —Grito uno de ellos que reconoció como el capitán, desde esa distancia era mucho más grande de lo que había distinguido a lo lejos. —Sepárense.

Los cuatro soldados tomaron direcciones diferentes por las destrozadas calles que se abrían paso a través de la ciudad de Florianópolis.

El que estaba más cerca de él era un tipo rubio, de edad media pero rostro con aspecto de asesino, igual que el resto. Pudo distinguir que en el pecho tenían el dibujo de un lobo. Imaginó que así debían designar al escuadrón.

A menos de diez metros de distancia, empezó a caminar con más firmeza, alejándose rápidamente del paso furtivo del soldado, miro una vez sobre su hombro esperando que aun no haya notado su presencia y se perdió dentro del esqueleto de un edificio derrumbado.

 

 

Alpha ordeno a varios equipos de La Nueva Era de las cercanías que se acercaran hasta la zona de la costa en búsqueda de un hombre con importante información en su poder.

Les dio la descripción de Chris Jericho, y ordeno su aprensión con uso medido de la fuerza y bajo órdenes explicitas de NO matarlo.

Al instante el ambiente se cubrió con el sonido de helicópteros a baja altura, seis de ellos en total, y enseguida encabezaron la búsqueda los Jeeps de las tropas NE, cada uno equipado con torretas de largo alcance, con capacidad de carga de municiones antiaéreas o de “uso domestico” como llamaban a las de pequeño calibre para las hordas de enemigos.

 

 

Para Chris fue simple matemática, si se quedaba en aquel lugar en cuestión de segundo lo encontrarían, y si se movía lo verían con facilidad.

Código binario. –Repitió mentalmente. Mientras oía la voz interna de las células sedientas de sangre.

Comenzó a correr al exterior. Siguiendo una amplia avenida, vacía en aquellos momentos, diviso en el claro cielo dos Hawks que viraban en su dirección, en aquellos momentos debía emplear la inteligencia y las nuevas habilidades, el ejercito N E, ya lo había encontrado.

El cuerpo de Christian Jericho comenzó a segregar adrenalina, lubricando los músculos y poniendo en funcionamiento las habilidades motrices nuevas que había sentido horas antes, de algún modo se sentía libre en aquella situación, como si su vida dependiera de situaciones de muerte segura para funcionar correctamente. A menos de bien metros, en la salida de la siguiente calle, un Jeep giro a toda velocidad en su dirección, despidiendo humo de los neumáticos. Aceleró la marcha al tiempo que Chris, llevado por una inconsciente habilidad de corredor, impulso sus pies en el pavimento cada vez a distancias más largas, en medio de ambos vehículos, el de metal y caucho, y el de pura carne y sangre chocaron dos vientos contrarios. El muchacho salto con furia al vehículo, y callo con arrogancia para seguir corriendo a la misma velocidad. Su cuerpo emanaba una gran temperatura, anormal para los humanos, y la ropa que traía comenzaban a romperse con el roce veloz de sus brazos y piernas.

El auto tras el giro en U, y arremetió nuevamente, y delante de diviso la figura de otros dos vehículos sobre su cabeza y sin perderle pisada se había posicionado uno de los Hawks. La mente de Christian que funcionaba a una velocidad diez veces mayor y progresando con cada inyección de adrenalina en su corriente sanguínea, había calculado las posibilidades de una jugarreta extrema, en el peor de los casos solo se quitaría de encima a uno de los Jeeps, y en el mejor de los casos… no había pensado en eso todavía, estaba a punto de comprobarlo.

Mientras tanto el capitán de la manada, había recibido la información de que se habían topado con el muchacho. Sin más vehículo que alguno de los que habían abandonado los ciudadanos brasileros, tomo “prestado” un Fiat Palio plateado. En un instante lo puso en marcha y maldijo la poca previsión de la búsqueda. Se dirigió rápidamente a la avenida por la que

(¿corría a más de noventa kilómetros?)

se escapaba el muchacho. En seguida le llego la información del salto sobre el vehículo. Acelero a fondo cruzando pilas de escombros y restos humanos.

 

 

Sabía que tras él, a cincuenta metros estaba el Jeep, y delante, a unos ciento veinte metros, venían otros dos que aceleraron la velocidad. Corrió unos metros más que duraron un instante, lo justo para que todos los vehículos se dispusieran en las distancias que él quería y contaba con la posibilidad del efecto sorpresa de realizar actos que los demás jamás habían visto. De ese modo no le pondrían atención al tránsito.

En el lugar exacto llevo todo el peso de su cuerpo hacia delante apoyándolo sobre la pierna derecha extendida, la misma inercia hizo que sus músculos se plegaran como un pistón neumático de músculos, al volver a la posición original un segundo después su cuerpo salió despedido en un ángulo de noventa grados, a más de siete metros de altura.

En aquel instante, su instinto activo una nueva habilidad, vio como el tiempo se detenía ante sus ojos. Los tres vehículos enfrentados, el Black Hawk tras él. Y su propia imagen suspendida en el aire. Al llegar al punto máximo de altura y comenzar a caer por efecto de la gravedad, todo se reactivo a la velocidad normal. A la mitad de la distancia del suelo, uno de los Jeeps que estaba delante impacto de frente contra el otro que una milésima de segundo antes había frenado, el peso del armatoste lo lanzo a gran velocidad y altura. Cuando el cuerpo de Chris cayó al suelo, oyó una explosión.

El vehículo había impactado de frente contra el helicóptero, volando ambos en pedazos y fundidos en una estructura de llamas y metal cayeron al asfalto. El auto restante continuó con la inercia y varias vueltas de trompo después lo llevaron directamente al Jeep que tenía enfrente. Una nueva explosión sacudió el ambiente. Chris ya estaba exhausto y sabía que pronto agregarían más vehículos a su captura.

Comenzó a correr normalmente en dirección sur por una calle pequeña.

 

 

Alpha recibió la conversación de los demás soldados por radio, al tiempo que veía la escena que estaban describiendo. Aun no podía creer que un ser humano pudiera efectuar semejantes actos. Pero todo estaría por verse. En un par de horas Alexandr recibiría los apuntes y los cadáveres el tendría una respuesta racional.

Mientras tanto conseguir al objetivo con vida se estaba tornando más difícil de lo que parecía.

 

 

Aun aturdido, y sin tiempo para reponerse, oyó los helicópteros sobrevolar la zona de calles cada vez mas angostas. Los oídos le describían una escena inimaginable, podía diferenciar al menos catorce vehículos participando en su persecución, lo cual significaba que seguir a pie era inútil. Dobló en una esquina hacia la derecha y en la siguiente hacia la izquierda. No tenía la menor idea hacia donde huir. Era la primera vez que pisaba suelo brasilero —la segunda, si contaba el mini tour del día anterior hasta la isla—. Y por tanto no conocía la zona, reconoció el símbolo de estacionamiento e ingresó a un edificio que apenas parecía afectado por la situación que habían sufrido los demás.

Al parecer los escuadrones que habían atacado la noche anterior habían destruido gran parte de la zona costera, seguramente para imponer un estado de terror —y quien no lo tendría con tanta violencia, pensó— al alejarse de la zona de ataque todo parecía volver a la normalidad, salvo por el ambiente cargado humo, y el agrio olor de carne y plástico quemado. La total ausencia de personas le recordó las imágenes del holocausto.

Seguía pensando en el porqué del ataque, y cuál era la razón de fusilar a su familia, y por sobre todo se preguntaba que estaba pasando con él.

Corrió por un ancho pasillo que bajaba a los subsuelos, e instintivamente una voz le grito la posibilidades de que lo atraparan bajo tierra.

No tendría posibilidades de escapar. —Dijo para sí.

Con un ligero esfuerzo salto unos dos metros al piso superior donde el pasillo subía los pisos superiores. Definitivamente debía haber autos, se dijo. —Espero que los halla—. En el recodo volvió a subir, ante él se hallaba la primera planta completamente vacía. Afuera se oían los motores de los vehículos militares que se alejaban y se acercaban, a esas alturas ya debían haber notado que estaba en un edificio. Llego al fin de la rampa. Segunda planta vacía. Tenía ligeras nociones de que el estacionamiento contaba con tres plantas, la ultima sería su última oportunidad. Se detuvo unos instantes a tomar un poco de aire calculando las posibilidades.

Si un piso más se pondría en evidencia ante los vehículos aéreos. Pero cabía la posibilidad de que algún auto se hallara estacionado. Por otro lado, si desandaba el camino, si bajaba, los Jeeps darían con él.

Intento controlar la respiración. La ciudad se alzaba ante el rodeando un domo de destrucción y caos. Oía, a lo lejos, los pájaros negros y metálicos en el aire, y a los Jeeps que se acercaban en esa dirección. Pero había algo más.

—Tropas a pie. — Exclamó.

Comenzó a correr hasta que el cielo azul lo cubrió de brillo. Allí había estacionados al menos seis autos. Durante un instante su mente reacciono ante el sentido común. Llego ante el primero, un sedan bordo. Lo atacó un pensamiento.

Jamás he robado un auto, ¿cómo se supone que lo haga? —Dijo una voz mental, fácilmente reconocida como la conciencia.

Amago con romper el vidrio del conductor, y noto que era muy largo para maniobrar en las bajadas del estacionamiento. Miro a su alrededor, buscando una nueva y mejor opción. En el extremo oeste descubrió su única opción. Reconoció al auto compacto como un Fiat, supuso que estaría bien. Se dirigió de inmediato, notando de cerca los helicópteros haciendo vuelos rasantes de reconocimiento. Rompió el vidrio y la alarma comenzó a sonar al instante. Lo ataco el pánico y se paralizó una eternidad. Recordó un pequeño truco que había aprendido la vez que había perdido el control remoto del auto de su padre.

Levanto el capot, liberando el motor “cuatro cilindros 1.5L” —según rezaba una leyenda en la tapa de cilindros— desconecto los cables de la batería, y los volvió a conectar cuando cesó el ensordecedor sonido.

 

 

Cuatro soldados de la N E corrían a la par de los altos edificio de una zona de oficinas cuando oyeron la característica alarma de un auto. Sabían que solo se activaría en caso de ingreso furtivo al mismo. Solo duro medio minuto pero les fue más que suficiente para determinar la posición del “robo de auto”. De inmediato dieron aviso a las unidades aéreas, ya que ninguno de ellos pensaba enfrentarse a ese sujeto. Aun les hervía la sangre al ver el impresionante desarrollo en combate. Y lo increíble de la maniobra evasiva o lo sorprendentemente rápido que se movía.

Se reunieron en la entrada de un estacionamiento y aguardaron órdenes. De inmediato acudió a ellos el nuevo capitán de la operación. Al que había que llamarlo Alpha. Un ruso que no tenía ningún aspecto de soldado, sino más bien de mercenario asesino. Un “As” del cuchillo de caza, como decían en las líneas.

 

 

Chris subió al auto aun sin saber cómo haría el puenteo. Saco el manojo de cables y agradeció no haberse subido al volvo, la cantidad era impresionante, sabía que debía pelar uno y hacer un puente en otro, uno que llevara electricidad directo al encendido de las bujías. Pero la gran pregunta era cual de todos ellos era.

Probó tres combinaciones, sorprendiéndose de lo rápido que reaccionaba su cuerpo, como si no le perteneciera, y se sorprendió al oír el ronroneo, casi quejido, del motor. Presiono el acelerador a fondo sin mover la caja de cambios, maldijo su torpeza y puso primera con el sonido característico de que estaba casi en posición equivocada apenas por encima de las ruedas rasgando en el cemento. Se dirigió a la salida con gran velocidad, notado como sus manos reaccionaban automáticamente ante lo que veían sus ojos.

Bajo un piso y giro 180º usando el freno de mano. Bajó el siguiente piso, y el siguiente. Se encontró de frente ante un comité de bienvenida. Durante un momento espero que vaciaran sus cargadores sobre él, pero eso no ocurrió aun así no levanto el pie del acelerador y paso entre ellos hasta la calle.

Un helicóptero se mantenía estático a una altura prudencial entre los edificios, y dos jeeps bloqueaban el paso a cien metros. Nuevamente uso el freno de mano para girar en U y volver a la otra salida. Vio al sujeto con cara de pocos amigos que ordeno con la mano que dispararan. Pero ninguna bala impacto en el auto.

El Black Hawk levanto vuelo, siguiendo la carrera del objetivo, desde el aire pudo notar como se le unían a la persecución mas Jeeps de la orden, y podía determinar que en seiscientos metros le cerrarían el paso.

 

 

La persecución se había dilatado lo suficiente, y si el propio lobo Alpha no le había quitado la vida o había ordenado el fuego a discreción, aun sabiendo las consecuencias que eso podría traerle con Deverov, era porque ahora él se sentía atraído por la fuerza del muchacho, cualquiera que hubiese visto en directo lo que el muchacho era capaz de hacer hubiese vendido a su alma, por algo como lo que él hacía. Su instinto le decía que era una carta interesante para quien lo tuviera. Sabía que Deverov experimentaría con él. Ya había ordenado cosas parecidas en un conflicto cerrado en África en los noventa. Quizás aun había oportunidades de hacer algo para cambiar el futuro inmediato que se le acercaba.

—Detengan el vehículo. Es imperativo que sobreviva. —Ordeno.

 

 

Jericho se dirigía a 190 kilómetros por hora y casi a la misma velocidad giro en la calle siguiente, la velocidad de reacción aumentaba a cada instante y sabía que permanecer mucho tiempo en la misma dirección era peligroso.

Si algo había aprendido muy bien de los videojuegos como el Need for Speed era que la policía siempre te alcanzaba en una recta. Lo irónico era que esta era su primera

(y única, espero)

persecución en la vida real y no tendría la posibilidad de repetirla si algo salía mal.

Bajo a ciento ochenta kilómetros, el motor rugía y las partes temblaban, y entonces lo impensable, de una calle transversal por la que el conducía se cruzo un convoy con una torreta que disparo un ráfaga al motor.

El auto se sacudió y empezó a perder estabilidad. Solo se le ocurrió acelerar mas, la dirección no le respondía con fidelidad y no podría hacer giros bruscos. A trescientos metros se cerró una barricada. Su campo visual se centro en la acción que se desarrollaba adelante, la velocidad del auto había bajado a noventa kilómetros por hora. El cálculo le mental le devolvió que tenía menos de diez segundos para reaccionar. Pero su mente reaccionaba diez veces más rápido que eso y ya había sacado los cálculos de supervivencia.

Alpha espero con una sonrisa maliciosa que el muchacho frenara y se pusiera a rezar, por el contrario lo que ocurrió a continuación le borro la sonrisa y supo que no solo había perdido al objetivo, sino que su futuro inmediato se había disuelto. Destrozado, despedazo, pulverizado quizás.

El auto a casi cien kilómetros por hora impacto contra tres vehículos que hacían las veces de barricada. El impacto provoco una explosión que repercutió en los vidrios aledaños. El calor le había llegado al rostro suficientemente caliente como para evaporarle el sudor.

 

 

En el extremo oriental europeo, dentro de una montaña a doscientos metros de altura se seguía desarrollando la reunión con la que unos pocos intentaban cambiar el futuro de muchos.

-No podemos confiarnos de él. De ellos. –Comentó Hermes. Al marcharse el agente católico.

Locke miro a todos a la vez esperando algo de información que, claramente no tenia.

Vrancêa miro al ex CIA, y al del SWAT. –Tenemos una misión de entrenamiento, supongo.

-¿Qué sucede? –Interrogo con mirada desahuciada el muchacho de la NSA.

-No confiamos en nadie. Y menos en la iglesia. –Contesto Seal.

-¿De modo que creen en las conspiraciones?

-No solo en las conspiraciones. Hay pruebas más que refutables de que las religiones siempre han interferido en las realidades más crudas de la raza humana. –Apoyo Hermes.

-Quizás esta vez la iglesia católica, el Vaticano digamos, no tenga nada que ver, pero este sujeto, Il Cannonciale, no tiene escrúpulos, están amparados por el papa, todo su trabajo. ¿Y si él es uno de los gusanos que paso información de todas las organizaciones?

-Una vez alguien dijo, “no hay mentira más grande que la religión”, yo tengo otra frase sacada de contexto sobre eso.

-¿Y cuál es? Preguntaron los otros.

-“No hay mafia mas grande, que la iglesia.”

-Eso es… muy inspirador. –Bromeo Locke- ¿Pero contra quien vamos, la Santa Iglesia Católica, o el desgraciado de Havok?

-En principio por limpiar la basura del interior de las agencias.

-¿Cómo haremos eso? Digo no, tenemos nada funcional.

-Creo que La Nueva Era ha subestimado la inteligencia humana. Y estoy seguro de que no han tenido en cuenta algo.

-¿Tenemos un As? Ya lo creo que si… pero solo voy a decírselo a Locke.

El muchacho sonrió al resto, era la primera vez que lo tomaban en cuenta para algo tan importante, sea lo que fuera ese “As”, ahora estaba a la cabeza de la facción contra La Nueva Era.

-Y dime… ¿Por qué yo?

John de santos se le adelanto a Vrancêa.

-Porque eres muy idiota para traicionar a esta pequeña organización.

La sonrisa del muchacho se le borro de la cara, busco apoyo en el rostro del “organizador”. Pero este asintió con la mirada cansada.

-¿Qué es lo que sabemos? –Interrumpió Hermes, con una sonrisa en el rostro.

-No mucho, pero muy interesante. –Empezó Vrancêa-. Encontró la manera de colarse en los satélites mundiales, todos ellos. Y aparentemente comenzó a descargar información que luego uso en contra de las naciones, tengo confirmaciones globales de que recibió apoyo interno de todas las organizaciones, -miro a los presentes- de todas ellas.

-Es como un maldito cáncer. Puede haber doble agentes en todos los sectores. ¿Cómo sabemos que uno de los presentes, o no presentes, no está envuelto con la N E?

Hubo miradas de desconfianza que recorrieron todos los ángulos de la sala. El aire se espesó con el calor corporal que despedían los ex soldados y agentes.

Locke nuevamente corrió el asiento para evitar ser víctima de la violencia de alguno de ellos. Principalmente del israelí o el palestino que estaban cada uno a un lado.

-Creo que necesitamos un descanso caballeros…

-No, creo que no. Además, lo que digan los presentes no tendrá relevancia en el caso. Si actuaron como doble agente en su país, en su organización, ¿qué les impide hacerlo aquí?

-Que estoy yo –Gritó Tank, mientras se abalanzaba sobre la mesa para saltar sobre uno de los de la fuerza aérea.

Los demás, exaltados se corrieron y luego intentaron detener al “tanque” que sostenía del cuello, al otro sujeto.

Al cabo de unos minutos las cosas habían cesado, el chacal, Pensahof, Seal, y Simmons, contenían a Tank de Santos.

Mientras que permanecían a cierto resguardo de el piloto canadiense.

-¿Qué tienen que decir?

-Que hable el señor “glándulas sudoríparas”

El otro permanecía en el suelo, aun con las manos en frotándose los moretones que comenzaban a aparecer en su cuello.

-No tengo porque aguantar esto. –Dijo con acento francés, mientras se ponía de pie.

Se marcho al extremo de la habitación-cueva, esperando junto al italiano, un convoy para marchase. Se escucharon unos pasos amortiguados que echaban a correr tras ellos, se les unió el Carabinieri griego.

El grupo de tres personas, descontentas con la facción, miraban con desconfianza al resto. Y estos hacia lo propio.

Mientras tanto, Locke había ido parar al extremo opuesto. Confiaba férreamente en el ex SWAT, y también sabía que algo ocultaba “el organizador”. Podía notarlo en su rostro. Sabia bastante de fisionomía, dada su habilidad para animar personajes renderizados para la empresa japonesa capcom, antes de dedicarse por completo a la fractura de códigos complejos para la NSA, observo al piloto canadiense, y vio que las axilas de su camisa estaban húmedas, a pesar de que él era el más débil no había traspirado un minuto, podría haberse cagado del susto, pero no transpirar porque no tenía nada que ocultar

(Porque eres muy idiota para traicionar a esta pequeña organización)

Le habían dicho. Y tenían razón. No tenía razones para traicionarlos. Pero todos ellos eran sospechosos potenciales. Inclusive el organizador. Principalmente él –pensó con firmeza-. Pero debía haber razones más allá del dinero.

Escruto los rostros de ellos uno a la vez, como si intentara romper el código password, hasta saber que había dentro de sus cabezas.

-Dios, que bien me vendría, un café y algún shooter. –Exclamó- ¿Un videojuego?

Los demás lo miraron, acomodándose en sus lugares.

-No pido mucho… Si tienen el Army of two me conformo. Y el café con dos cucharadas de azúcar.

Tank le sonrió. Como sonríen los hermanos mayores.

 

9

 

—Un tema de confianza—

 

 

En el extremo oriental europeo, dentro de una montaña a doscientos metros de altura se seguía desarrollando la reunión con la que unos pocos intentaban cambiar el futuro de muchos, luego de las presentaciones se habían tomado un receso de unas cuantas horas para descansar y acomodarse en las instalaciones.

El Arca incluía varios de los adelantos tecnológicos que saldrían a la luz en un par de años, y muchos otros que no vería jamás y que solo eran usados por los servicios secretos y militares. A pesar de todo, el equipo de Vrancêa no pudo tomar contacto con ningún satélite. Esperaba que Lock lograra algo más.

—No podemos confiarnos de él. De ellos. —Comentó Hermes acerca del agente católico ausente.

Lock miro a todos a la vez esperando algo de información que, claramente no tenia.

Vrancêa los observo a todos, luego dirigiéndose a Tank y Hermes dijo.

—Tenemos una misión de entrenamiento, supongo.

—¿Qué sucede? —Interrogo con mirada desahuciada el muchacho de la NSA.

—No confiamos en nadie. Y menos en la iglesia. —Contesto Seal.

—¿De modo que creen en las conspiraciones?

—No solo en las conspiraciones. Hay pruebas más que refutables de que las religiones siempre han interferido en las realidades más crudas de la raza humana. —Apoyo Hermes.

Tank asintió.

—Quizás esta vez la iglesia católica, el Vaticano digamos, no tenga nada que ver, pero este sujeto, Il Cannonciale, no tiene escrúpulos, están amparados por el papa, todo su trabajo. ¿Y si él es uno de los gusanos que paso información de todas las organizaciones?

—Una vez alguien dijo, “no hay mentira más grande que la religión”, yo tengo otra frase sacada de contexto sobre eso. —Dijo Tank con una disimulando una sonrisa.

—¿Y cuál es? Preguntaron los otros.

—“No hay mafia mas grande, que la iglesia.”

—Eso es… muy inspirador. —Bromeo Lock— ¿Pero contra quien vamos, la Santa Iglesia Católica, o el desgraciado de Havok?

—En principio por limpiar la basura del interior de las agencias. —Dijo Hermes.

—¿Cómo haremos eso? Digo, no tenemos nada funcional. —Interrogo Seal.

Se oyeron murmullos aislados.

Hermes observo a Vrancêa que permanecía en silencio.

—¿Tenemos un as, jefe?

—Ya lo creo que si… pero solo voy a decírselo a Lock.

El muchacho sonrió al resto, cargado de orgullo, era la primera vez que lo tomaban en cuenta para algo importante, sea lo que fuera ese “As”, ahora estaba a la cabeza de la facción contra La Nueva Era.

—Y dime… ¿Por qué yo? —Dijo aun sonriendo

John de santos se le adelanto a Vrancêa.

—Porque eres muy idiota para traicionar a esta pequeña organización.

La sonrisa del muchacho se le borro de la cara, busco apoyo en el rostro del “organizador”. Pero este asintió con la mirada cansada.

—¿Qué es lo que sabemos? —Interrumpió Hermes, con una sonrisa en el rostro.

—No mucho, pero muy interesante. —Empezó Vrancêa—. Aparentemente La Nueva Era encontró la manera de colarse en los satélites mundiales, todos ellos, y comenzó a descargar información que luego uso en contra de las naciones, tengo confirmaciones globales de que recibió apoyo interno de todas las organizaciones, —miro a los presentes— de todas ellas.

—Es como un maldito cáncer. Puede haber doble agentes en todos los sectores. ¿Cómo sabemos que uno de los presentes, o no presentes —dijo con énfasis—, no está envuelto con la N E?

Hubo miradas de desconfianza que recorrieron todos los ángulos de la sala. El aire se espesó con el calor corporal que despedían los ex soldados y agentes.

Lock nuevamente corrió el asiento para evitar ser víctima de la violencia de alguno de ellos. Principalmente del israelí o el palestino que estaban cada uno a un lado nuevamente.

—Creo que necesitamos un descanso caballeros…

—No, creo que no. Además, lo que digan los presentes no tendrá relevancia en el caso. Si actuaron como doble agente en su país, en su organización, ¿qué les impide hacerlo aquí?

—Que estoy yo —dijo Tank, mientras se abalanzaba sobre la mesa para saltar sobre uno de los de la fuerza aérea.

Los demás, exaltados se corrieron y luego intentaron detener al “tanque” que sostenía del cuello, al otro sujeto.

Al cabo de unos minutos las cosas habían cesado, el chacal, Pensahof, Seal, y Simmons, contenían a Tank de Santos.

Mientras que permanecían a cierto resguardo de el piloto canadiense.

—¿Qué tienen que decir? —Interrogo Vrancea enfadado.

—Que hable el señor “glándulas sudoríparas”

El otro permanecía en el suelo, con las manos frotándose las enormes marcas rojas que comenzaban a aparecer en su cuello.

—No tengo porque aguantar esto. —Dijo con acento francés, mientras se ponía de pie.

Se marcho al extremo de la habitación-cueva, esperando junto al italiano, un convoy para marchase. Se escucharon unos pasos amortiguados que echaban a correr tras ellos, se les unió el Carabinieri griego.

El grupo de tres personas, descontentas con la facción, miraban con desconfianza al resto. Y estos hacían lo propio.

Mientras tanto, Lock había ido a parar al extremo opuesto. Confiaba férreamente en el ex SWAT, y también sabía que algo ocultaba “el organizador”. Podía notarlo en su rostro. Sabia bastante de fisionomía, dada su habilidad para animar personajes renderizados para la empresa japonesa, antes de dedicarse por completo a la fractura de códigos complejos para la NSA, observo al piloto canadiense, y vio que las axilas de su camisa estaban húmedas, a pesar de que él era el más débil no había traspirado un minuto, podría haberse cagado del susto, pero no transpirar porque no tenía nada que ocultar

(Porque eres muy idiota para traicionar a esta pequeña organización)

Y tenían razón. No tenía razones para traicionarlos. Pero todos ellos eran sospechosos potenciales. Inclusive el organizador. Principalmente él —pensó con firmeza—. Pero debía haber razones más allá del dinero.

Escruto los rostros de ellos uno a la vez, como si intentara romper el código password, hasta saber que había dentro de sus cabezas.

—Dios, que bien me vendría, un café y algún shooter. —Exclamó para calmar los ánimos— ¿Un videojuego?

Los demás lo miraron, acomodándose en sus lugares.

—No pido mucho… Si tienen el Army of two me conformo. Y el café con dos cucharadas de azúcar.

Tank le sonrió. Como sonríen los hermanos mayores.

 

 

Al cabo de media hora de receso, comenzaron las discusiones acerca del siguiente paso para el inicio de la segunda guerra fría, aunque para muchos de ellos, la primera jamás había acabado, simplemente se agregaron mas protagonistas y se pusieron en juego intereses más importantes o de mayor valor monetario.

—Debemos atar cabos sueltos, se los digo esa banda que dejo las instalaciones nos traerán problemas. —Vociferó Tank.

—Antes caballeros quiero ponerlos al tanto de la información que poseo. Creo que es importante.

Lock miro sobre la pantalla del ordenador portátil que acaban de darle para que “liberara la presión de los últimos días”. Presiono la tecla de guardado rápido y bajo la pantalla, dando por terminada la sesión de cruel irrealidad cibernética.

Vrancêa prosiguió.

—He determinado, mejor dicho, mi equipo y yo hemos determinado que Havok Industries comenzó a planear el ataque mundial hace por los menos diez o quince años.

Las miradas planearon alrededor de toda la sala.

—¿Cómo es eso posible?

—Bueno debido a que nadie controla su propia economía. Fran Havok contrato cientos de testaferros alrededor del mundo para que le compraran equipo militar de avanzada. Además de robar proyectos militares y tecnológicos, o ambos. Y de “regalar otros”.

Lock levanto la mano. Pero nadie le puso atención.

—Al parecer cuando se unió a la organización religiosa no-lucrativa conocida hace dos décadas como El Nuevo Amanecer…

—Los recuerdo —dijo Hermes— desaparecieron del globo como por arte de magia, pero hubo un hecho más importante que oculto su desaparición…

—Así es. Como ya deben saber, las religiones no desaparecen porque si, puede haber cambios radicales de creencias debido a un interés capital, o quizás una disolución a la fuerza como las que suceden con las que apadrina el Vaticano, y debido a algún hecho oscuro les suelta la mano.

Lock volvió a levantar la mano, nadie le puso atención y siguió Tank.

—De modo que ninguna organización puso atención a este hecho que es llamativo en sí. Pero ¿qué sucedió?

—Bueno, en el mismo año… —Empezó Vrancêa—, un supuesto sabotaje a la NASA, que termino con un la explosión de un trasbordador y siete vidas.

—Estalla el conflicto en Asia. —Propuso Mohammed.

—Una creciente denuncia hacia la Iglesia por pedofilia. —Interrumpió Lock, pero pasaron por alto su opinión.

—Robo de capital del banco central, la aparición de ex Gestapo, en América Latina. —Continúo Simmons.

—Ataques terroristas a Sedes judías en América. —Expuso Tank.

—Entre otras cosas, algunas públicas y otras no. —Finalizó Vrancêa.

Hermes asintió.

Vrancêa prosiguió.

—De modo que tienen una cuartada o varias, más que elegantes para ocultar algo más oscuro detrás de esto.

—Pero también es cierto que Havok comanda ejércitos bajo el nombre de Nueva Era. —Saltó Lock.

Los otros lo miraron.

—Parece que el muchacho dio en el clavó. —Bromeó Vrancêa—. Es cierto, Havok se unió un año antes de que El Nuevo Amanecer ase disolviera, y desde entonces el Orden de La Nueva Era se encargo de reclutar  a mercenarios y terroristas de todo el mundo, y supuestamente darles la amnistía que otras religiones no permiten.

—Es posible que los reclutara por conocimiento. —Opino Simmons.

—¿Doble agentes? —Manifestó Pensahof, sin rastro de acento—. Se ha hecho desde que existen las guerras.

—No suena mal. Si lo piensan de ese modo tendría años de información sobre las debilidades de cada nación. —Argumentó el árabe.

—¿Qué hay de la tecnología? —Preguntó Lock.

Solo recibió miradas de incertidumbre.

—Tengo una idea acerca de eso, ¿si es que quieren oírla? —Amenazó con una sonrisa pintada de oreja a oreja.

 

10

 

—En Maine—

 

 

Al otro lado del mundo, Alexandr Deverov escuchaba atento el discurso del último de los conquistadores egocéntricos.

—¿Dominar al mundo? Por favor —comentó sarcásticamente— como si no hubiésemos tenido bastante con Alejandro Magno, Atila, Agamenón, Ramsés, Xerxes y tantos otros en las épocas en que el mundo resplandecía de aguas claras, y a cada paso había cientos de tesoros. La paga no era buena, así que debían saquear más que suficiente para subsistir unas cuantas temporadas. Hasta que el pez más grande devoraba al pequeño… o al distraído.

Seguía sonriendo con cada frase de secretario con una 9 mm en la nuca, cuando recibió el llamado que esperaba.

‹‹Aquí N E 039, a veinte minutos de aterrizar en el aeropuerto. Me han dicho que le avisara señor.

—De acuerdo, que la guardia espere mi llegada antes de proceder.

‹‹Muy bien, Señor. Con todo respeto, Señor, llevamos cadáveres, no se retrase.

Alexandr cortó la comunicación, y se dirigió de inmediato a la zona de aterrizaje. Sintió un ligero cosquilleo en los dedos. Las ultimas notificaciones del objetivo habían templado las esperanzas de ponerle las manos encima a lo que el muchacho llevara en la sangre, después de todo, el también tenía Ego, y uno bastante difícil de complacer.

Si él fuera capaz de desarrollar habilidades como esas, sumadas a sus conocimientos militares…

—El límite es el cielo. —Declaro en ruso, recordando la antigua frase.

Acelero a fondo por la avenida vacía, que comenzaba a ser concurrida por los trabajadores del nuevo orden. Havok podría tener delirios de grandeza y ser un imbécil, pero al parecer ambas cualidades en uno de los hombres más ricos del planeta —después del difunto rey de las computadoras— habían logrado algo imposible. La conquista del imperio capitalista.

Le envió un mensaje a Fran Havok para que se quedara tranquilo, y de paso ganar algo de tiempo.

En diecisiete minutos cronometrados recorrió los quince kilómetros y medio que lo separaban del aeropuerto, el McDonald-Douglas de la Nueva Era aun no había aterrizado.

Al cabo de unos minutos ordeno al grupo de soldados que se hallaban en las cercanías del aterrizaje, que trasportaran los cuerpos a una dirección segura en el estado de Maine. El también iría, pero cómodamente en su Hummer y solo con la carpeta. Y por cierto, para que no quedaran cabos sueltos, envió a una misión suicida al piloto del avión y al resto de los integrantes de la comitiva de recibimiento, del conductor que llevara los cadáveres hasta Maine, ya se encargaría mas tarde.

Diez minutos después emprendió la marcha hacia un futuro incierto, seguido de cerca de un joven haitiano, al parecer acababa de dejar los pañales el mes anterior y hasta ayer se había dedicado a liderar una pandilla en algún lugar de América, no sería gran problema para el capitán de los lobos, ni mucho menos una pérdida importante para el ejercito de La Nueva Era.

Activo el GPS del panel frontal de la camioneta, y pulso los pequeños controles para indicar la dirección, estaba a punto de conocer el lugar donde efectuaría el descubrimiento y si todo salía bien, donde también efectuaría el cambio.

Una voz femenina, algo sensual para un aparato electrónico le indico que no encontraba la señal satelital.

—Demonios, maldito Havok, ¿cuando piensas restablecer el sistema? —Maldijo, mientras conectaba su PDA a la entrada de USB del mapa portátil.

En unos minutos trianguló las distancias con el satélite de la Nueva Era, al menos eso no había dejado funcionar, y era muy útil para el que conocía la puerta trasera de la contraseña de 30 dígitos con el que Havok había cerrado el sistema.

De nuevo la voz del sistema de posicionamiento global hablo, esta vez para avisarle cuantos kilómetros lo separaban del destino, y luego indicarle que tomara la interestatal.

En algunas horas de tranquilo tráfico habían llegado hasta la casa segura en el estado de Maine, en una zona turística alejada de del centro de la ciudad. Aparco el Hummer descuidadamente sobre un pequeño arreglo de flores. Aquel lugar tan alejado les dejaba la coartada perfecta ante los ojos de la Orden, desde hacia quince minutos que Deverov intentaba recordar a que numero ascendía los adeptos a la “religión del futuro”. ¿Diez millones, doscientos? —Quien sabia, el numero debía haber aumento un diez por ciento para esa hora.

El otro soldado bajo de la Toyota, también prestada, y se dirigió a la parte trasera para quitar la lona de la caja. Alexandr le hizo una seña. El muchacho haitiano se dirigió hacia él.

—Escucha hijo, —dijo con tono paternal recordando el que usan los norteamericanos para con sus soldados— ve dentro de la casa descansa que tendrás que reubicarte para seguir con el trabajo.

—Sí señor. Por cierto soy André Kito.

Como si me interesara.

—Ok, André, entra come algo, descansa. —Forzó una sonrisa.

La puerta de la pequeña casa se había abierto, salieron dos personas vestidas con delantales, una mujer de mediana edad y un hombre algo más joven. —Enfermeros, pensó Alexandr—. Tras ellos salió otro hombre, un anciano alto y delgado, quitándose unos guantes ensangrentados que tiro a un lado antes de salir. Sin mirar al muchacho.

—Veo que has traído un sujeto de pruebas esta vez. —Le sonrió mientras estrechaba fuertemente la mano del Capitán—.

—Lo pensé de camino, Nathaniel. Ya lo hubiera ejecutado ni bien bajo de la camioneta.

El anciano sonrió.

—¿De qué se trata esto tan importante que me has hablado antes de venir? ¿Qué te tiene tan preocupado?

—Lee esto y dime si es posible. Luego te muestro un video. Y hablaremos.

El viejo les hizo señas a los enfermeros para que bajaran los cuerpos de la Toyota.

Una vez dentro le entrego la carpeta que le habían traído desde Brasil. Kito había tomado un lugar en la cocina colonial y devoraba gustoso un sándwich. Nathaniel miro de soslayo a Deverov, y este empuño su arma y le dio un fuerte golpe en medio del cuello, el muchacho cayó pesadamente al suelo, dormiría al menos una hora.

Los enfermeros terminaron de entrar los cadáveres envueltos en mantas y los dejaron en la improvisada sala de autopsias en una de las habitaciones, luego llevaron al nuevo huésped atado de pies y manos, ambos sabían que un cuerpo vivo pesaba más que uno muerto, el porqué estaba lejos de su entendimiento, ambos eran sordomudos y algo menos inteligentes que el resto de la gente de sus edad. Seguían al pie de la letra lo Nathaniel Ford les ordenaba, sin objeciones y sin razonar.

—Ahora si Alex, dime.

—Mejor que decirlo, es verlo con tus propios ojos. Lee esto. —Le paso la carpeta con anotaciones de Jericho, con el rostro expectante de buenas noticias.

Al cabo de veinticinco minutos de irritante silencio. Nathaniel Ford, que apenas había levantado la vista hacia Deverov en dos ocasiones, cerro la carpeta y lo miro irresoluto; con más preguntas que respuestas.

—¿Qué demonios me has traído muchacho?

—Espera que aun hay más.

—¿Más? —Interrogo Ford como si fuera imposible.

Alexandr Deverov saco del bo

11 - 14

domingo, 07 de marzo del 2010 a las 19:09
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11

 

—Gunsmith—

 

 

La llegada de Gunsmith al aeropuerto marco un nuevo inicio a la etapa a la que se enfrentaba el mundo. Debido a los arreglos políticos, que determinaban quien tenía el pene más grande, los mercados se habían reactivado lentamente y por el contrario de lo que los economistas creían, solo habían bajado entre cuarenta y cincuenta puntos. La gran diferencia significaba que aquellos que podían viajaban a países que no estuvieran en conflicto, y Argentina, entre ellos, había reactivado el mercado creciente de turismo, por otro donde los recién llegados compraban viviendas. Las divisas extranjeras mantenían el valor anterior al conflicto, y para los países con economía baja significa un creciente desarrollo.

En Europa, mientras tanto, las oleadas de nómades se dirigían hacia el continente Africano, la tierra prometida del nuevo Éxodo de todas las nacionalidades. En las primeras horas en las que el conflicto se había estabilizado, es decir que Havok no había ordenado ningún ataque y firmo la tregua de paz, el mundo entero, y los que vivían en el habían comenzado a mutar. Pero la mutación no significaba precisamente cambio.

Gwenith Fielding dejo que una azafata la acompañara hasta la puerta de salida del avión con grandes insignias negras que rezaban New Order, donde había viajado sin escalas desde Australia a Estados Unidos. Bajo tres escalones de los doce que la distanciaban de tierra firme cuando una delgada llovizna se asentaba en su ropa humedeciéndola lentamente. Durante el trayecto había oído que el tiempo en aquella ciudad seria medianamente bueno y sonrió al pensar que no importaba quien dominara los medios, el servicio meteorológico seguía siendo una basura desconfiable.

Al completar el corto trayecto hasta un auto, Alfa Romeo negro, ya se había mojado lo suficiente como para pedir una muda de ropa. Su nuevo contrato de trabajo exigía inmediatamente su presencia en aquel país, que otras veces había necesitado de sus servicios, por esa razón no había hecho sus maletas con muda de ropa. Solamente su confiable arsenal. Que a pesar de que no tuvo que pasar ningún control, no le era necesario.

Una única maleta colgaba de su mano derecha, se la paso al chofer que apenas sintió el peso en ella.

—¿No trae nada, señorita? —Bromeó.

Ella simplemente deslizo sus gafas sobre el puente de la delgada nariz y lo escruto con una mirada que demostraba ironía. El sujeto abrió la puerta y la dejo subir.

A pesar de que eran pasadas las nueve de la noche, casi nunca se quitaba aquellos lentes oscuros. No por una razón estética, sino mas bien porque contaba con una visión periférica alejada de la lectura de las demás personas. Para ella el uso de gafas oscuras significaba que no podían intuir sus intenciones.

Una vez dentro del auto, se quito la campera húmeda revelando su delgado cuerpo, envidiable a simple vista, pero que para ella demandaba gran cantidad de horas semanales en ejercicios y una dieta balanceada. El chofer subió y puso en marcha el motor, como era de esperar acomodo el espejo retrovisor y dedico una larga mirada al escote revelador de su pasajera. Comenzó a conducir a gran velocidad, alejándose del avión, fue en ese momento que Gwenith supo que estaba demasiado lejos de casa y que ya no había retorno.

La lluvia comenzó a caer copiosa y al salir del aeropuerto y encararse cobre la autopista ya era un aguacero.

—Mira adelante, galán. —Ordeno de mala gana—. ¿Quieres morir por mirar un par de tetas?

El chofer solo sonrió y levanto la mano en gesto de paz. Encendió la radio, y sintonizo varias bandas hasta que descubrió que seguían sin funcionar. Lanzo una maldición a Dios todopoderoso, y puso un disco compacto de Nine Inch Nails. Al sonido de “I want to fuck you like an animal” Gwenith, Gunsmith como era conocida en el ámbito mercenario, bufó y se puso a pensar de que manera afrontaría a Fran Havok.

Cuando el Alfa Romeo se detuvo frente a un imponente edificio bajo el nombre de Palace Duhau, quince minutos más tarde Gwenith sintió que el estómago le daba un vuelco, se percato de que se estaba poniendo nerviosa, algo que jamás le había pasado, y se mintió a si misma denunciando de que se trataba de una situación completamente diferente y a la vez, desconocida.

El chofer apago el reproductor del auto que durante los últimos minutos habia escupido una serie de notas de varias guitarras y bateria y muy por el fondo una voz quemada que vociferaba algo sobre el sexo y las drogas. Ella se sobresalto ante la ausencia de sonido.

—Penthouse. —Anuncio el chofer—. Ya sabe que estamos aquí.

—De acuerdo. —Contesto intentando relajarse. No era una situación diferente, le dijo una voz en su conciencia. Puede que se tratara de su intuición. Ya antes la había prevenido malas relaciones. ¿Qué podría tener de diferente esta relación con el que parecía tener el pene más grande? ¿O el ejercito más grande? que era el equivalente directo.

—¿Qué puede ser diferente este trabajo a los otros? —Susurró antes de que el chofer le abriera la puerta.

Se encamino hacia el lobby cuando escucho.

—Disculpa. —La voz del chofer.

Ella se volvió.

El sujeto estiró la mano con una tarjeta blanca. —Llámame si quieres pasar un rato con alguien. Ya sabes. —Le dijo al tiempo que le acariciaba la mano.

Ella solo giro rápidamente la mano, recordando como lo había hecho otras veces. Al instante el sujeto soltó un grito y se llevo la mano frente al rostro. Con tres dedos fracturados justo sobre las falanges.

—Maldita perra. —Gritó—. Prostituta…

Le apuntó con el arma que siempre llevaba entre la ropa.

—No. Mercenaria.

Llego a lobby del hotel, el lujo rezumando de las paredes, el portero le hizo señas de que se detuviera. Ella continuó caminando, con el liviano portafolios colgando de la mano izquierda. —Havok—. Dijo al pasar. El sujeto abrió rápidamente la puerta con una mueca de miedo.

—Lo siento señorita, —se disculpo—. Yo debo acompañarla.

Ella miro a su alrededor viendo el despliegue de gente que parecía atender una fiesta, a la izquierda una pared cubierta de ascensores, la recepción y un bar.

—De acuerdo dijo.

Al parecer nada había cambiando mucho. La alta sociedad siempre se sentía intocable en situaciones como esta. Después de todo el mundo casi vuela en mil pedazos, menos de setenta y dos horas atrás, y ahora festejaban un coctel.

Pero no puedo evitar notar que había varios militares armados con uniformes de la Nueva Era. Definitivamente se le iba a dificultar la salida en caso de fuga. El muchacho que la acompañaba sudaba bastante para la temperatura de congelador que hacía en el interior del lobby. Supo de inmediato de que al menos a los empleados no les caía bien Havok.

Ella nuevamente dudo acerca de trabajar para él. Años antes sospecho que había hecho un trabajo para Havok Industries. Y como muchos de los encargues a lo largo de diez años de carrera, ella los ejecutaba siempre y cuando estuviese cien por ciento segura de que el objetivo lo merecía. Que merecía morir por una bala en la sien a trescientos metros, ejecutado a quemarropa, o por la explosión accidental de su vehículo. Pero esta vez temía que el trabajo se trataba de otra cosa.

Subieron al ascensor, el muchacho les hizo señas a un grupo de personas que esperaran al próximo. Las puertas se cerraron al instante. Dentro de aquella caja metálica supo que no tendría oportunidad de rechazar un trabajo que era de orden directa del

(¿hijo de perra?)

(¿Agamenón del siglo veintiuno?)

presidente de América.

 

12

 

—Lock—

 

 

Las miradas se cruzaban unos a otros frente a las explicaciones acerca de micro-tecnológicas de Lock acerca de un rumor muy aislado de un nuevo material en los transistores.

—Por consiguiente, —dijo convencido— estamos hablando de la tecnología que dispararía las telecomunicaciones directo a una guerra.

—¿Y estás diciendo que solo fue un rumor? —Interrogo Pensahof.

—El físico sueco apareció muerto algunas semanas después. Dijeron suicidio. Verán, el tipo habia quedado afuera de un desarrollo de alta tecnología complejo sobre partículas conductoras. Supuestamente no habia cumplido con las expectativas del NTC, creo que ese el nombre, del Complejo Tecnológico Nacional, sede principal en Suiza.

—¿Apelaron al suicidio por que lo habían echado?

—Ya sabes lo que dicen, —contestó Simmons—, si a un científico le quitas el trabajo de toda su vida es como quitarle la vida misma.

—Aquí estamos hablando de otra cosa, señores. —Declaró Lock, en tono de profesor de cátedra—. Si una nación contara con la tecnología que poseía este sujeto, en pocas palabras dominaría el mundo de las telecomunicaciones.

—¿Y cómo podemos afirmar que el rumor fue cierto? —Pregunto Mohammed, que habia permanecido en silencio hasta el momento.

—Bueno, soy de la NSA, o lo era. —Contesto con ironía, como si eso lo explicara todo—. En mi área, nos encargábamos de abrir información encriptada para empresas de alta seguridad. No era un trabajo muy limpio. Simplemente se nos ordenaba abrir un archivo encriptado enviado por mail, o por cualquier medio de transporte de información y desarmábamos el caparazón para ver que otros vieran lo que habia dentro.

—¿Y eso quiere decir?

—Que el rumor nació en la misma sala donde trabajaba ocho horas legales y hasta dieciséis en horas extra, a veces varios días consecutivos incluyendo fines de semana, festividades, feriados nacionales…

—Demonio muchacho, ¿no tienes vida social? —Bromeó Tank.

—Pues sí, maratones de Xbox. O ciento diecisiete contactos estables por E-mail alrededor del globo.

—Ya veo porque los nervios, y el odio hacia Havok.

El muchacho le dedico una mirada leve pero sostenida a Tank. Luego al resto.

—Verán. Para mí un hombre que tiene la capacidad de hacer algo como lo que hizo es digno de admirar. En cuanto a los métodos que uso son mi problema. —Hizo una pausa intentando tragar el odio, prosiguió con el monologo con la mandíbula temblando—. Cuando el ejército irrumpió en la agencia de seguridad nacional, el ataque vino de adentro.

Los otros afirmaron, recordando que en sus respectivos trabajos habia sucedido lo mismo.

Continuó.

—La red cibernética entera se cayó de pronto. Ya saben, como si los satélites hubieran sido desconectados o las antenas las hubieran volado de la faz de la tierra. En cuatro minutos habia recorrido casi cincuenta servidores y nada. Me detuvo un subfusil en la cabeza. De ahí me llevaron a un “corral” para reeducación.

 Mataron a mis compañeros del ala norte, eran mi única familia —dudó unos instantes— mi única familia hay dentro.

Tank lo silencio con una enorme mano en su delgado hombro. Ambos se miraron unos instantes.

—Porque no vuelves a explicar el sistema de estos transistores. —Propuso de Santos.

—De acuerdo, —tomó aire—. Un transistor se encarga, básicamente, de rectificar y ampliar impulsos electrónicos. Este pequeño dispositivo es la base de las radios antiguas y actualmente se encuentra incorporado a cualquier aparato electrónico que transmita o reciba (o ambos) ondas de radio. Ya saben, la base de la actual tecnología que usan los satélites y antenas, y más tarde un teléfono celular por ejemplo, de modo que en medio del proceso de emisión-recepción uno puede “interceptar” la señal. Es por eso que actualmente se codifican los datos. Al ampliarse la rama tecnológica, las grandes empresas pagan grandes sumas de dinero para que su información sea cada vez más confiable, es decir menos “codificables” de ese modo se ha creado un gran mercado de hackers que se encargan de encriptar esta información.

—Pero es posible decodificarla o desencriptarla. —Interrumpió Hermes, que asentía a cada frase que soltaba el joven.

—Exacto señor enmascarado. —Rió Lock, recomponiéndose—. Cualquiera con un poco de inteligencia, y tiempo, principalmente tiempo, puede desencriptar un código. Desde la secuencia de Fibonaci, hasta el cubo que usaba Alejandro Magno.

Tank lo escruto con miedo.

Lock prosiguió, le gustaba ser el centro de atención, y más aun sabiendo que lo era por ser más inteligente que el resto.

—Escucha Johnny. ¿Qué tienen en común los números 1-1-2-3-5-7-12?

El gigante ex SWAT lo volvió a mirar un instante.

—Los números son números para mí. —Contestó ofendido.

Lock hablo como un profesor ante una clase de pandilleros intentando entender física-cuántica, aunque la respuesta era un millón de veces más simple.

—Cada uno resulta de la suma del siguiente. Los números están todos interconectados, ¿sabes?, si yo escribiera la misma secuencia desordenada de ocho dígitos, y la pusiera, no sé, como clave en la entrada de tu refrigerador.

—Me estarías cagando la vida muchacho. —Contesto acomodándose en la silla, y cruzando los brazos.

—¿Y qué tal si yo a cada digito le asignara una letra? Del mismo modo desordenara los números. Al rearmarlos resultaría una frase oculta. Gente como yo se dedica a romper esos código cifrados. A veces contienen la lista de la compra de un garaje que roba autos importados, pero a veces te topas con el manual del “hágalo usted mismo” acerca de como armar una bomba.

—Y otras veces, y más de las que crees, dicen la palabra atentado y presidente. —Volvió a interrumpir Hermes, esta vez despejando dudas en los ocupantes de la habitación.

—¿Y que lo del cubo de Magno?

—De Alejandro —sonrió Lock— es más complejo que la secuencia de Fibonaci. Cuando uno conquista un territorio tan grande, desde Europa hasta Asia, sabes que en el medio tienes enemigos. Pero de algún modo debes mantenerte informado con tus generales, ya sabes enviarle información sobre formaciones de ataque, o un punto débil. ¿Cómo puedes asegurar que esa información no caerá en malas manos?

—No lo sé…

—No puedes. Entonces debes inventar un método de enviar y recibir información acerca de los movimientos y que los enemigos no descubran tus planes. Bueno de ese modo se invento una tabla con sesenta y cuatro dígitos, aparentemente al azar, que estaban cifrados de tal manera que solo el emisor y el receptor sabían el verdadero orden de los dígitos.

—¿Y cuál era el orden? —Interrogo embelesado— ¿Cómo es que funcionaba el sistema?

Lock abrió la boca, en una mueca suspendida. El organizador de la fiesta los interrumpió.

—Caballeros, lamento interrumpir la lección de historia pero tienen que saber algo.

Lock y de Santos miraron de mala gana. Los demás atentos.

Vrancêa tomo un control remoto tan pequeño que se le perdía en la palma de la mano. Pulsó un botón y apareció una pantalla en medio de la mesa redonda. La imagen en tres dimensiones apreció nítida en el centro. El audio lleno la sala.

El primer noticiero en tres días.

 

13

 

—A nivel molecular—

 

 

—¿Has oído hablar del PGH? —Preguntó Nathaniel poniéndose unos guantes descartables—. Siglas de Proyecto Genoma Humano.

—No sinceramente. ¿De qué se trata? —Contestó acentuando el ruso en cada palabra.

—Se trata de un programa internacional de colaboración científica. —Comenzó—. El objetivo principal es obtener un conocimiento básico de los componentes genéticos humanos.

Ambos se acercaron a los cuerpos. Nathaniel observo al que estaba más herido y tomo un escalpelo. Continuó explicando.

—Esta información genética se encuentra en todas las células de los organismos pluricelulares. Se halla codificada en el ADN, siglas de ácido desoxirribonucleico.

Empezó a cortar la ropa, Alexandr mientras tanto la arrojaba a un lado con una muesca de asco, la cicatriz en su rostro le daba un aspecto más grotesco.

—El programa pretende identificar y establecer todos los genes del núcleo de la célula humana y el lugar que los genes ocupan en los cromosomas. Y determinar mediante secuenciación de la información genética codificada del ADN.

—¿Y de que serviría? —Preguntó observando asombrado las heridas que revelaba el soldado irreconocible de la N E.

—Por ejemplo, asociar rasgos humanos específicos y enfermedades heredadas con genes situados en lugares precisos de los cromosomas. Pero claro, eso es lo que algunos llaman un trabajo por el bien de la humanidad.

—¿Existen otros trabajos?

—Por supuesto. Y no creas que son nuevos, como has leído en aquellos apuntes del tal Jericho, los nazis buscaban la regeneración espontanea a gran velocidad.

Deverov sonrió ante la idea. Luego volvió a ensombrecer la mirada mirando en lo que se habia convertido el cuerpo de aquel soldado.

—Es increíble. —Sonrió Nathaniel Ford.

—¿Qué cosa?

—Esto era un ser humano. —Sonrió—. Varón, caucásico, un metro ochenta y al menos unos cien kilogramos de peso. Por los rasgos (que aún quedan) tendría unos treinta años, quizás menos. La estructura ósea, y la musculatura indican que podría haber sido tanto o más fuerte que tu.

—¿Y qué es lo gracioso? —Preguntó ofendido Alexandr.

—Que tu chico lo pulverizo, y solo uso dos manos. —Levanto la mirada y estiro una risa maniaca—. Mira aquí, —dijo mientras hundía los dedos en unos agujeros que tenia a los lados de la caja torácica—, aquí entraron los dedos del chico. Por el tamaño lo debe haber levantado.

El sonido que hacían los guantes al entrara y salir de la herida estaban descomponiendo a Deverov.

—No contento con eso lo tomo del cuello, —hizo lo mismo de un par de pequeños orificios por debajo de la mandíbula—, apretó tanto que trituro la medula.

Alexandr Deverov intento imaginarse la fuerza con la que se habia provocado esa herida, pero no pudo.

—¿Algo más? —Interrogo distraído.

—Sí, debió haber arrojado el cuerpo a gran altura. Estas fracturas expuestas —tomo los huesos blanquecinos de las piernas— apenas sangraron las heridas, significa que el cuerpo cayo a gran velocidad y de pie. Estas heridas solo se causan por caída libre. He visto unas parecidas en seres vivos, desde por lo menos seis metros.

—Sígueme hablando del Proyecto Genoma Humano.

En su época proporcionó un conocimiento sin precedentes de la organización esencial de los genes y cromosomas humanos. Revolucionó el tratamiento y la prevención de numerosas enfermedades.

››¿Sabes quien descubrió el ADN? Mejor dicho, ¿quién comprobó la existencia del mismo? —Preguntó conociendo la respuesta.

Deverov negó con la mirada perdida.

Arrojo los guantes a un lado y se puso unos nuevos.

—Fue un trabajo compartido que inicio una mujer llamada Rosaline Franklin nacida en 1920, ella hizo el trabajo fundamental. Varias décadas más tarde lo continuaron tres caballeros, de apellidos Watson, Crick y Wilkins. Estos últimos ganaron un novel en el `62.

Alexandr asintió sin encontrarle mucho sentido.

—¿Es que no lo notas?

—¿Notar que? —Exclamó Deverov desesperado.

—¡Ay muchacho! si pusieras atención como cuando estas a punto de matar a alguien, serias tan listo como Einstein en sus días. —Se burló Ford. Comenzó a quitarle la ropa a Mitchell Jericho, revelando varias heridas de bala.

—Estoy intentando que comprendas que los nazis no estaban experimentando con genética para crear un súper hombre.

Deverov lo miró empezando a comprender, luego agrego.

Las notas tienen comienzan en 1938, y saltan a marzo del `39.

—Es imposible que los alemanes supieran codificar el ADN en aquella época. —Continuó Nathaniel sacudiendo el escalpelo frente al rostro del fallecido.

—Si el ADN se descubrió muy finalizada la segunda guerra mundial. Festejo tempranamente el ruso-. ¿Eso significa que…

—Que fue un error, muchacho. Si es como enuncia Abraham en la carta dirigida a su descendencia, y le inyectaron aquel líquido (violeta) fue porque pensaban que se trababa de algún medicamento.

—Un error. —Rió Deverov, soltando una carcajada exagerada, se dirigió al cuerpo y le levanto los parpados revelando una delgada capa blanca que recubría el órgano ocular, desde el extremo hasta el centro.

Ford miró lo que Deverov habia develado.

—¿Un segundo par de parpados?

—Cuenta más acerca del ADN. ¿Cómo llegamos hasta aquí viejo?

—Tomemos un trago, ¿Quieres? Necesito algo de alcohol antes de seguir.

Una vez en la sala y luego de iniciar el segundo vaso de vodka, Nathaniel Ford dijo.

—El elemento más importante del cromosoma es la molécula de ADN. Es una molécula de doble cadena en forma de espiral y se compone de nucleótidos

Alexandr Deverov lo miró con recelo.

—Son compuestos químicos, ¿de acuerdo?

El mercenario asintió con duda.

—Cada nucleótido (compuesto químico) consta de tres partes: un azúcar llamado desoxirribosa, un compuesto de fósforo y una de cuatro posibles bases: adenina, timina, guanina o citosina, —dijo contando con los dedos—. Estos componentes están enlazados de manera que el azúcar y el compuesto de fósforo forman lados paralelos de la escalera de ADN; la adenina se enlaza siempre con la timina, y la guanina siempre con la citosina.

››¿Me sigues? —Preguntó tomando el resto de la bebida.

El otro asintió.

—El código genético viene determinado por el orden que ocupan las bases. Por lo general, cada sección de esta escalera tiene una secuencia única de pares de bases. Si bien el gen no es más que una de estas secciones, posee también una secuencia única, que puede utilizarse para diferenciar unos genes de otros y fijar su posición en el cromosoma.

››Si entiendes hasta aquí, prosigo con algo más avanzado.

—Dependiendo de la conformación de las bases de las cadenas de ADN, con el azúcar y el compuesto, se determina un orden y una secuencia única. De esa manera fija su posición en el cromosoma. —Repitió Deverov rápidamente.

—Más o menos así. Se llama genoma a la totalidad del material genético de un organismo. El genoma humano tiene entre 50.000 y 100.000 genes distribuidos entre los 23 pares de cromosomas de la célula. Cada cromosoma puede contener más de 250 millones de pares de bases de ADN y se estima que la totalidad del genoma tiene aproximadamente 3.000 millones de pares de bases.

Hubo una mirada distante entre ambos. Casi al mismo tiempo tomaron la base de la botella para servirse otro trago.

—Por medio de la secuenciación se intentan marcar las características físicas y moleculares entre los individuos y la consiguiente transmisión hereditaria. —Bebió hasta que solo quedó el hielo apoyado en los labios—. Ya sabes —dijo al fin—, ojos azules, altura, enfermedades hereditarias, o marcas más complejas, como lunares o manchas.

Deverov se enderezó.

—¿A dónde intentas llegar, viejo?

—Intentaba darte una breve reseña histórica de lo que se acerca del campo del ADN y los cromosomas, que no es mucho. Quiero llegar a explicarte el expediente Jericho, sin que preguntes cosas en el medio.

El ruso asintió ofendido.

—¿Recuerdas que te hable de otras investigaciones acerca de la los cromosomas? —Continuó.

—Creo que si…

—Bueno, en el área militar solamente existen muchos campos aplicables a la genética humana, desde estos nazis intentando generar una aceleración de la regeneración curativa, hasta humanos con capacidad de doblar la fuerza, la velocidad, la elasticidad del cuerpo. —Soltó un eructo—. Visión nocturna sin googles, duplicar la protección del cuerpo.

—¿Como seria eso? —Preguntó Alexandr que habia ido a buscar la carpeta. Volvió a sentarse.

—¿Lo de la protección del cuerpo? Es simple, veras el humano conserva todos los órganos importantes en una pequeña aérea debidamente protegida de ataques externos (en condiciones normales). Estoy hablando del tórax Alex, si lográramos equipar a un ser humano con una protección cutánea como la de los reptiles, pero más estética digamos, no necesitarían de un equipo tan pesado y visible como el chaleco anti-balas.

Deverov asintió golpeándose el pecho, debajo sonó el kevlar reforzado.

—Imagina gente común, potencialmente soldados, nacidos del juego de química de Dios. Duplicar células para generar anticuerpos el doble de fuertes, o quitarle las debilidades principales y otorgarle solo fortalezas.

—Un Superman sin debilidad por la criptonita.

—Muy buena tu definición, pero existe una mucho más simple.

—¿Cuáles es? —Interrogó Alexandr con una sonrisa, acababa de notar que seguía siendo infantil para algunos temas.

—Inmortalidad Alex. Inmortalidad.

—¿Y cómo llegamos a esto? —Preguntó sacudiendo los expedientes.

—Fue una simple mutación. ¡Y no me vengas con las Tortugas Ninjas!

Deverov sonrió. Le habia sacado la idea de la mente.

—Quisiera estudiar eso un poco más, —dijo estirando la mano—, quizás haya algo que pase por alto. Aun no comprendo que desencadenó el cambio genético.

Alexandr Deverov se quedo mirándolo un instante, la botella de vodka comenzaba a hacerle efecto, y empezaba a quedarse dormido. Tuvo la sensación de que caía del sillón y se acomodó nuevamente. Soñó que el futuro se acercaba, las ideas de Havok habían desencadenado un nuevo amanecer, un amanecer muy diferente del que la Orden tenía en mente, una nueva era donde los humanos podían ser inmortales, y quizás, hasta volar.

 

14

 

—Gunsmith—

 

 

Gwenith Fielding sintió que le aumentaba el ritmo cardiaco casi a la misma velocidad que el ascensor acortaba la distanciaba hasta el Penthouse que Havok estaba usando en esos momentos.

El portero, un joven que rezumaba miedo por los porosos miraba con nerviosismo a la chica y a los números del piso en la cima de la puerta. Ella decidió comenzar su plan con anticipación.

—¿Lo conoces? —Preguntó con el tono más tranquilo al que podía apelar en aquellos momentos, casi sensual.

El joven, José rezaba la solapa de la chaqueta, la miro un instante y contestó.

—Yo soy el único que sube a llevarle cosas, los guardias con muy estrictos. Ya han golpeado a otro muchacho. —Se apuro a comentar, trabándose en varias palabras de la frase.

—Oh, pues, te agradezco que me acompañes. —Comentó la chica rozando su hombro. Él le contesto con una sonrisa de amplios dientes.

—Disculpe mi atrevimiento… —Dijo antes de enmudecer.

Ella lo miró un instante y lo alentó a continuar con la mirada.

—¿Qué querías decirme? ¿Por qué debería disculparte?

—Bueno es que usted la primera “mujer” que sube a sus habitaciones. —Dijo poniéndose rojo de la vergüenza.

—No entiendo. —Confesó ella, pero a la vez sintió que entendía demasiado bien a qué se refería.

—Todas han sido chicas; jóvenes, muy jóvenes, quiero decir.

—Cómo… —Comenzó. Él la interrumpió.

—Ya sabe. —Dijo con temor, rogando que no lo obligara a repetir lo que sabía—.  ¿No está enterada de lo que hace?

Ella dudó un instante antes de seguir, pero creyó poder confiar en el joven latino. Le respondió.

—Acabo de llegar de Australia, José —uso sus conocimientos en habla hispana para pronunciar su nombre con excelencia—. Me mandó a llamar por un trabajo.

—¡Oh! Los siento, es que olvido por completo que no habia comunicación, ¿sabe? Desde que paso esto que no he podido ir a mi casa. Me prometieron que estaba todo bien, pero después de ver como habían golpeado al chico por llevarse a las chicas del rey, bueno… estoy perdiendo las esperanzas.

Piso veintitrés. Faltaban dos.

—¿El Rey? —Susurro ella—. ¿Así es cómo lo llaman?

—Así es como exige que sus empleados se dirijan a él, como Rey o Mi señor.

El ascensor se detuvo frente a un pasillo alfombrado, completamente decorado en un tono gris perla.

Ella detuvo a José, que habia comenzado a caminar.

—Sabe creo que no es buena idea… yo.

—Ya lo arreglare mas tarde. Necesito que me digas una cosa muy importante.

—Solo si se apura. —Contestó él en voz baja y mirando la profundidad del pasillo.

—Has oído que el señor Havok, —el Rey recordó—, tiene algún enemigo, ya sabes… ha intentado apoderarse de algo y no ha podido.

El chico la miró justo directo a los ojos, luego sin la menor falta de respeto paseo sus ojos ante el prominente escote, luego le dijo susurrando.

—He oído a uno de los guardias comentar un hecho muy extraño en Brasil, pero me pareció muy inverosímil. —Se apuro a escupir la última frase.

—Ya lo veré yo. Gracias por tu tiempo José. —Le extendió unos billetes como propina hasta la mano entrecerrada del portero—. Espero que tu familia este bien, y que esta misma noche te libere.

—Yo también lo espero. —Dijo—. Gracias, señorita.

Las puertas se cerraron ligeramente sobre el carril metálico, el pasillo pareció más largo de pronto y sin la luz del ascensor ahora estaba más oscuro. Oyó reír a un grupo de hombres.

Siguió las voces hasta el final del corredor, y giro a la izquierda.

Ante ella se extendió un arco. Debido a la disposición de las paredes todo aquel lugar era la habitación, como una casa en la cima del hotel. Los hombres que reían miraban la televisión. Siete de ellos en total y todos guardias perfectamente armados con sus reglamentarias, unos fusiles colgando de la espalda, hasta granadas de concusión, de esas que estallan con un haz de luz. Tres de ellos tenían además unas dagas y otros dos unos pequeños báculos, que Gwenith reconoció como macanas eléctricas.

Sobre una mesa, haciendo las veces de alijo, estaba un arsenal desplegado y en condiciones de usar para luchar contra un grupo de marines bien entrenados. Desde rifles de precisión de larga distancia (dos de ellos apostados estratégicamente en las ventanas que apuntaban a los edificios con azotea segura para un ataque con francotiradores, algunos lanzagranadas, y misiles anti-helicópteros. Más fusiles, MPs, y otras juguetitos. Todos marca Havok Ind. Como debía ser.

Los astutos soldados voltearon al menor sentimiento de presencia en la habitación, con las palmas de sus manos en sus cinturas o inclusive de los fusiles que colgaban antes de la espalda.

—¿Gunsmith? —Preguntó uno de ellos llevándose la mano la cintura, tenía más aspecto de gorila que de hombre.

—La misma. –Contestó con voz fuerte, era algo que habia aprendido por la fuerza. Debía parecer masculina ante los demás mercenarios, o jefes—. Pueden avisar de mi llegada.

—No será necesario, señorita. —Contestó una voz detrás de los guardias—. Se dé su presencia desde el mismo momento que llegó al aeropuerto.

Se acercó un hombre no muy diferente de cualquier otro, norte americano promedio, alrededor de los cuarenta o cincuenta, acostumbrado a la vida de lujos, debido a la manera de moverse y hablar. También poseía una mirada cautivante, muy necesaria en el ámbito en el que se movía. Llevaba puesto un traje italiano —durante un instante Gwenith se lo imaginó con un cetro y corona— por el contario, se podían ver el fulgor del acero de dos revólveres a cada lado de su pecho. Estaba con un pequeño celular tipo Blackberry en una mano y la laptop colgando lánguidamente de la otra.

—Caballeros, —dijo con calma—, relájense que la dama es mi invitada de honor.

Los primates hicieron lo que les dijo y volvieron a entretenerse frente al televisor.

—Acompáñeme señorita. ¿Cómo desea que la llame, Gunsmith o Gwenith Fielding?

No le asombró para nada, imaginaba que era cuestión de tiempo que averiguara su verdadera identidad. Por el contrario le preocupaba que lo que sucediera a continuación. Se sentía indefensa, se habia metido directamente en la boca del lobo, –pero, ¿acaso habia tenido oportunidad para rechazar un trabajo de tan arriba en la cadena jerárquica?—.

Como desee, señor –—señor, recordó, pero no iba a usarlo a menos que él se lo pidiera. Después de todo necesitaba de ella tanto como para aceptar a una mujer—. Gwen es menos informal. —Sedujo lentamente.

Lo siguió por el pequeño living. En esos momentos tres prostitutas estaban tiradas en un sillón, completamente desnudas, por un momento se tranquilizo de no tener que toparse con unas niñas.

El se detuvo ante una mesa donde exhibía una botella de whisky importado, una hielera y cuatro vasos.

Le hizo un ofrecimiento con la mirada al que ella accedió gentilmente.

—Que modales los míos —se disculpó— deje sus cosas en cualquier lugar disculpe el desorden pero enseguida entenderá el porqué de mi apuro por contratarla. El mundo está lleno de imbéciles, ¿sabe? Y todos están en mis líneas. Para esto necesito a alguien de afuera.

Las palabras le sonaron como espinas, tomo un tragó. Al tiempo que se acerco a una mesa cubierta de anotaciones, revistas de interés general, con las palabras Cromosoma o Genética en al menos media docena de ellas, apoyo delicadamente el portafolios y lo destrabó. Era un hábito que habia adquirido como el cepillarse los dientes antes de acostarse y al otro día por la mañana.

Lo siguió por la habitación hasta un pequeño estudio. Tomó asiento frente a un escritorio de caoba tallado arriba. Ella hizo lo propio del otro lado. Habia dos laptops y sobre una pared cuatro pantallas planas de LCD de 20”, además de un ordenador más grande con varios discos duros extraíbles esparcidos en otra mesa. No puedo evitar notar varias notas y estudios referidos a los mismos temas. Cromosomas, ADN, y genética.

—¿Sabrá usted que por lo imperioso de mis deseos de su participación en este trabajo significan algo importante? —Comenzó.

—Se me ocurren varias cosas. Pero supongo que desea un trabajo de limpieza de alguien en el interior de su círculo de confianza. Alguien muy importante como para echarlo, mandar a un amateur o alguien que lo pusiera en sobre aviso.

Sonó una alarma y una de las pantallas planas de la pared emitió un mensaje de descarga

‹‹100% Completado››

—Es usted muy inteligente. Y tiene razón en que es alguien de mi círculo interno. Por desagracia desearía que el objetivo fuera un estúpido empresario.

Un soldado —pensó Gwen.

—¿Es decir que me puedo enfrentar a un peligro importante?

—Yo no lo diría así. ¿Conoce a Alexandr Deverov?

Gwenith dudó unos instantes.

—Un tipo muy inteligente y duro.

—Pues ese es su objetivo señorita. —Fran Havok bebió el resto de whisky y sacudió el hielo—. Pero hay algo muy importante y quiero que usted forme parte del plan.

—Lo escucho. —Dijo ella con un hilo de voz, intentando ocultar su descontento.

—La suerte que correrá Alexandr se debe a que yo quiero algo. Es muy importante, y debido a que el no hace más que dar vueltas comencé a investigar y di con información que hubiera deseado no haber obtenido.

—¿Y cuál sería esa información?

—Que Deverov decidió cortar el cordón que nos unía y quedarse con “esto” que yo quiero.

Gwenith sabía que en este trabajo nunca se hacen preguntas muy explicitas, si el contratista desea que tu sepas algo te lo dirá, si deseas mas recurre otras fuentes.

—Disculpe mi intromisión, —se disculpó—, pero además de la muerte de Deverov, que se da por sobre entendido, ¿desea que busque información?

—Me comprende a la perfección, señorita Gwen, el dinero no es problema mi cuenta ascendió a un capital indeterminable hace dos días, soy literalmente el hombre más poderoso del mundo.

(¿Y qué es lo que quiere un hombre que ya lo tiene todo?)

››Sabrá que rechazarme no la llevara sino la muerte, y aceptar la podría convertir en una mujer muy rica.

Ella lo miró, ocultando la furia con sus manos apretadas bajo el escritorio tallado, sus palmas se volvieron blancas, y de haber conservado las uñas largas seguro se habría hecho daño.

—Y si además me consigue lo que yo quiero,

(a quien yo quiero)

le podría hacer una donación de territorio, después de todo a estas horas —miró un reloj que no estaba en su muñeca izquierda— hay muchos que se disputan las tierras que les fueron prometidas.

Ahogo aun más la furia, y las ganas de abalanzarse ante semejante muestra de desprecio por la humanidad. Decidió que habría mejores maneras de hacerlo.

—¿Podría decirme que es lo que quiere? —Tragó saliva.

Havok rio por lo bajo. Y le señaló una de las pantallas de la pared. Empezó a mover los dedos por el teclado y al instante la pantalla mostró una escena, de muy baja calidad, en la cubierta de un buque.

Al cabo de medio minuto lo que vio le pareció tan inverosímil como una mala película de Hollywood, y a la vez le despertó un recuerdo profundo, como una llamada; se acerco al monitor de LCD. Fran Havok repitió la escena.

—Lo quiero a él. —Le dijo como si se tratara de una mascota en una veterinaria.

Ella lo miró casi con la boca abierta.

—Confió en que Deverov sabe más de lo que ha dicho, la gente que contacté me comentó la existencia de una carpeta con importantes datos. Le pago un millón de dólares, justo, ahora para equipo y gastos de viaje o coimas por información. Otro millón cuando Deverov esté muerto, y otro medio millón de dólares por la carpeta o información del paradero del muchacho.

››Dos millones y medio de dólares me parecen más que suficientes para un trabajo así…

Ella aun con la boca abierta asintió inconscientemente, no por la suma de dinero, sino por lo que acabada de ver.

—Perfecto cerremos el trato con otro trago señorita Gwen. —Golpeó las manos y pidió más whisky a voz en grito.

Gwen sintió que su mundo daba vueltas, definitivamente debía ser real lo que acaba de ver, un hombre como Havok no se tomaria tantas molestias sin corroborar la veracidad del video, tenia puesta la vista en la pantalla aun cuando entro en la habitación algo que la hizo volver al cruel mundo real.

Una joven, de no más de catorce años semidesnuda entro en escena casi temblando de miedo, los ojos hinchados por el llanto. Gwenith la observo un instante antes de que su pasado se derrumbara frente a ella. Se vio a sí misma a la misma edad una década atrás.

 

 

Gwenith Fielding, era en realidad Harmony Bedingfield, y durante su niñez y pre-adolescencia había sido una niña prodigio de la danza, siguiendo la carrera de que su madre habia dejado, y por el contrario de lo que muchos pensaban no lo hacía por obligación, sino por propio amor al arte.

Habia comenzado a la precoz edad de cuatro años solo con danza clásica, y como un ejercicio junto a su madre. Pero no tardo en convertirlo en su futuro, creció en Sidney, Australia, y durante mucho tiempo habia sido una niña normal, hasta que a los diez años fue convocada a una presentación en un teatro local.

Luego de su primera presentación (ante un público que ascendía el centenar de personas), y otras seis consecuentes presentaciones, se convirtió en una personita importante y durante los siguientes cuatro años viajo junto a su madre por todo el continente Europeo. Llego a transformarse en una celebridad muy conocida en casi todo el mundo hasta que su cuerpo desarrollo volúmenes que no eran convenientes para la danza clásica, aunque le abrió muchas puertas de otros espectáculos a los que era bienvenida.

Así habían pasado los años, rodeada de fama más que de fortuna, hasta que le cegaron la libertad una fría tarde de enero luego de una presentación en Amsterdam.

A la salida de una práctica previa al espectáculo que la esperaba el fin de semana una camioneta oscura se detuvo frente a ella y bajaron dos hombres encapuchados, un tercero conducía. Se alejaron a gran velocidad casi derrapando debido al hielo.

El cuerpecito se estremeció casi hasta el punto de perder el conocimiento. Una mano le oprimía la boca y otra jugaba en su cuerpo. Y su mirada solo encontraba el suelo sucio de la camioneta. Las voces le llegaban de una lejanía irreal en el subconsciente de su mente.

Abrió los ojos en una habitación completamente decorada en rosa, con cientos de peluches y juguetes de niña. Se vio a sí misma en ropa interior y atada de pies y manos. Las lágrimas rodaban por su rostro absorbidas más tarde por las sabanas de Barbie con unos ponis. Vio frente a ella tres siluetas que sonreían, eran tan grotescas como sombras de fantasmas delante de una luz cegadora. Intentaba gritar pero el miedo le oprimía la garganta.

Ellos en ningún momento hablaban de otra cosa que no fueran las órdenes de las posturas que querían para sus fotografías, o la ropa que debía usar. Y recibía constantes amenazas con un revolver o un cuchillo de caza, sin palabras simplemente lo levantaban frente a ella o se lo acercaban al rostro.

Debido a la luz que entraba por las rendijas de una cortina sabía que era de noche o de día. La alimentaban bien y no la habían tratado con gran violencia. Ellos decían que querían demostrar que era una nena grande, y las nenas grandes hacen esas cosas. Fue el tercer día que las cosas cambiaron. Y ella vio la única oportunidad antes de que las cosas cambiaran tanto como para no poder volver. El infierno tenia etapas, más violentas conforme uno descendía. Ella vio el fondo del infierno aquel día. Y solo encontró una manera de escapar.

 

 

—Siento no poder aceptar su ofrecimiento, señor Havok, —dijo sacudiendo la cabeza de un lado a otro— pero creo que será mejor que me valla. —Las lágrimas casi escapaban de sus ojos.

—Ese es el espíritu que me gusta. Por cierto. Lleve esto, esta sintonizado con el satélite que controla al resto. —Le entrego una pequeña computadora—. También tiene GPS, podrá encontrar a Deverov, en estos momentos se encuentra en Maine, claro que el no sabe que todos los soldados tienen un localizador en cada parte del equipo.

Lanzo una risa estridente, ella le correspondió con un asentimiento.

—Ahora yo también estaré localizable. —Le sonrió mostrándole el aparato.

—Espero tener noticias suyas pronto. Y si desea llamarme use la agenda incorporada.

Al llegar al ascensor sintió que iba a desmayarse. Su mente divagó en las escenas de lo que ella habia sufrido, con la chica que acababa de ver.

¿Que podría haber hecho? —Intentó mentirse a sí misma—. —No solo hubiese hecho que me mataran a mí, también la chica hubiese muerto.

Supo en ese momento que haría solo una parte del trabajo que Havok le había encargado. Prometió buscar la manera de vengarse. Pero no tendría oportunidad de hacerlo hasta no saber qué estaba pasando.

15 - 18

domingo, 07 de marzo del 2010 a las 19:05
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15

 

—El mundo en guerra—

 

 

‹‹Las últimas noticias afirman que Havok tiene en su poder los códigos de de activación de cientos de armas de destrucción masiva, por esa razón muchas naciones a lo largo y ancho del mundo se habían rendido a sus exigencias. En los Estados Unidos, lugar de residencia de Fran Wentworth Havok, autoproclamado dueño supremo de América, y parte de Europa; se están apostando oficiales civiles y militares para resguardar un orden que obedeciera solo al Orden del Nuevo Amanecer, la secta más poderosa del mundo. Pronto será una religión obligatoria en todos los países de los que ha tomado poder el Orden.

‹‹Decretos basados en el miedo. Lavados de cerebro en centros de reeducación. Ejecuciones de aquellos que no sigan sus órdenes, entre otras atrocidades.

‹‹Todo nos hace recordar tristemente en la segunda guerra mundial.

‹‹Las naciones intentan recomponerse, ahora controladas bajo una ley que prohíbe la comunicación en contra del estado absolutista. Por esta razón, podríamos decir que el mundo ha vuelto a la edad de las cavernas. —Dijo la reportera, que transmitía en vivo desde las ruinas del la gran manzana.

 

 

No existía manera de llevar noticias a través de muchos kilómetros. Habían regresado a la comunicación por carta, a manos de valientes mensajeros que recorrían kilómetros.

En Gran Bretaña, por ejemplo, se habia prohibido el uso de vehículos civiles, ya que no tenían modo de importar combustible. Ahora Havok y su Orden controlaban los mercados externos. Habían aparecido varios empresarios de entre la sombras a tomar posesión de los restos, como buitres a la carroña.

Detrás de los televisores, que recibían la señal satelital de la Orden, las familias lloraban, y en muchos otros casos no habia nadie que mirara las noticias frente a televisores encendidos en casas vacías; familias enteras habían desaparecido. Reinaba el toque de queda, tampoco habia varones reunidos en los bares, grupos de mujeres en los supermercados o niños en el parque.

Pero como en todas las épocas de la tierra, habia reuniones secretas que intentaban buscar un salida. Pero sin noticias de otros lugares, no tenían donde emigrar los disconformes con la Orden.

La tasa de crímenes y robos habia bajado considerablemente, ya que grupos enteros de oficiales de La Nueva Orden, tenían las órdenes de no tolerar saqueos, ni robos ni asesinatos (entre civiles). Aunque también hubo testigos presenciales que vieron la muerte de un oficial a manos de otros por casos de corrupción o violación.

‹‹No todo era tan malo, –buscaba auto-convencerse la reportera—, entre los restos de lo que una vez fue la cima de la civilización humana, pareciera que existen nuevas leyes…

Mientras tanto había países que no tenían control alguno, por sus calles no patrullaban oficiales de la Orden. Ni ejércitos guardando las fronteras. Solo la conservaban la misma barrera que en el resto de las naciones, la falta de comunicación global. Era en esos mismos países donde se respiraban aires realmente desoladores. No sabían en qué momento podían sufrir el ataque que estaban viendo en la única señal del televisor, o escuchando en la única emisora de la radio.

Pero habia también, lugares que tenían las esperanzas puestas en un muchacho. En las calles de Brasil se jugaba una verdadera maratón de persecución por la captura de un civil que habia logrado mucho más de lo que el sabia.

Cuando un grupo de criminales organizados brasileros oyeron la distracción del ejército de la orden, fueron a recuperar algo que le pertenecía a su gobierno y por derecho a ellos mismos. La base militar. Si se hacían con las armas y con los vehículos, quizá tendría una oportunidad.

Y muchas familias corrieron al sur, para desaparecer en las fronteras de los países hermanos. Países asiáticos se habían unido y comenzaban a agrupar un gran ejército en el océano, para lanzar un ataque, y otro aun más grande en tierra para proteger su integridad.

Aunque el Orden no hiciera correr el rumor, de algún modo, entre las líneas se habia disipado la noticia de que amenazaban con atacar con misiles nucleares sino se retractaban.

Mientras que Gran Bretaña, Irlanda y Rusia; entre otros aun repelían la avanzada hasta en un límite considerable. Para La Orden del Nuevo Amanecer el ataque sorpresa fue lo que les significo la victoria en otros países, ya no contaban con eso. Seguían teniendo la delantera por poseer el único sistema de comunicación funcional. Eso retrasaba al ejército contrario.

Mientras que para Havok, que sabía que mientras más tiempo tardara en conseguir la victoria, menos posibilidades tendría de hacerlo en un futuro inmediato, conservar bajo su poder al continente americano completo significaba un sueño hecho realidad. Ahora desde sus nuevo

(castillo)

centro de operaciones. Podía organizar el territorio a su antojo.

Con casi diez millones de personas en los campos de reeducación, en cada antiguo estado, los números ascendían o descendían dependiendo el país o el lugar. Así también como los métodos que se usaban para conservar a la civilización en un completo estado de resignación y afirmación de los votos hacia el Orden.

‹‹Dependía de la debilidad de las mentes››

 

 

Habían pasado ya tres días desde que un joven secretario habia caído desde el piso cien de Havok Industries, marcando el inicio de un nuevo mundo. Desde aquel día muchas cosas habían cambiado y ninguna vuelto a la normalidad.

Solo aviones de la Orden sobrevolaban los cielos, las empresas de comida habían comenzaban a funcionar, salvo que solo se producía lo que El Nuevo Amanecer aceptaba. Priorizando solo alimentos vegetales y cárnicos.

Se habían confiscado las riquezas de los bancos de las naciones bajo órdenes de Havok. Y habían sido utilizados para reconstruir un nuevo mundo, donde UNO dominaría al resto. Parándose en la cima del mundo y encerrando el globo terráqueo con una sola mano.

Fran Wentworth Havok ordenó construir un Partenón en la antigua residencia oficial del Presidente de los Estados Unidos. Un predio ubicado en Washington D. C; exactamente en el numero 1600 de la Avenida Pennsylvania.

Construida entre los años 1792 y 1800, la Casa Blanca había sido la vivienda de todos los presidentes de Estados Unidos salvo de George Washington, —quien firmó la ley para su construcción—. Aunque había sido reformada y ampliada en numerosas ocasiones, mantenía su simplicidad clasicista original, proyectada por el arquitecto irlandés James Hoban, e inspirada en el estilo renacentista Andrea Palladio.

La nueva construcción de los planos proyectados por Havok y revisados por arquitectos y paisajistas, reflejaban un alma excéntrica. Sostenida por altas columnas Greco-Romanas, aunque habia unido varias culturas antiguas en un solo castillo —un nuevo castillo para un nuevo Rey— absorbiendo la arquitectura de otros tiempos; como ser celtas, góticas, paganas, azteca, incluso neolítico, conformado de grandes bloques de piedra, como los menhires. Acechada por gárgolas y quimeras en la entrada principal, e inclusive habia ordenado la construcción de una estatua con su imagen de más de tres metros de altura, la cual habían finalizado la base de mármol y oro fundido, donde estaba tallada su nombre para la posteridad, seguido de la frase:

“Mi patria es el mundo entero”

Citando a Marco Aurelio, aunque Fran Havok habia dado un nuevo significado a dicha frase.

Utilizando la mejor tecnología, mano de obra experimentada de todo el mundo, un capital interminable, y turnos que abarcaban la veinticuatro horas, la habían prometido que para el amanecer del séptimo día se haría la inauguración.

Para él, los dioses les sonreían, verdaderamente se sentían un conquistador del antiguo mundo en la actualidad, pero con el ejército más poderoso que jamás se hubiera reunido. Su nombre ya se habia inmortalizado. Su territorio era mayor que el de Alejandro. Y seguía creciendo. Aunque los rumores de guerras nucleares se hacían cada vez más fuertes.

 

16

 

—En el Arca—

 

 

Durante media hora, los hombres de la mesa redonda, habían visto, boquiabiertos, los videos y la información de las diferentes naciones del mundo y como estaban cediendo ante la avanzada del Amanecer. En algunas ocasiones habían tenido que callar a John de Santos que no paraba de soltar maldiciones ante la familia entera de antecesores de Havok, y de cada uno de los integrantes del nuevo Orden.

En los corazones de todos ellos pesaba el dolor de estar impotentes ante semejante muestra de fortaleza (y divisas) de Havok y sus huestes. Y ante el comentario de Lock, acerca de que un hombre como ese, capaz de sacar del eje al planeta, se le debía cierto respeto. La mayoría de ellos quiso abofetearlo. Aunque, muy en el fondo, sabían que tenían razón.

—Señores —comentó Vrancêa— es momento de ponernos en marcha.

Se alzaron las gruesas voces, salvo la del hacker, en la sala.

Como un presagio del destino la señal del televisor central se congeló en un símbolo. Inconfundible signo de la Orden del Nuevo Amanecer, con un sol asomando tras el horizonte ficticio de una línea.

Todos ellos habían decidido que algo debía hacerse y ya habían pasado suficiente tiempo para ponerse de acuerdo. Durante los últimos dos días —ya habían pasado casi cuatro desde el inicio del Nuevo Amanecer— habían discutido sobre sus conocimientos en materia de espionaje, ataque, defensa, inteligencia y por supuesto informática. Cada uno reconocía en el otro las habilidades que les faltarían para ser un equipo completo y capaz de penetrar las bases de la nueva política-religiosa que Havok pretendía establecer en el mundo.

Pero antes de ponerse en marcha reconocían que debían hacer algo con los que no estaban de acuerdo. Si bien habían estado en constante vigilancia, Lock, habia presenciado un movimiento sospecho, el cual comunico al único integrante en el que confiaba. El ex SWAT, John de Santos.

 

 

Durante una rueda nocturna de insomnio a la que estaba sometido, se dedico a recorrer las preparadas instalaciones de “El Arca” de aquel anfitrión de identidad desconocida. Aunque sospechaba que Hermes sabia más de lo que decía, y como no decía mucho, suponía que era una inmensa enciclopedia de los archivos vaticanos.

La comparación le parecía muy cómica, y era justo en eso en lo que iba pensando cuando sintió pasos, muy livianos, en el frio suelo metálico de la cueva artificial en la que estaban instalados. A pesar de lo que los demás creían, habia adquirido muchas habilidades, entre ellas era muy fisionomista, y podía reconocer a las treinta personas que recorría los pasillos, unos trescientos metros cuadrados, entre las habitaciones estilo Titanic, y la cámara de la Traición —como el mismo llamaba al salón donde disputaban los hombres—, sabía que ropa usaba cada uno de ellos, reconocía los rostros con los nombres, la altura promedio, el peso, y hasta diferenciaba, levemente, la pared que significaba la vida de cada uno de los agentes, oficiales, o inexistentes personas con las que convivía.

Aquellos pasos provenían del desconocido agente al que llamaban Il Cannonciale, el invitado del Vaticano. Ninguno de ellos confiaba en él. Y las cosas no se resumían a la religión o las creencias, sino que el tipo no opinaba, ni formaba parte del “comité de traicioneros”, pero se acercaba a la sala y presenciaba las largas reuniones. A diferencia de los demás como los de la fuerza aérea, que habían abandonado el recinto la noche misma a la llegada de todos ellos.

Lock se quedó en silencio durante más tiempo que el que podía soportar, hasta que volvió a oír los pasos amortiguados, y para el no cabía ninguna duda de que se trataba del agente católico. El muchacho se quedo en la sombras, conteniendo la respiración dificultosamente, ya que hacía mucho frio en el corredor, y los dientes tendían a castañearle unos sobre otros.

Vio pasar al hombre de sotana y dirigirse a una zona a la que él nunca habia entrado. Y cuando estaba a punto de dar un paso y acercarse para observar de cerca que se proponía, mas pasos se alzaron en el ambiente, un eco sordo y ligeramente más fuerte uno que otro.

El Carabinieri. —Susurró—.

Al tiempo comenzó a sudar, sabia de sobra lo que sucedía con los espías que eran descubiertos, Tom Clancy se lo habia enseñado bien, aunque jamás habia leído un libro del autor, en su departamento de Pomona, —aunque rara vez volvía a California— tenía la colección completa de los juegos pertenecientes a las sagas como Splinter cell o Rainbow six. Justo a un metro a su derecha encontraba el agente griego, que se detuvo a realizar una rutina de ejercicios descontracturantes (simulados). Seis interminables segundos después siguió el camino del sacerdote.

El muchacho empezó a respirar con normalidad, dudando si debía o no acercarse a la pequeña reunión. Sabía que se estaba jugando otra traición. Y quizás ya habia comenzado la jugada la noche anterior. Lentamente se saco las zapatillas de suelas aireadas. Y se deslizó con la plantas de los pies desnudas, sintiendo como el frio se colaba por la piel hasta alojarse directo en los riñones.

Buen momento para ir al baño. —Se dijo—. No debí beber esa última taza de café.

Se acercó lo suficiente para oír una acalorada discusión en susurros. Pegó el cuerpo la pared y notó que discutían en italiano, y por momentos en otro idioma más seco e irreconocible. Pero tenía el acento que usaba el griego. Y nuevamente una frase era dicha en italiano y cambiaban al otro idioma, casi erráticamente. De pronto oyó el golpe seco, y la voz sibilante del italiano. Imaginó el cuerpo del griego contra la pared y al otro amenazándolo. El silencio se apoderó del lugar nuevamente.

Era momento de huir.

Los dos sujetos salieron de la pequeña sala médica, a la que les estaba restringido el paso. El sujeto de la sotana camino a pasos agigantados hasta desaparecer en la tenue oscuridad del pasillo. El otro se acomodó la ropa y se frotó el cuello.

—Maldito lunático. —Dijo con violencia.

Desapareció en la dirección contraria.

Lock López salió de las sombras, se puso las zapatillas, se detuvo un instante mirando ambos lados. Luego salió tan rápido y silenciosamente como pudo, necesitaba ir al baño.

 

 

John de Santos repasaba los detalles de los últimos días, en un par de horas se celebraría la última reunión, luego todos los integrantes de la mesa redonda decidirían sus futuros. Someterse al lunático que dominaba al mundo, o morir en el intento de salvarla a la civilización de él.

Se recordó asimismo en su casa en Nuevo México. Estaba sentado en la mesa que habia compartido las cenas del último año junto a su novia, Mary Ann, se vio asimismo asirla en sus brazos hasta que ella habia dejado el mundo. Ella se desempeñaba en psicología forense.

Recordaba la sonrisa de Mary Ann, y de cómo se habia enamorado de ella, sintiéndose perverso por encontrar amor en una sala llena de cadáveres frisados. Recordó la primera cita, el primer beso. La primera noche juntos, la segunda discusión (la primera habia sido una simulación histérica). Recordó cuando ella decidió quedarse, con la promesa de que jamás lo dejaría. Y a si mismo prometiéndole que siempre la cuidaría.

La misma tarde en que ella murió. Los celulares no habían funcionado, ni el Internet, ni las imágenes de televisión, o la radio del auto. Llego tarde a la base del SWAT. Habia un helicóptero negro en medio de la calle, y un grupo comando que disparaba a mansalva contra el edificio.

Se vio a sí mismo matando a uno de ellos y corriendo en medio de fuego, gritos, disparos. Al entrar a las oficinas los pisos estaban teñidos de rojo, había muchos heridos. Esperaba ver a Mary Ann encargándose de alguno de ellos, pero por el contrario, la vio a ella luchando por contener la sangre que brotaba de su vientre. Sus lagrimas silenciosas resbalaban por su rostro angelical, y el no pudo decirle nada. Solo tomarle fuertemente las manos hasta que abandono el mundo, su mundo. Cerró sus ojos, la abrazó. Rezó por su alma, en silencio.

Luego fue hasta la armería y tomo una recortada y seis balas. Y encomendó al todopoderoso que perdonara sus pecados. Fuera seguían debatiéndose los disparos de ambas partes. El salió en medio del estallido de un auto y disparo a uno en la cabeza, levanto más el cañón y disparó al siguiente en el pecho. Cargo dos cartuchos nuevos y los descargo consecutivamente en el siguiente. Miró la mano donde tenía los últimos dos cartuchos y vislumbró la posición de los soldados. Pudo haber tomado del asfalto las MPs de los caídos, las granadas, inclusive puedo cargar las últimas balas. Pero él deseaba morir. Se acerco hasta el que estaba más próximo que habia dejado de disparar.

John recordó a medias ese instante, no recordaba que le habia dicho al soldado, pero si recordaba la explosión en su cabeza al recibir un golpe en la nuca.

Todo habia sucedido muy rápido. Vio sus propias manos cavando en la tumba de Mary Ann, a esa alturas el infierno ya se habia apoderado de la superficie. El cielo estaba constantemente transitado por los Hawks de La Orden, y los vehículos terrestres y los soldados transportaban grandes cantidades de personas hasta los centros de reeducación.

Pero John de Santos se quedó en su casa. Aceptó que Dios habia dejado de mirar para ese lugar. Y tomo su reglamentaria, la sostuvo durante un día y medio hasta que alguien fue a buscarlo. El temor cristiano, aun arraigado, le susurro que no iría al infierno después de todo, ya que si lo fusilaban no era pecado imperdonable, como lo era el recurso del suicidio.

Y en eso seguía pensando, hasta que al helicóptero en el que él viajaba subió la persona que menos esperaba y que sin saberlo le habia dado nuevas razones para vivir. Se prometió en ese instante que haría lo posible por mantenerse con vida para proteger a su medio hermano.

 

 

—¿Ernesto? —Gritó en la oscuridad.

—¡Lock por favor! —Suplicó de mala gana.

—¿Qué demonios haces aquí? No entendiste mi seña de “no te acerques”

—¿Te refieres a ese gesto de culo roto que pusiste entre las cejas y los ojos? —Bromeó, aunque lo decía en serio, porque a eso le pareció.

—Es peligroso, a menos…

—…que sepamos de que va todo esto debemos mantener distancia. —Interrumpió el muchacho en castellano.

—Es que debo decirte al muy importante, Johnny. El italiano y el griego andan en algo.

Le conto rápidamente y casi sin tragar saliva lo que habia visto y oído.

—Escúchame bien. No me gusta nada esto. Quiero poner fin a los intereses de La Orden. Ellos… ellos, me quitaron lo que más quería.

Aunque no podían verse con nitidez, Lock comprendió lo que quería decir su medio hermano. Hacia menos de seis meses que se habia enterado de su existencia, el uno del otro, gracias a un mail que le habían hecho llegar con importante información de los secretos familiares y la doble vida que llevaba su padre en Argentina. Luego de enterarse de los affaires con lo que engañaba a su madre, y averiguar de qué tenía un hermano apenas unos años mayor, chantajeo a su padre en búsqueda de información. Así dio con Tank de Santos. Al que apenas habia visto dos veces antes de aquel encuentro pactado por el destino.

Sabía que el grandote habia nacido siete años que él, en México, y fue resultado del leve matrimonio que unió a López padre con la señora de Santos, y luego la abandonó por su madre, y casi de inmediato empezó otra relación con una mujer de una ciudad bonaerense cercana a la que habia vivido en su juventud, antes de mudarse a los Estados Unidos.

—¿Estás seguro? —Interrogó poniendo una enorme mano en la cabeza del otro.

—Tan seguro como que nuestro padre es un don Juan incurable.

—De acuerdo vete a dormir, ya mañana veré que hago.

—Está bien.

—No digas nada, comprende que es un asunto muy delicado.

—Ya lo sé, grandote. Que descanses.

—Tú también.

—John…

—¿Eh?

—De veras siento lo de Mary Ann.

—Pagaran por eso, hermanito.

 

 

Al cabo de diez minutos de iniciada la reunión del cuarto día en la heladas montañas Rumanas, las discusiones acerca de que era lo mejor para el primer paso, los hombres de la mesa redonda vislumbraron una nueva imagen en el televisor digital.

La señal satelital habia captado las imágenes que se veían a lo largo del mundo. Las cuales podían ser fácilmente reconocidas como terrorismo. Se adjuntaba videos filmados a lo largo del mundo por la misma Orden, solo caos y muerte que demostraban de lo que eran capaces de hacer, luego fuertes amenazas acerca de lo que le deparaba al mundo si no seguían las órdenes que exigían.

Al final prometían paz y prosperidad.

Más allá de la histeria y el enfado. Habían tomado más fuerza que nunca, y por consiguiente habían llegado al final del plan. Solo que dos hombres más habían decidido marcharse e intentar rehacer sus vidas. Desde la puerta de acero que diferenciaba el mundo real de una cueva con alta tecnología, los hombres se despidieron y tomaron caminos diferentes.

El agente misterioso apodado Hermes tomo asiento en el fondo de la camioneta que los transportaría hasta el aeropuerto. Tras el subieron los que jamás habían abierto la boca.

La túnica del agente sacerdote ondeo con el viento frio, también subió a la camioneta, saco su rosario de oro y lo apretó con fuerza, lo siguió el oficial griego. Por último subió el gigante John de Santos, desde el pie de la escalera hasta la cabina hizo una seña que solo interpretó uno de los que se quedaría a salvar al mundo.

 

17

 

—Descubrimientos—

 

 

Christian Jericho estaba perdido en el recuerdo de los últimos dos días en cautiverio a manos de un grupo de mercenarios brasileros. A pesar de todo se sentía seguro, lo trataban bien, buena comida y lo principal, el escuadrón que lo buscaba parecía haberse dado por vencido. No habia querido utilizar las habilidades que estaban floreciendo en el. Se sentía muy agotado. Y sabía que debía aprender a controlarse, y empezó a entrenar la mente antes que el cuerpo.

Casi habia muerto en la última muestra de superioridad en un auto a más de noventa kilómetros por hora. En realidad habia muerto —se repetía—. Entre sueños repasaba una y otra vez la escena que recordaba, hasta tal punto que ya se habia deformado en una película con efectos tan reales que se habia llevado una quemadura poco profunda —que ya se habia curado milagrosamente.

Hasta el momento sentía que la ira del primer día se disipaba, pero faltaba que se relajara unos segundos, para que lo asaltaran los recuerdos de su familia. Y consecuentemente caía en la cuenta que no volvería a verlos. Jamás.

 

 

Vislumbró el final improvisado de la calle, donde los jeeps le bloqueaban el paso. Su velocidad de reacción, que era casi premonitoria de varios segundos en adelante, le anunciaba que no saldría con vida; e instintivamente se cambio a la derecha, al asiento del acompañante, el auto seguía con la inercia y un instante antes de que impactara él se arrojó —más bien voló— envuelto en llamas y trozos retorcidos de metal y plástico.

Su cuerpo se sostuvo un instante en el aire y casi viajo a la par Fiat que acaba de hacer estrellar, y que ahora giraba como una inmensa bola de metal retorcido, y de las municiones de los jeeps. Uno de los autos que hacía las veces de barricada había explotado, generando el inicio de la cadena.

Su cuerpo rodo por la cinta asfáltica (lejos de la vista de cualquier soldado de la Orden) y tan pronto como abandono la inercia en el último giro, comenzó a correr. Vislumbró sobre su hombro como comenzaban a movilizarse, inclusive un helicóptero se estaba acercando, ignoraba porque no se hallaba en el aire en el aquel momento pero le basto para alcanzar cierta ventaja visual.

Su ropa comenzó a encenderse nuevamente dada la velocidad y la temperatura que despedía su cuerpo. Giro en la siguiente esquina y se deshizo de la remera, se metió en un centro comercial —habia sido saqueado recientemente—. Se ocultó en el interior. Y aprovechó para cambiarse, curar las heridas y comer algo, su cuerpo comenzó a demandarle carbohidratos, por el esfuerzo al que lo estaba sometiendo.

Fue en el instante en que se quitó los harapos cuando notó los cambios físicos que también estaba afrontando. Su espalda se habia ensanchado, y notaba algunos sobrehuesos que se marcaban en el pecho, los codos, omoplatos, hombros, y hasta en las costillas. Los toco uno a uno, frente a un espejo, descubriendo que se trataban de tejido liviano, como cartílago, desconocía la utilidad de los mismos; y hasta llego a aborrecerlos durante un instante. Pero al instante comenzaron a remitir hacia el interior de su cuerpo, sin dejar marcas.

Descubrió algunos magullones en la espalda, moretones que se expandían en torno a una herida circular.

—¿Balas? —Susurro.

Buscó detenidamente en su pecho y hallo los vestigios de las heridas provocadas la noche anterior. Estaba por ponerse a llorar.

¿Qué clase de monstruosidad estaba afrontando? ¿Qué habia provocado aquellos cambios fisionómicos?

Recordó las palabras de su padre. Reconocía que el sabia más de lo que le habia contado, y quizás hallar más respuestas en la carpeta de su abuelo.

—¿A que mas tendré que enfrentarme? —Preguntó a la imagen del espejo. Estaba volviendo a ser el mismo.

Escuchó un helicóptero sobrevolando la zona. Se apuro a ponerse ropa, y para su sorpresa no habia más que restos.

Se metió en la tienda de deportes.

Estoy a punto de cometer mi primer robo. Pero no creo que eso importe ahora. —Pensó.

Tomo un pantalón de caza, con camuflaje para selva (con el color verde predominante) y una musculosa ajustada y un chaleco aireado. Siguió por el enorme centro de compras, tomo una zapatillas de carrera que fueran de su talla. Medias de algodón. Vio unas vendas deportivas que también tomó prestadas. Y se metió en un cubículo a cambiarse.

Durante un instante no se sentía como el mismo. Como si viera la vida a través de los ojos de alguien más. Durante un rato se observo en silencio, observando los detalles de los genes Jericho que circundaban su rostro. Podía reconocer los mismos ojos azules que llevaban todos sus hermanos, la nariz pequeña. El pelo rizado (el suyo más oscuro que el de los otros) y al principio le sonrió a su familia. A su recuerdo. Y lloró. Otra vez lloró por su ausencia. Apretó los puños y golpeo el espejo que cedió ante sus fuerza al instante. Lo golpeo otra vez, y otra más.

Se miro el puño, los restos brillaban entre un mar de sangre. Los quitó y al instante habia comenzado a cicatrizar. Tomo lo que quedaba de su pantalón y limpio a sangre. Se odió por no morir con ellos.

Se odio a sí mismo por sobrevivir. Y juró venganza una vez más.

Un nuevo helicóptero rompió el silencio.

Decidió comer antes de proseguir. Además necesitaba algunas cosas más.

Miró la hora en el reloj de corredor que habia (comprado), necesitaba saber más de sí mismo. Busco nuevamente la tienda de caza (que yacía casi vacía) y tomo un cuchillo pequeño, un revolver 9 mm, y una caja con cincuenta balas.

Se sentía seguro, aunque confiaba en que antes de tener que enfrentarse a tiros, correría, como lo habia hecho hasta el momento. Se cubrió al reparo de los edificios, y buscó gente que pudiera ayudarlo a entender la situación. No creía que todo aquello se tratara de “su” búsqueda; al menos esperaba que no fuera por eso. Aguzo el oído al máximo. Distinguió el movimiento de los vehículos aéreos, y los jeeps, estaban bastante lejos.

Camino a paso ligero y pudo distinguir voces, eran dos mujeres. Solo esperaba que no se tratara de soldados. Se acercó aquellas voces. Girando en la siguiente esquina. Y deteniéndose un instante para asegurarse, parecían provenir del interior de un edificio. Al acercarse aquellos susurros se transformaron en sollozos, y se le unieron las voces de algunos hombres.

Dos, tres, quizás.

Eran ruegos, conocía muy poco portugués. Pero la vibración de la voz se resumía en miedo. Se estaban volviendo más violentas las voces y los sollozos ya eran llantos ahogados.

Su alma le pedía a gritos que actuara de alguna manera. Pero se sentía muy cobarde. En aquel momento de incertidumbre, su corazón comenzó a bombear sangre con mayor regularidad y las glándulas segregaron aquel icor sediento de sangre que lo transformaba. Se sintió extasiado. Y libre de temor.

Se detuvo frente a un edificio, estaba seguro de que de ahí provenían las voces. Podría haber usado la puerta, pero su mente ordenó otro acto físico, imposible para cualquiera. Trotó unos metros antes de apoyar sus pies en la pared, plana para cualquier agarre pero el llego hasta el primer balcón situado a tres metros de altura. Su mente ya no dudaba, no poseía esa debilidad característica en el ser humano corriente. El nuevo Chris Jericho, estaba tomando posesión de sus habilidades. Y haría cosas buenas con ellas.

Otro salto, y un tercero. Se sostuvo con fuertes brazos, ausente el desarrollo muscular, pero con fuerza increíble. Supo entonces que en aquel departamento se hallaban dos mujeres, y estaban siendo atacadas por tres hombres. Irrumpió en la habitación tomando por el cuello al que estaba más cercano, el observador. Lo arrojo con frenesí por el mismo hueco que acababa de abandonar. Las piernas del sujeto chocaron contra la baranda, grito todo el trayecto hasta el piso.

Uno reaccionó alejándose de la mujer solo con un cuchillo en las manos, Chris se acercó en un parpadeo, a los ojos de los otros parecía haberse trasportado, lo tomó por la mano en la que sostenía el objeto y le hundió la hoja hasta hacerla desaparecer.

El tercero ya estaba corriendo por el pasillo. No se dio cuenta siquiera de lo que le sucedió.

Las mujeres salieron desnudas, y corrieron por el pasillo gritando algo que Chris entendió como palabras de agradecimiento. Salto por una ventana, y siguió en busca de información.

De vez en cuando miro su reloj de ejercicios, y se asombro al descubrir que el pulso cardiaco era desorbitado, al igual que la presión sanguínea.

 

 

Volvió a la oscuridad del refugio que compartía con los mercenarios. Habia notado que no habia muchas diferencias entre el castellano y el brasilero, sobre todo si ponía atención, las circunstancias que lo habia unido con aquellos sujetos no era menos trágica que el rescate de las mujeres en el edificio. Habían capturado a algunos de ellos en un allanamiento, en un principio no comprendía que buscaban y supuso que él era el objetivo.

Pensó en marcharse, y de hecho lo estaba haciendo, hasta que vio la fila de fusilamiento. Apenas tuvo oportunidad de reaccionar frente a lo que su mente demandaba. Al instante estaba frente a una niña, la primera en la línea, sintió el calor en su espalda y como las balas penetraban en su carne. Pero habia algo en su interior que las detenía, en tan solo uno instante y como si él no fuera él se levanto —habia permaneció en una postura protectora, abrazando a la niña—, aprovechando el momento de confusión que habia generado, se deshizo de las armas de los soldados. Y los dejo a merced de lo que los ciudadanos. Que no tardaron en tomar la situación en sus manos.

Estaba marchándose, cuando escuchó la cálida voz de la niña, había corrido hacia él acompañada de cerca por su madre —al menos eso creía— hablaba rápidamente, pero capto en seguida los agradecimientos de ambas mujeres. El solo respondió con una sonrisa.

Y se dejo arrastrar por la niña.

Los hombres habían hecho lo que tenían que hacer. Comprendió que estaban en guerra. Hizo algunas preguntas, que respondieron complacidos y agradeció que no le hicieran preguntas acerca de lo que acontecido, aunque más tarde escucho que lo llamaban mesías, creían que él era el salvador, el que los salvaría de aquella guerra. Christian quiso saber más. Y preguntó a los hombres que le contaran más acerca de lo que sucedía.

Ellos, gustosos, respondieron todo lo que él quiso saber. Lo llevaron al bunker improvisado donde curaron sus heridas. Para su sorpresa descubrió se encontró frente a una enorme multitud de personas que permanecían ocultas en una antigua estación de ferrocarril. Notó que muchos de ellos, en su mayoría de ellos hombres, estaban armados. Cientos de camas improvisadas desperdigadas por el suelo con niños y mujeres de todas las edades, aunque predominaban los nativos se topo con gente de muchas nacionalidades.

La marcha, que encabezaba Neevel—la niña que habia salvado— y cerraban los hombres y mujeres; una docena al menos. Todos ellos saludaban y entre murmullos acelerados contaban lo sucedido a cualquiera que le diera cierta atención. Por un momento Chris, se sintió molesto, invadido ante la sensación de que la gente esperaba más de él de lo que él podría ofrecerles.

Pero en principio tenía donde pasar la noche, estaba verdaderamente agotado, algo de comida y alguien que curara las heridas. Sentía escozor en la espalda, la piel se estaba cerrando sobre los restos de municiones que habia recibido.

Necesita algo de tiempo. Necesitaba pensar en cuál sería su próximo paso. Necesitaba que alguien le dijera que estaba pasando verdaderamente. Necesitaba paz en su alma.

—Por aquí argentino. —Una mujer le marco el camino. Separándolo del la corte que seguía sus pasos—. Necesita descansar, ya déjenlo. —Les dijo a los otros—. Es mi paciente ahora.

La mujer rebusco en sus bolsillos. Tirando algunos papeles al piso.

—¿Como sabías que era… argentino?

—Acaso importa. Dime, ¿sientes dolor?

—Bueno en realidad… —Comenzó a mentir.

—Eso me temía. Sabes que no es normal lo que acaba de suceder.

—¿A qué te refieres? ¿Por qué preguntas?

—No era una pregunta, más bien una afirmación. —Saco guantes de látex, los separo y comenzó a ponérselos—. Quiero saber que tanto sabes sobre ti mismo. Bueno si en realidad es cierto que recibiste…

—Míralo tú misma. —Contestó Christian algo enfadado.

Se quito el chaleco, la espuma del relleno sobresalía por los hoyos de la tela, en muchas partes esta se habia quemado.

Ella volteo rebelando una tez morena, y ojos purpúreos. Una excelente mezcla genética. Muy extraña. —Pensó Christian.

Ella no dijo nada, en principio. No encontraba palabras para confirmar o rechazar lo que sus veían sus ojos.

—Creo que voy a necesitar unas pinzas. Recuéstate —señalo una camilla— en seguida vuelvo.

Christian lo hizo. Su mente divagó ante el hecho de que pronto vendrían preguntas para las que no tenía respuesta. Su mejor aliado seria el silencio. Y así lo hizo.

La mujer regreso casi trotando. Seguida por dos hombres que traían una lámpara. Luego de acercarla hasta la camilla, ella les pidió que se marcharan. Uno de ellos, que tenia la apariencia de un niño en cuerpo de adulto, se quedo maravillado ante las heridas que tenía enfrente.

La mujer lo saco a los empujones.

—Dime argentino, —dijo al tiempo que corría una cortina—, como demonios paso esto.

El se quedó callado.

—Esto puede arder. -Echó alcohol sobre la espalda de Chris-. ¿Cómo te llamas?

Chris se agito un poco.

La mujer comenzó a hurgar en las heridas con unas largas pinzas quirúrgicas. De los agujeros casi no habia manado sangre, y en varias partes se ayudo con un bisturí ya que la piel iba ganando espacio.

—¿Qué eres exactamente? —Susurro asombrada. El tejido no se parecía en nada a lo que ella hubiera visto antes. La piel era más compacta y gruesa, pero a la vez muy flexible. Le vino a la cabeza la imagen de las costuras militares. Con cientos y cientos compactos filamentos entretejidos para lograr una tela muy resistente y a la vez liviana y flexible.

—¿Estás bien? ¿Aun no te has desmayado verdad? —Lo observó de cerca—. Me llamo Silvia, por cierto, dime Sil. Soy una de los tres médicos que estamos atendiendo a los que sobrevivieron.

—¿Qué es lo que sucedió exactamente?

—Valla, ¡estas entre los vivos todavía! —Rió—. Nadie sabe en realidad. Llegaron en la noche, era un ejército muy grande. En tres horas marcaron sitio, como a las cuatro de la mañana ya no hubo mucho por hacer. Y al amanecer ya habían barrido por completo las calles.

—¿Cuál era el objetivo? —Apretó los dientes—. ¿Qué es lo que querían?

—Bueno imagino que sabrás que no funciona ningún medio de comunicación. Siquiera las radios convencionales. Algunos creen que se trata de un ataque terrorista. En mi opinión son demasiado ordenados, y tienen tecnología de punta.

Christian recordó lo que estaban haciendo a las mujeres del edificio. Imaginó a todas las que ya habían dañado. A todos los que habían matado. A los que no podría salvar.

—Hace una hora más o menos llego la información de que tomaron la base militar. Muchos murieron por el precio de ese dato. Los hombres están pensando en recuperarla. Quieren saber qué es lo que sucede. Ni siquiera tenemos información de otras ciudades.

—Podría ser peor de lo que imaginamos. —Susurro Chris ahogando un grito. No sentía dolor físico realmente, su mente le indicaba que lo que estaban haciéndole era doloroso, aunque él no sintiera nada. Y, a pesar de eso, no quería pasar como un insensible.

Ella lo miró un instante, no podía evitar sentirse atraída por el misterioso desconocido.

—¿No vas a decirme nada sobre ti?

El se quedo callado, pensando en que debía hacer realmente.

—De acuerdo. —Suspiró—. Me conforma saber que cuando sea el momento puedes ayudar, ellos confían en ti. No sea tan egoísta para negarles la fe. —Se quedó un segundo en silencio—. Sé que no quieres ser un héroe, pero al parecer tienes la capacidad de serlo.

Christian se enderezó y tomo la camiseta. Observó los agujeros que tenía en la espalda, siete en total.

—Les diré que llevabas blindaje. Un chaleco anti- balas.

Él le sonrió levemente. Era lo único que podía permitirse en aquel momento.

—Me llamo Christian, Christian Jericho. Puedes decirme Chris. Te lo agradezco, Sil.

—No es nada. Secreto profesional. —Le guiño un ojo.

 

 

Por lo que decían los hombres, solo quedaba un grupo reducido del ejército N E, en la zona de la base militar —a unos cuatro kilómetros—. Los niños correteaban todo el día, eran los únicos que no habían creído la historia de Sil, aunque habia sido de gran ayuda ya que el número de lo que crían que él era el mesías, un ángel, o hasta un superhéroe, descendía al pasar las horas.

Lo cierto es que para Neevel, Chris, si era un ángel, igual que para el resto de la familia. Y para Chris el hecho de haberla salvado resultaba más reconfortante para su alma. Aun no aprendía a vivir con el hecho de que no podría evitar muchas más muertes de las que querría. Pero Sil estaba trabajando en eso. Cada unas cuantas horas iba a verlo, le observa las heridas y la costilla fracturada —que le habia inventado— y comenzaba con un breve discurso sobre lo que podía significar su ayuda. Sobre que era mejor salvar a unos pocos que a ninguno. Y algunos consejos, que poco a poco estaban haciendo entrando en la dura coraza que significaba hablar (unilateralmente) con Christian Jericho.

 

 

Ahora se encontraba en un galpón interno, que hacía las veces de taller mecánico para los vagones defectuosos, la noche anterior habia comenzado a entrenarse. Aunque la mayor parte del tiempo se la pasaba entrenando el espíritu. Para él, el cambio era interno. Y comenzaba a entender más de su cuerpo con escuchar los latidos de su propio corazón.

Pero también habia comenzado a ejercitar los músculos, lo cual no había hecho nunca salvo en clases de la escuela. Siempre habia detestado los deportes. Pero ahora se habia propuesto una meta. Ya no habia mucho que hacer en aquella ciudad, buscaría la manera de viajar a la siguiente.

—Chris, —gritó alguien por el pasillo—. Apúrate. Los televisores captaron algo debes ver esto.

Salió corriendo de su santuario. Notando que era muy inaccesible, necesitaba apurarse, y uso las habilidades para cruzar con más velocidad el cementerio de vagones vacios que bloqueaban el paso. Al llegar al otro lado Sil lo observaba atónita.

—¿Qué es lo que sucede?

Ella sacudió la cabeza.

—Es el mundo entero. –Susurro—. Los ataques son mundiales. Hay una emisión por televisión…

 

18

 

—Recuerdos del pasado. La armería—

 

 

La situación en las calles era peor de lo Gwenith podía imaginarse. Según las ordenes —off the record— de Havok debía concurrir a una de las sucursales de venta de armas pertenecientes a Havok Industries y comprar todo lo que necesitaba. Desconocía la razón por la cual el mismo Havok no la habia equipado. Pero poco importaba ya que le habia dado un adelanto millonario para equipo, en principio le pareció una cantidad exagerada pero luego supuso que como las naciones estaban en guerra los valores del mercado armamentista se habrían disparado a las nubes. En situaciones como estas, siempre aprecian beneficiarios dispuestos a comerciar con las situaciones bélicas del mundo.

Mientras manejaba hacia el siguiente estado por la interestatal iba anotando mentalmente cuales serian sus nuevas adquisiciones, conforme a la situación. Necesitaría un arsenal que pudiera ser competencia para los escuadrones del propio Havok (o del Nuevo Amanecer). Pero ella era muy buena en largas distancias. Y suponía una gran ventaja, ya que por lo que veía del paso de los escuadrones, no veía ningún “orden”. Imaginó que en su mayoría serian pandilleros reeducados y con mejor equipo que unas Magnum .45 oxidadas.

Nada que no pudiera manejar. Lo que verdaderamente le preocupaba era el hecho de que tendría que asesinar a Alexandr Deverov, el mercenario ruso, ya habría tomado recaudos, no era tan idiota como para suponer que tranquilizaría con mensajes de “paciencia” a un hombre como Havok; gente como él quería resultados inmediatos.

Pero lo que más le preocupaba era las consecuencias que acarreaba el muchacho. Ahora confiaba en la veracidad del video, desde el momento en que lo habia visto, sintió que algo en su interior unía ambos hecho, ya antes habia oído de cosas parecidas.

Fue un hecho aislado setenta años atrás, durante la segunda guerra mundial. Como si el hecho de que estallara la guerra en el planeta, este buscara la manera de defenderse.

—¿Destino? —Susurro Gwen frente al espejo.

Activo el GPS, a partir de ese punto ya no conocía el camino.

—Seiscientos metros más adelante gire a la derecha. —Le indico una voz femenina.

Su mente divagó en el recuerdo de lo que le habían contado cuando era pequeña, y el solo pensamiento de que los hechos estuvieran emparentados (quizás más emparentados que una simple coincidencia) le provocó un escalofrío en la espalda.

Jamás supo la razón por la que su padre biológico se habia ido cuando tenía apenas cuatro años —recién comenzaba con las clases de danza—. Una vez su madre le habia confesado que su padre tenía un pasado muy oscuro, que en cierta forma debía respetarlo ya que era un hombre mayor, bastante más mayor que su madre, que inclusive habia combatido en la segunda guerra mundial, en contra de su voluntad, para el ejército nazi. Pero cuando la pequeña Gwenith hizo más preguntas, su madre se enfadó. Hubo una noche especial, en la que su madre abrió su corazón con respecto a ese hombre “tan mayor” que habia sido su fugaz amante, y que la dejo sola con una niña pequeña.

Gwenith, con tan solo siete años y tan lejos de sufrir heridas irreparables en el alma, habia entrado a hurtadillas a la habitación de su madre (por aquella época estaban en un departamento estable). Era víspera de navidad y sospechaba que su madre ya tenía su regalo, deseaba fervientemente saber que le esperaba este año. Pero lo que se encontró en el pequeño mueble donde guardaba los objetos personales, no fue precisamente el obsequio de Santa, sino un diario de su padre. Con una foto en la portada.

Al ser una niña criada en mundo de grandes, con una profesora particular casi las veinticuatro horas, ya sabía gran cantidad de palabras y leer no era más que un ejercicio. El contenido original de las páginas del diario no era más que un borrón en su mente, pero recordaba la historia que su madre le habia contado. La historia que ponía punto final a la ida de su padre.

Le dijo con voz dulce mientras acariciaba su pelo:

››No estoy enfadada contigo, Gwenith, pero debes aprender a respetar la privacidad de la gente. Eso que tienes en tus manos es lo que ha obsesionado a tu padre toda su vida. Tanto que dejo a su primera esposa para mudarse a Sidney, donde lo conocí yo. Un año más tarde naciste tu, mi niña, y el decidió intentarlo otra vez. Nos mudamos y yo deje la danza para convertirme en una buena esposa. La responsabilidad de enfrentar la paternidad, para un hombre como él le trajo stress, no es más que una excusa para mí.

››¿Sabes lo que solía decir? Que tus llantos le traían recuerdos del hospital donde él estaba de guardia nocturna. Tenían niños ahí.

Recordó haberle preguntado qué era lo que hacían lo niños, y ella le contestó que era una guardería de los heridos de guerra.

Tardaría bastantes años en comprender que el “hospital” era en realidad un campo de concentración, y que la “guardería” era una sala de experimentación.

››El decía siempre que en aquel hospital se habia hecho amigo de un hombre, con el que conversaba todas las noches. Y que el hombre le conto la historia de porque estaba encerrado ahí.

La historia se volvía confusa y fantástica. Pero si recordaba a los soldados, la segunda guerra mundial, y a un ángel que los salvaría a todos.

››Tu padre se fue por seguir una utopía, ¿sabes lo que es eso?

››Algo que no se puede realizar. —Contesto obedientemente Gwenith aun mirando la foto.

››Exacto. El confiaba en que algún día los humanos volarían, y harían solo las proezas que hacen las películas. Como Superman.

Siguió mirando el diario olvidado por aquel hombre. Intentaba retener la imagen en su mente, mientras la invadía esa sensación de que algo estaba mal, como un deja vu, recordó los garabatos y un nombre escrito varias veces. En sus recuerdo de niña, retenía el sonido porque le habia parecido gracioso.

Un bip en el GPS la devolvió a la realidad. Aunque no sabía ido del todo. Ya habia llegado a la dirección. Aparco el coche de que le habia facilitado uno de los guardaespaldas de Havok. Apagó la marcha y bajo. Frente a ella se alzaba un edificio de departamentos.

Ideal para una tapadera. —Pensó.

Según las instrucciones del Gran Jefe. En el segundo subsuelo estaba el almacén de armas. Allá se dirigió olvidando por completo la historia. Tenía un bolso prisionero entre los dedos, cargado con varios cientos de miles. La lista en su de los artículos era lo que ahora flotaba en mente. Se acomodó la ropa, ocultando el revólver en la espada, comprobando que estuviera en la posición de alcance exacta por si lo necesitaba.

Esperaba que no fuera así.

Llegó al ascensor y pulso la tecla de subsuelo (solo habia uno). Un tirón en el compartimento le indico el breve descenso. Las puertas se abrieron y, casi, choco contra un conserje, tenía la musculatura demasiado trabajada para serlo. Ella simplemente levanto el bolso y lo abrió frente al gorila. Asintió y le indico con la cabeza la dirección de una escalera.

Al bajar el siguiente piso le llego olor a pólvora, y eso comenzó a relajarla. A veces se odiaba a sí misma. Después de todo habia hecho una década de danza antes de que le robaran toda capacidad de sentir amor. Y le llevo varios años —tres exactamente— hasta que descubrió que le gustaba matar. Entonces le llegó un trabajo, asesinar a un jefe narco, un pedófilo, un asesino (otro mercenario) y sentía que acababa con una vida y podría salvar, al menos, media docena.

Camino con gracia hasta la mesa de negociaciones. Ya no era Gwenith sino Gunsmith, y ese era el lugar al que pertenecía.  Hacía un calor casi insoportable, para el frio que habia sentido desde que habia llegado a los Estados Unidos.

Delante de ella estaba sentado el típico Tony el gordo, un italiano purasangre, con acento italiano y con un traje italiano. Tras el dos lacayos. También italianos, que parecían enfrascados en su propia discusión (en su lengua materna) y aparentemente no habían reparado en ella.

Tomo asiento en uno de los dos lugares y puso los pies sobre el otro. El gordo la miro un momento y encendió un cigarrillo —habia al menos cuarenta en el cenicero del escritorio—.

—Quiero armas. —Dijo Gunsmith, con la voz seca que solo usaba en momentos como aquellos.

El otro la miro, sonrió un momento y luego lanzo la carcajada. A la cual correspondieron los lacayos sin mirar.

Ella lo miro en silencio. Abrió el bolso y le tiro los primeros veinte mil dólares. El gordo se detuvo. Ella le lanzo otros veinte mil.

—Hagamos negocios querida. —Dijo con una espuria voz artística.

—Tengo algo en mente, —dijo ella—, pero busco recomendaciones.

—Tenemos gran variedad. —Contestó aun con ese tono traicionero en la voz. Se puso de pie con gran dificultad.

Retiro unos paneles de la pared de enfrente, descubriendo un arsenal bien completo, y perfectamente catalogado y ordenado por tipo. Comenzando por objetos punzo-cortantes y terminando con una sección especial (y bajo código de seguridad electrónico) de pequeños misiles teledirigidos.

Ella se puso de pie, abandonando por completo a Gwenith Fielding y dejándose llevar por esa fascinación por artículos bélicos, de Gunsmith. Comenzó a apoyar las manos y nombrar la cantidad que necesitaba. Se marcho a los quince minutos con doscientos mil dólares menos. Los gentiles lacayos de Tony el gordo cargaron el baúl del auto por ella. Y ella dejo en sendos bolsillos una propina más que suficiente.

Se alejo en dirección norte. Destino, Maine.

19 - 22

domingo, 07 de marzo del 2010 a las 19:03
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19

 

—La nueva era—

 

 

—Imagina una especie invencible, —comenzó Nathaniel—, capaces de regenerarse a sí mismas en cuestión de segundos. De resistir días sin comer, ni dormir, con la musculatura preparada para soportar altas presiones, huesos flexibles y a la vez tan duros como para soportar diez o quince veces su propio peso. Cubrir grandes distancias en la cuarta parte del tiempo que antes lo hacía, solo motivados por el deseo de supervivencia. Y estos patrones… solo indican una cosa.

—¿Y qué es lo que indica? —Pregunto Alexandr, observando un líquido verdoso en un tubo de ensayo.

—¿Qué? ¿Aun falta más?

—¿Mas? ¿En qué sentido?

—En el único sentido que amerita el caso. Evolución Alex, la fisionomía está incompleta, como si el cuerpo estuviera preparado para más cosas. Mas habilidades que adquiere la práctica, el entrenamiento, o quizás…

—¿Qué Nathaniel? Odio cuando te pones tan quisquilloso con las respuestas.

—Paciencia, Alex, la desesperación es para los políticos, la paciencia para los buscadores de respuestas.

—¿Eso es lo que eres? Un buscador de respuestas.

—Aun no sé lo que soy. Unos días atrás comenzaba mis investigaciones sin tener que temer al lo que el resto del mundo pensara. Pensaba en estudiar unas drogas para crear un frenesí en el ser humano. Una emoción violenta controlada, pero llegas tú.

—Y lo que te traje es cien veces mejor. ¿Verdad?

—Infinitamente mejor. Lo que me trajiste es el futuro de la raza humana. Un individuo capaz de sobrevivir en cualquier medio, el único dilema es el alimento.

—¿Tienes hambre? —Pregunto con gracia.

—A veces creo que aun eres un chico.

Alexandr lo miró ofendido.

—¿No creerás que estamos ante una fuente inagotable de energía?

Cambio la mirada a una más comprensiva.

—Veras. Todos, absolutamente todos los seres orgánicos necesitan alimento. Pueden ser cambios químicos, o leves impulsos eléctricos, pero hasta el más ínfimo de los organismos de este planeta (supongo que en el resto del universo se debe respetar la misma ley) necesitan alimento para subsistir. Y me atrevo a ir más lejos; las moléculas, las partículas, los átomos, todos son fuentes de vida, en mayor o menor medida.

—¿Inclusive las rocas?

—Aunque intentes burlarte, señor asesino, una roca es el símbolo de la inmortalidad. —Contestó escrutándole los ojos aun animados ante el descubrimiento.

—Son la perpetuación de la vida. La petrificación de un árbol, o el mismo resultado del calor que las transforma en magma, luego en lava y más tarde…

—En rocas. —Dijo agotado, Alex.

—Un diez para mi muchacho, —apremió. —Tú dedícate a analizar de que manera conseguirás a ese muchacho. Con tener los restos del padre aquí no sirve de nada.

—Son restos porque te ocupaste de quitarle los órganos, hiciste cortes por todos lados, como un maldito necrófago.

—Dime lo que quieras, mi muchacho, pero si quieres algo en concreto de esto, tendrás que traerme al muchacho.

—Y cómo demonios. ¿Es que no has visto el informe?

—Por supuesto que lo he visto. Y es ahí donde me maravillo de la creación de Dios, ¿no te das cuenta? Todos los humanos somos potencialmente aptos para el cambio. Solo hay que aislar la molécula de ADN, que actúa sobre las ramas evolutivas, tal cual lo hizo en la descendencia de Jericho.

—¿Creí que Lamark estaba equivocado? —Afirmó con suficiencia Deverov.

—¿Ya te has olvidado del diario de viajes? —Contesto enfadado el otro, arrojándole la carpeta.

—¿Que parte?

Repaso las páginas, que contenían garabatos, dibujos, recortes de diario.

—Cuando describe la captura, y luego las experimentaciones. ¿Por qué no lo lees en voz alta?

Alexandr bufó. Encontró la página y comenzó a leer.

 

 

Los recuerdos están desparramados en mi memoria como fragmentos de cristales rotos. Tarde más de media década en ordenarlos y darles algún sentido. Supongo que lo mejor es comenzar por el principio. No recuerdo la fecha así que solo me queda describir que sucedió.

Dos de mis hombres (maldita memoria, jamás me perdonare no recordarlos) y yo habíamos sobrevivido al ataque de los nazis. Aunque si me acuerdo del dolor que me abrumaba, y también el trozo de metal que se me habia incrustado en la espalda. Recuerdo el calor de mi propia sangre en que brotaba de la herida. Y como ecos las voces de mis hombres, discutían sobre algo en una mesa apartada.

Recuerdo el hecho que nos habia llegado hasta allí, una maldita emboscada, eso es lo que era. Teníamos que robar unos explosivos. Supuestamente estarían fuertemente custodiados. Matar a los guardias y proteger a un científico. Eso era todo. Y lo habíamos hecho. Pero un ejército nos ataco, cubiertos por un avión.

No recuerdo como, pero sé que me arrastraron al interior de una cueva —volví a la zona décadas más tarde— ahora se le diría bunker. Recuerdo una frase pero no estoy seguro de que sea real, recuerdo que una voz decía “me ha dicho que si queremos que el sobreviva, debemos inyectarle esto”, a lo que otra le respondió: “podemos confiar en él”.

Mi mente me dice, que eran mis compañeros, y que hablaban del científico.

A partir de ahí todo se volvió más confuso aun. Recuerdo un calor insoportable, y a la vez muy dulce, como si me trajera la paz a tanto sufrimiento. Me creía muerto. Ellos me inyectaron algo, y ese entro en mi torrente sanguíneo, no solo me devolvieron la vida, me la cambiaron (y yo a mi descendencia, ahora lo entiendo).

Como decía: sentía ese calor insoportable, que me recorría el brazo, y atravesó mi pecho como una saeta, alcanzó mi corazón y sentí como si se detuviera un instante. Para luego bombear con más fuerza la sangre, el calor y una nueva energía en por todo el cuerpo; lo sentía atravesando cada vena, arteria, filamento. En mis dedos, mis piernas. Y cuando llego a mi cerebro sentí que todo cambiaba. Podía oír los pasos de los soldados a los lejos, las respiraciones entrecortadas de mis muchachos.

 

 

Alexandr miró a Nathaniel, y este le sonrió. Como si hubiera descubierto la fuente de la juventud eterna. Y en cierto modo lo era.

El ruso prosiguió:

 

 

Recuerdo haberme puesto de pie. Y ordenarles que se marcharan, y me odio por eso. Quizás si se hubiesen quedado estarían vivos, quizás…

Tome mi arma,— aun conservo parte de ella, habia sobrevivido, y la recupere años más tarde—. Y mate a los primeros que bajaron la escalera. Pero sentía un gran excitación interna, como si cada átomo de mi cuerpo, cada célula, luchara por salir. La violencia se apoderó de mí. Y los maté, acabé con muchos de ellos, aunque intente recordar no logro conformarme con ningún número. Los maté mientras mis compañeros corrían por el angosto túnel —aun no sé exactamente si eso sucedió, y si la mina que recuerdo a veces era real—. Los maté, ahorcándolos, partí sus cuellos, sus brazos. El frenesí, la adrenalina, tomo parte de mi alma, llevo a mis brazos, a mis manos a estrangularlos. Los cuerpos estaban en el suelo, y yo estaba cubierto de sangre. No sé cuanto duró, pero me sentí exhausto, como si no hubiera más vida en mí. Solo tenía ganas de tirarme al suelo.

Caí de rodillas, y vino la oscuridad. Supongo que me deben haber golpeado. Estaba semi-inconsciente cuando me llevaron ante el capitán de la tropa un malnacido. Ordeno que quemaran la casa, el muy imbécil creyó que el bunker también se destruiría.

Estaba enfado conmigo, con su gente, por la incompetencia. Porque el científico estaba muerto. Yo fui llevado a un campo de concentración.

Recuerdo perfectamente que preguntaba por algo que el científico tenía que entregarles. Por eso estaban ahí, ¿y si eso que buscaba era lo que fluía ahora en mi sangre…?

 

 

La televisión estallo a todo volumen. Las imágenes reaparecieron en la pantalla que los últimos días habia permaneció a oscuras. Y lo primero que apareció en ella era el logo de La Nueva Era.

Alexandr levanto la mirada de las páginas. No habia notado aun lo irónico del nombre.

—Nueva era. —Susurró.

Los camaradas estallaron en risas.

 

20

 

—Chris Jericho—

 

 

En el Bunker improvisado en una estación de trenes abandonado, un grupo de concurrentes heridos y víctimas de la guerra elevaban las maldiciones al cielo, era las primeras imágenes que podían ver de que significaban los batallones repartidos por su ciudad.

Para la Orden, Latinoamérica no era importante. Solo tenían dos objetivos y ambos habían sido neutralizados. La base naval y el ejército de Venezuela y un edificio militar en Brasil.

Los reunidos observan impunes como cientos de ciudades habían caído a manos del ejército. Y sabían que eso mismo les esperaba a ellos. Los hombres solo querían salían a contraatacar, ya tenían el objetivo las armas y los brazos suficientes. Solo uno entre ellos no habia abierto aun la boca.

Seguía llorando en silencio, observando con dolor como todo lo que quería lo habia abandonado, las imágenes de los muertos le recordaban a su propia familia, aquella que no habia podido dar sepultura. Que, simplemente abandono en el barco.

Los soldados, las vestimentas que usaban, le hacían revivir aquella noche. Y la ira comenzaba apoderarse de él. Sentía fluir lo que lo diferenciaba del resto irrigando cada milímetro, cada célula. Sentía como su fisionomía interna cambiaba. Apretó los puños intentado alejar los malos pensamientos, necesitaba golpear algo, matar a alguien. Quería hacerlo.

La mano de Sil se poso en su antebrazo. Buscando alejar su mirada del televisor. El la miro, y casi al instante sintió que la furia remitía. Como una caldera a la que se le purga el vapor aprisionado. Miró los ojos de la médica en busca de una respuesta sobre que debía hacer.

Ella se acercó.

—Chris, es momento de que tomes una decisión. —Dijo en el mas gentil de los tonos.

—Ellos deben esperar que yo…

—Ellos no esperan nada ti. Me obligaste a mentirles. Pero en realidad te estás mintiendo a ti mismo.

—No sé cómo hacer para controlarlo, Sil. —Interrumpió—. No quiero hablar de esto.

—Harás lo que debas cuando te sientas seguro. —Le dijo, pero el ya se estaba marchando.

Christian llego a su santuario personal. Sintiéndose como una rata. Si era cierto que podía hacer cosas que ningún otro humano podía, (al menos que el supiera) la idea de que otros como el hicieran “eso”, le dio un rayo de esperanza.

Pero aun no estaba preparado. Podía oír a los hombres, los verdaderos héroes. Los que querían recuperar su país. Los oía a demasiados metros para que otro oído captara como discutían sobre cómo se acercarían hasta la base militar. Querían reactivar al ejército. Querían hacer algo.

Pero él se quedó de brazos cruzados sin hacer nada, sin poder hacer nada. Sintió como la cobardía ganaba espacio en él. Sintió furia consigo mismo y golpeo la coraza metálica de un vagón, parecía un enorme esqueleto de un animal surrealista. Lo hizo añicos, abollándolo con cada golpe. El metal cedió a su fuerza. Y la siguió golpeando hasta que estuvo en paz.

Despertó a la mañana siguiente. El sol traspasaba unas rendijas del techo. La voz de Sil lo saco del ensueño.

—Escucha Chris. Debes hacer algo.

El la miró inexpresivo.

—No puedes quedarte aquí mientras se dirigen a una muerte segura.

—Pensé que haría lo que tuviera que hacer cuando estuviera listo. ¿No habías dicho eso?

—Pensé que no me habías escuchado.

—Escucho más de lo que quisiera. —Le dijo tristemente—. Sil, has sido una gran compañía, pero yo no soy lo que crees. No puedo convertirme en lo que esperas.

—¿Un héroe? Es hora de que olvides lo que haya pasado antes. Tienes que olvidar. No te das cuenta de que tienes algo en ti que puede salvarlos.

El sintió la ira crecer, pero no era ese ser interior que intentaba escapar. Era un monstruo lo que tomaba poder sobre sus cuerdas vocales. Era dolor.

—¿Qué haga algo? —Gritó—. Si yo supiera qué hacer con esto, —miro sus palmas— si yo tuviera control de esto. Mi familia se hubiera salvado. Yo soy un cobarde, es una maldición.

—¿De qué estás hablando? Yo... no lo sabía.

Se puso de pie de un salto.

—Estoy solo en este mundo Sil, ¿no lo ves? No es que no quiera, es que no puedo hacer nada. Con un demonio. —Rompió en llantos—. Si yo hubiera actuado antes, ellos… quizás estarían vivos. No sé lo que soy. No se…

Ella se acerco a él con temor. Lo abrazó lentamente.

El sintió el calor de la joven mujer. Irradiaba una energía muy particular, sentía que algo en su interior se alimentaba de esa energía. Pronto sintió recorrer miles de pulsos nerviosos bajo su piel, como un hormigueo. Le gustaba.

—Aléjate por favor. —Dijo pausadamente.

—Eso no es nada cortés… Yo lo siento, siento que no pudieras salvarlos, pero no puedes vivir en el pasado. Quizás en un tiempo puedas hacer el luto que debes. El que merecen tus seres amados.

El solo intento alejarse de ella. El hormigueo cesó casi al instante.

—Yo… creo que tienes razón. Soy un egoísta…

—Tampoco seas tan duro contigo mismo. Es normal que sientas eso. Has perdido a quienes más amabas, muchos de nosotros lo hemos hecho.

Esta vez fue ella quien comenzó a llorar. Y él quien se acerco a consolarla.

—Era muy joven. El… era mi prometido. Nos casaríamos en unos meses. —Ahogo el dolor un instante antes de que las lágrimas brotaran de su rostro en una delgada línea—. Ellos se lo llevaron. Ni siquiera se estaba defendiendo. Y yo no pude hacer nada por evitar que se fuera.

Ambos lloraron unos minutos en silencio.

—¿Creo que venías a convencerme de algo? —Bromeo Chris.

—¿Quieres decir que lo harás?

—No he dicho eso Sil, no me estoy enfrentando a una situación de la que sé que puedo tener control. Esto no es salvar a una familia de un fusilamiento o rescatar del abuzo a unas jóvenes.

—Lo sé. Pero ellos se marcharon esta misma mañana. Prometieron que buscarían ayuda y otro lugar al cual llevar a sus mujeres e hijos. En dos días irán a la Base Militar.

—Bueno si es así. —Si nos dejan hacerlo, pensó—. Dos días son más que suficientes para que entienda algo más de mí.

—Siento decir esto, pero estoy como débil. —Lo miró un instante—. Puede sonar que estoy buscando algo más. Pero de verdad estar contigo me debilita.

Chris la miró un instante, pensando que se trataba de algún juego. Pero luego sintió ese hormigueo.

—¿En este mismo instante estas sintiendo algo?

—Como si estuviera a punto de desmayarme.

El se despegó alejo al instante.

—Creo que deberías quedarte cerca por si me caigo. —Dijo ella en tono de burla, tocándose la frente.

—Recuéstate Sil. —Ordenó

—¡Oye!

—No, no es lo que piensas creo que estoy comenzando a entender. Necesitare una pizarra…

Ella se sentó en el suelo.

—Hay una a unos metros creo que es un tablón de avisos. Yo tengo un fibrón justo aquí. —Le extendió la mano.

El volvió con una gran pizarra y se puso escribir unos garabatos.

—¿Cómo te sientes ahora? —Pregunto sin mirar.

—Un poco extraña. No sé qué demonios me sucede.

El termino de subrayar unas anotaciones y miro lo que habia hecho.

—Creo que estoy comprendiendo. —Dijo alegremente—. ¿Estás lista para seguirme?

—Con una siesta de media hora me alcanzaría. —Bromeó ella.

—Perfecto. —Apremió—. Verás, cuando hago lo que hago…

—¿Y qué es lo que haces?

—No me interrumpas con preguntas para las que tengo respuestas con viaje de ida al loquero, —bromeó—. Cuando estoy en peligro o percibo una situación de peligro —prosiguió—, siento que por mi cuerpo recorre electricidad.

—Impulsos nerviosos.

—Exacto, pero más fuertes, por todo mi cuerpo y a nivel subatómico. No me preguntes como lo sé, simplemente lo sé.

—De acuerdo prosigue, —dijo poniéndose de pie, aun mareada.

—Bien. Siento como si esos impulsos nerviosos reactivaran partes de mí que aun no comprendo. Como si siempre hubiesen estado ahí, dormidas. Y el peligro o la ira son como un switch, un interruptor. —Se quedó callado jugando con el fibrón en la mano—. O más bien como una ficha de dominó. Ya sabes como cuando armas un camino de fichas y una a una van golpeando.

La médica asintió.

—Esto que estoy diciendo es lo que siento, pero no se qué es exactamente lo que sucede. Pero siento como si estas partes se despertaran y comenzaran a hacer el trabajo para el que están creadas.

—¿Estás hablando de órganos?

—Exacto, —apremió—. Órganos, ya sabes cómo pequeños apéndices que jamás necesitaron funcionar pero que al recibir la orden, en este caso el peligro, se reactivan.

—¿Y tienes alguna idea de cómo llegaron ahí esos apéndices?

—Veras, cuando era adolescente, uno muy problemático por cierto —ella sonrió— sentía la imperiosa necesidad de estudiar ingeniería genética. Como si algo en mi interior me indicara el camino.

—Estas abriéndote, extraño misterioso.

—Por favor no seas imprudente. Estoy intentado explicarte cosas de las que no tengo respuestas, sino suposiciones.

—Está bien, está bien, ya no interrumpiré. —Bufó.

El la miró apreciando esa belleza a flor de piel. Jamás la habia visto realmente como mujer, sino como a una profesional.

—Como te decía. —Habia comenzado a sonrojarse—. Siento que esta electricidad recorre mi cuerpo, los pies, las piernas, el vientre, la espalda, la nuca la cabeza, brazos, manos, dedos. Todos los espacios recónditos de mi cuerpo en un solo instante. ¿Entiendes?

Ella asintió sin poder imaginarse algo así.

—Como ya sabrás las células, los núcleos celulares para ser exacto, contienen energía. Si mi cuerpo demandara mayor cantidad de energía para poner en funcionamiento mecanismos tan espectaculares como la velocidad, los reflejos motrices, o la transmisión de información por medio de las células transductoras, u otras cosas quizás más allá de la imaginación. ¿De dónde podría obtenerla? Es decir, el cuerpo contiene energía, la obtiene a través de los carbohidratos o en menor medida gracias al sol. Pero un cuerpo como el mío, ¿cómo haría para producir la cantidad suficiente?

Ella negó con la cabeza. Ni siquiera podía interrumpirlo. No tenía muy clara la idea.

—Bueno eso es lo que intento explicar. —Señalo con la punta del fibrón la pizarra.

Sil solo vio garabatos.

—Supongamos por un instante que mi cuerpo tuviera la capacidad de robar la energía del ambiente. Sería una salida viable, ya que cada partícula de polvo, el aire, los átomos en el espacio, todo tiene energía, en cantidades ínfimas pero…

—Empiezo a comprender. —Interrumpió—. ¿Pero qué tengo que ver yo? No intentaras decir que… —No pudo continuar.

—De hecho sí, creo que tu mareo fue culpa mía, quizás mi cuerpo este demandando energía que en este lugar no la obtenga, después de todo, hace tres días que no veo el sol. Y los hechos que me llevaron hasta aquí no fueron precisamente tranquilos. —Se quedó callado recordando las cosas que habia podido lograr bajo cuando era perseguido—. ¿Lo siento en que estaba?

—En la energía…

—Quizás yo no lo note, el “yo” normal, no la necesite. Pero esa otra parte de mi… —Reparó en los restos del vagón.

Ella lo siguió con la mirada.

—Estas insinuando que esto lo hiciste tú.

—Yo no insinuó nada.

Sil se acercó a los restos, a simple vista podía diferenciar los puños. Lo miró sin decir nada, el prosiguió con el monólogo.

—Esa sería una explicación factible a porque estabas débil cuando estabas cerca mío, quizás mi cuerpo, es decir mis células hayan generado la capacidad de robar energía del ambiente.

—¿Y qué hay de los campos de enérgicos?

—¿Que hay con ellos? —Chris evaluó la pregunta—. Aun no me expuesto a ninguno, no más grande que una lámpara. Pero si es cierto que mientras más tiempo transcurren nuevas cosas aprendo de mi mismo.

Recordó que al principio solo era capaz de una gran velocidad, si bien su cuerpo habia generado la capacidad de curarse o la piel era tan dura como para evitar la perforación de la balas. Estaba a punto de confesarlo, pero cambio de idea.

—¿Qué mas sientes? Sabes que son habilidades adquiridas y que solo con un mínimo de entrenamiento puedes llevarlas a cabo. ¿Qué otras cosas sabes de ti, Christian Jericho? Se alejo de los restos y se acercó al muchacho.

—Pues no mucho más. Salvo la violencia, es un sentimiento que casi no puede controlar. Y una vez que empiezo…

—…es difícil de detener. —Finalizó, volvió a mirar el metal y las formas de los puños abolladas en el.

—Supongo que ahora que empiezo a entenderme pueda llegar a servir de algo.

—¿Qué piensas hacer ahora?

—Por lo pronto… enseguida vuelvo. Necesito un tiempo a solas.

Antes de que ella pudiera decir algo el ya se habia ido, tan rápido que su pelo flameo entorno a una corriente de aire artificial.

 

 

Christian trepo por una larga barra de metal y alcanzó el techo en un instante, aprovecho un agujero en las chapas del taller para poder escapar. Al salir sintió como remitía el calor del día, comenzó esa extraña sensación de hormigueo. Ahora sabía que sus células se alimentaban de la energía del ambiente, y funcionaban como celdas fotosensibles o paneles solares. Solo que de energía en el sentido más abstracto de la palabra.

Comenzó a caminar por el borde la cornisa empinada, unos seis metros (o más) lo distanciaban del suelo. Comenzó a trotar sintiéndose libre, y puso en práctica sus habilidades desarrolladas, el sol cegaba sus ojos claros y el aire que friccionaba sobre su rostro lo lastimaba, sentía como si sus ojos se secaran. Puso en práctica un movimiento muscular que parecía primitivo en el. Un segundo par de parpados se cerró entorno a los globos oculares.

Observo los cambios y se sintió más cómodo consigo mismo. Corrió más rápido. Salto al final del camino y fue cayo a varios metros de distancia y volvió a impulsarse, cada impulso lo llevaba más alto y más lejos.

Nuevamente el calor corporal volvió a aumentar casi hasta el punto de encender su ropa, sentía correr la sangre por sus venas, sentía ese campo enérgico predominante, pero no a base de la ira o el enfado, sino por decisión propia. Estaba ejercitando sus habilidades con plena facultad y conocimiento de las mismas.

Toco el suelo sin saber que estaba resquebrajando el asfalto. Esta vez cayó sobre un edificio de baja altura. Decidió improvisar en el siguiente salto.

 

21

 

—Reunión—

 

 

En algunas partes del mundo sonaban explosiones. Fran Wentworth Havok. El hombre más poderoso del mundo. Dueño del cincuenta por ciento del territorio. Y todo lo habia adquirido del modo más antiguo. El arte de la guerra.

Conociendo las debilidades de las naciones, infiltrando gente, comprando, matando, robando. En fin, en seis mil años de historia humana, las cosas básicas no habían cambiado tanto. Y todo podría resumirse en una sola frase:

‹‹Ese estúpido egoísmo humano››

 

 

El cursor titilaba en la pantalla de un ordenador portátil, justo debajo de una línea de sangre fresca. La oscuridad de la casa apenas iluminada por aquella tenue luz artificial color marfil. Habia pertenecido a uno de los más importantes periodistas del mundo, ganador de reiterados Pulitzers.

Los integrantes de la familia yacían muertos en diferentes habitaciones. Las mujeres, brutalmente golpeadas y violadas. Los hombres torturados, obligados a presenciar los hechos.

Los que habían efectuado aquel acto tan violento ahora estarían en otro sitio, seguramente patrullando otra ciudad. Ese era el legado de Havok. El Legado de La Nueva Era. Aquellos que no eran bendecidos por la “reeducación”, estaban destinados a perecer por los hombres y mujeres que componían los ejércitos.

En otros lugares del mundo estallaba el conflicto, que en el quinto día de iniciada la toma premeditada del mundo, habia sido bendecido con una tregua de veinticuatro horas.

Habia amenazas latentes de la utilización de armas de destrucción masiva, gas nervioso y otros elementos que en mayor o menor medida acabarían con el mundo para que nadie pudiera alimentarse de él. Pero el hombre que ordenaba todo, el Agamenón del siglo veintiuno, no se daba por bendecido. Aun no. Habia mucho por hacer y debía resguardar la retaguardia, para evitar ataque en tiempos de paz (la calma que antecede al huracán).

Los supervivientes se agolpaban en refugios improvisados. Y los heridos en los hospitales cada vez más pequeños y menos abastecidos con lo mínimo indispensable.

Mientras que en las granjas de reeducación divididos en grupos y como presos, familias enteras padecían lavados de cerebro explicando lo bueno que era pertenecer a la Orden, y lo bien que estaba que Havok controlara el mundo.

Los programas duraban unos días, eran eminentes. Y tenían una funcionalidad del setenta y cinco por ciento. El veinticinco por ciento restantes debía pasar a una etapa más dura de convencimiento. Conversión —decían los encargados del programa.

El sexto día amaneció con el conteo preliminar de víctimas de guerra. Treinta millones de muertos mundiales, medio millón de desaparecidos denunciados, y los heridos superaban la suma de ambos números anteriores.

Aquel día bajo la lluvia se reunieron los hombres que habían pertenecido a otras épocas, dirigentes de todas partes del mundo, en nombre de sus países —azotados por los ejércitos de La Nueva Era— se reunieron en el aeropuerto, llevados hasta allí como prisioneros. Comprobaron con sus propios ojos —mientras eran conducidos ante la presencia del Jerarca absoluto— como Havok y su ejército se encargaba de las destrucciones. Limpiando carreteras y calles, reconstruyendo edificios. Y ante sus miradas parecía que la paz, que les ofrecían a cambio de un pequeño precio, podía ser cierta.

Pero las manos de los trabajadores correspondían a esclavos, no a hombres libres. Y como en el antiguo Egipto, habia vuelto la pirámide, pero esta vez la base eran los esclavos, sobre ellos el ejército. Más arriba los escribas (los que se encargaban de reescribir la historia con el método de Conversión); luego estaban los sacerdotes, lo único que quedaba de la antigua Orden, eran ellos quienes se encargarían del resto cuando la paz llegara. Y por último, en la cima, un solo hombre y como el faraón observaba todo sentado en un sillón de oro —robado de un museo—y frente a las pantallas donde le llegaba información del resto del mundo.

El nuevo secretario entro a la oficina, luego de tocar tres veces la puerta.

—Señor, los hombres que espera ya llegaron, —dijo temeroso— están en la recepción.

—Llévelos al salón de reuniones principal. Que cinco guardias los revisen, que los desnuden si es necesario, y se queden en el interior.

El muchacho asintió con un leve movimiento de cabeza y se retiro a cumplir con las órdenes. Al retirarse lo suficiente de cualquier mirada y del alcance de las cámaras. Maldijo moviendo los labios.

José habia sido

(raptado)

pedido prestado permanentemente de su trabajo de camarero y portero del Palace Duhau, para convertirse en lacayo del hombre más odiado. No sabía absolutamente nada, a ciencia cierta, sobre su familia, solo que estaban bien —según planteaba el Rey.

Lo que si sabía era que en cuanto tuviera la oportunidad envenenaría el café del Señor Havok.

—Si con eso se acabara esta estúpida guerra… —Susurro el muchacho.

Los hombres, todos pertenecientes a Europa, se encontraban reunidos en una pequeña sala. El muchacho entro en ella, nuevamente esbozando una cara que representaba una falsa sensación de comodidad con el mundo —la tenia bien practicada ya que muchas veces debía servir a gente realmente molesta— les indico los pasos que debían seguir hasta llegar a la sala de reuniones. Pregunto por cafés y refrescos y finalizó la perorata con “enseguida los acompañaran unos guardaespaldas”

(Para revisarles hasta el culo en busca de explosivos)

Continúo el camino hasta la cocina, otra pequeña sala improvisada.

—Menudo grupo —comento a otros empleados, también tomados prestados de sus hogares y sus trabajos—, hay dos que parecen asiáticos, aunque tienen cara de nada.

—¿A qué te refieres? —Interrogó con temor una mucama.

—Oh nada, siempre veo conspiraciones donde no las hay. Preparo las veinticinco tazas que necesitaría y otro juego igual. Tres cafeteras, dos jarras con agua (gasificada) helada, jugo de naranja, y cincuenta bocadillos, croissants.

 

 

La reunión habia comenzado en paz, con el nombramiento del nuevo continente, a lo que muchos de los presentes esperaban que se tratara de una broma. Actualmente Havoklands (ex Estados Unidos) era el principal territorio mundial, es decir que todas las decisiones de la Nueva Era se llevarían a cabo en aquel lugar y el resto del mundo tendría que acatar las órdenes. Como en la antigüedad, Fran Havok, decidiría a quien otorgar el mando de las divisiones políticas y territoriales de los países que habían firmado un tratado de paz.

En la sala Oval (de Havok) se hallaban los próximos veinticinco condes de Europa, aunque muchos creían tener derecho sobre otros y querían territorios cercanos a las costas o más grandes, o simplemente con mayor riqueza en materia prima. La nueva división política ya se hallaba en un mapa tridimensional en el centro de la sala. Y como si subastaran antigüedades, las tierras en entregadas al mejor postor, incluyendo ciudadanos y el total del capital, menos el veinticinco porciento de gastos administrativos, que iban a parar a un fondo común para Havoklands.

 

 

—Momento caballeros. —Silenció Havok—. Si cada uno escucha las propuestas de sus compañeros verán que terminaremos antes con esta reunión.

—Pero esto es inaudito. —Grito un hombre llamado Surazky—. El territorio Ruso, el que se supone que me corresponde, ha sido recortado y mi parte corresponde a la región más alejada. Esto no es lo que acordamos Fran.

—Entiendo su ofensa señor, pero estamos hablando de un territorio mayor al resto de Europa. No entiendo cual es la ofensa.

A lo que otro respondió.

—Y se supone que yo herede “PortEsFran”. Ex Portugal, Francia y España.

—Gracias por su traducción, Bossa, yo mismo dividí el territorio. Pero sigo sin comprender cuál es la ofensa.

-Que PortEsFran está rodeada por agua, si hay un re alzamiento de las tropas Británicas yo sería el más vulnerable.

—Y por mi parte, —interrumpió Surazky— tengo muy de cerca de los asiáticos.

—Me parece, señor Havok, que no tenemos que recordarle que no nos reuniríamos hasta que todo estuviese tranquilo. Y los rumores…

—¿Los rumores qué? —Se puso de pie y alzó la voz—. No tengo que recordarles que yo comencé y termine esta guerra. Un solo hombre llevo a cabo sus oscuros deseos. Impulsado por muchos de ustedes conquiste un territorio más grande que cualquier humano haya conquistado jamás. Y las muertes fueron mínimas.

—Se habla de cien mil millones de personas. ¿Esas son cifras mínimas?

—Yo, señores, controlo las estadísticas. Un solo hombre decide quien vive y quien muere. Yo soy el que reparte las tajadas del pastel. El mundo está en mi palma. —Tomó aire y continuó—. No tengo que recordarles quien posee el ejército más grande. Si no quieren su parte encontrare a alguien que sea más agradecidos.

—Y nosotros. ¿Supongamos que yo no deseo esto? Que estoy arrepentido, por así decirlo.

—Señor Leeds. Usted deseaba el territorio aun no recuperado de Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. ¿No es así?

El hombre asintió con temor.

—Entonces no tengo que recordarle que puso varios miles de millones para que el ejército siguiera el ataque. Si la guerra aun persiste en ese territorio es por su culpa.

Los demás lo miraron.

—Siguen sus ordenes no las mías. —Dijo tranquilamente.

Havok sonrió de costado. Sintió correr la adrenalina por su cuerpo y el impulso nervioso llevo su mano derecha a la cintura. Sintió el peso del arma un instante antes de jalar el gatillo.

Los sesos de Herbert Leeds se desparramaron encima de los que estaban a su lado.

—Que esto, caballeros, les sirva de ejemplo. Ustedes no me dejan a mí. Yo los dejo a ustedes. Ustedes no renuncian. “YO” los renuncio. Si no quieren aceptar mis reglas, perfecto, pueden acompañar al señor Leeds.

—Havok, disculpe si no hemos interpretado bien su…

—Por supuesto que no me han interpretado bien. —Se acomodó el arma en la funda y ajusto su corbata, un nuevo tic adquirido—. Hablemos de negocios caballeros.

 

 

La reunión que definía los territorios y los condes de Europa finalizó entre murmullo asilados.

Mientras que los lacayos debían limpiar los restos de que en vida pertenecían al señor Leeds. Havok se retiraba a sus aposentos, acompañado de cinco chicas con las que pensaba pasar la noche, esta vez se trataba de jóvenes especializadas provenientes de Europa, y que habían sido traídas en el mismo vuelo que los, recientemente coronados, condes.

—Todo va según mis exigencias. —Dijo Havok mientras ponía música y las jóvenes bailaban. Pidió una suculenta cena para seis. Y se fue a duchar. Al pasar miro uno de los relojes que estaban en la pared. 19:35. El día llegaba a su fin. Y aun no tenía noticias sobre el objetivo.

Habia pasado los últimos dos días viendo películas de superhéroes y revisando toda documentación acerca genética, cromosomas y mutaciones. Sabía que la mayoría eran solo teorías, y proyectos fallidos. Pero el muchacho Jericho era real.

—Tan real como que soy el dueño del mundo. —Dijo entre risas. Mientras una de las jóvenes, que parecía provenir de España, se metía en la bañera junto con él.

La chica solo le dedico una sonrisa.

Mientras jugaba con una copa de vino intentaba imaginarse los hechos que habían llevado a cambiar su manera de pensar. Una semana antes se estaba preparando para tomar en sus manos el destino del mundo. Ahora solo mantenía la fachada para descubrir cuantos otros secretos le ocultaba el planeta.

(¿Qué quiere un hombre que ya lo tiene todo?)

(Más poder)

Mientras su mente divagaba en todo lo que haría con tanto poder. Escucho una serie de disparos. Al cabo de unos minutos oyó una explosión que sacudió el edificio.

Salió corriendo de la bañera y tomó un teléfono.

››Amenaza neutralizada. —Respondieron del otro lado.

—Quiero saber qué carajo pasó.

››Enseguida señor. Estamos en eso.

 

22

 

—Vuelo a Roma. Lock y Vrancêa—

 

 

En tiempos de guerra hasta los más antiguos de los enemigos se unen. Y una pequeña comunidad de ex agentes secretos trabajaban en conjunto para “operar” al mundo de un tumor maligno. Ese “tumor” tenia nombre y apellido, Fran Wentworth Havok y su horda de bien equipados soldados de La Nueva Era. —Una era que habia comenzado con caos, destrucción y muerte, pensó Hermes, mientras bajaba de la camioneta en el aeropuerto Rumano.

Allí abordarían un avión privado que aterrizaría en roma y luego iría directo a los Estados Unidos. Durante todo el viaje habia querido ocultar su odio hacia el agente Italiano, sabía bien qué clase de persona era, pero allí delante de los demás, no podría hacer nada. Y lo que más lo enfurecía era que no podría dividirse en dos partes. Por un lado quería detener Francesco, y por otro lado quería comenzar ya con el itinerario que habían acordado para infiltrarse en las proximidades del Imperio Havok.

Aun sabia cuanto podría confiar en los asiáticos, quizás las diferencias que habían prometido dejar de lado para ms adelante comprometieran el éxito de la misión. Por esa razón prefería trabajar solo y de hecho era muy bueno en su trabajo.

Con éxito en mas operaciones de las pudiera llevar una cuenta, Hermes, hombre de los mil nombres, se habia infiltrado en agencias secretas a lo largo de todo el mundo. No exactamente en las centrales, sino en sus sucursales. Entre ellas KGB, CIA, MI6, y otras que ni siquiera tenían iníciales ya que no existían. Eran simples compañías de seguro, distribuidoras de muebles, centros de Marketing, o callcenters. El éxito de sus operaciones consistía un setenta por ciento de suerte, un diez por ciento de conocimientos y divisas, y el veinte por ciento restantes de la idiotez de los otros agentes. Ya que las bases siempre se componían de muchachos como Lock, carentes de las facultades precognitivas de alguien que vive al filo de la muerte.

Pero la culpa jamás era de los agentes, sino de una falta de entrenamiento. El habia sido educado bajo estrictos regímenes militares, le ensañaron a matar antes que defenderse, correspondía a una organización que se remontaba a la edad media. Como los ángeles protectores del mundo, siempre con un ojo en las conspiraciones —como si se encontraran en el reverso de las cajas de cereales— y esta era una situación personal. Ya que no habia sospechado absolutamente nada. Nunca se habia topado siquiera con uno de los diseños de las armas o vehículos que usaba La Orden, y lo mas odioso es que cuando El Nuevo Amanecer se convirtió en La Nueva Era, no le puso la mínima atención.

Una secta que cambio de nombre porque ya amanecieron y buscan un futuro diferente. —Habia dicho. Si en ese instante hubiese puesto el ojo en la caja de cereales (que tenía la cara de Havok, el hombre más rico del mundo) tal vez hubiese prevenido algo. O hubiese acabado muerto —intentó convencerse.

Se subió al avión, tomando solo un bolso donde tenía lo único que necesitaba el equipo de agente secreto, que consistía en corbatas diferentes ropa informal, una campera reversible, una pequeña dosis de sedante y otra de veneno —por si era necesario deshacerse de alguien— y una pequeña cartuchera con maquillaje, tintura y unas tijeras.

Si quería desaparecer solo necesitaba eso, un poco de suerte y mucha gente que sirviera de confusión. Una vez en el avión se sobre el pasillo, más atrás que el Italiano. El pequeño Jet, con capacidad para sesenta personas, de las cuales se ocupaban una veintena de asientos carreteo por la pista hasta alcanzar la velocidad propicia para elevar las veinte toneladas. Se pregunto cómo haría Vrancêa —ese era el nombre del rumano que acababa de celebrar una reunión de cuatro días en la cima de los Cárpatos— para poder poner gente sin identificación en un avión de la Orden.

Su instinto, ganado con una experiencia que superaba treinta años de servicios —más de media vida— le indicaba que el sujeto no habia dicho todo lo que planeaba, no podía sospechar de las buenas intenciones, después de todo el también lo hacía por la utópica paz mundial. Aun así quería saber qué tramaba.

En algunos minutos ya habían alcanzado la altura máxima de treinta mil pies, sabia bastante de aviones, el mismo podría pilotear uno de esos, y por cierto que iba mucho más rápido de lo normal. Supuso que sería uno de esos diseños que las naciones no aprueban. Pero las naciones antiguas ya no existían, habían perecido en el cinco días atrás, quizás desde hacía varios años ya estaban destinadas a desaparecer.

Oyó a través del silencio del corredor los televisores LCD, de los compañeros de vuelo. Y podía oír la ronca voz de Tank de Santos, entonando una canción de esas bandas de principios de siglo:

Hermes no sabía quién cantaba peor, pero le agradaba la letra. El repertorio de canciones pasaba de actos de violencia desde lo más profundo del alma del ser humano ‹‹quemando esa gasolina›› hasta sentimentales estrofas sobre las obsesiones y el amor.

Se acomodo en su asiento y durante los siguientes cuarenta minutos solo escucho el leve zumbido de las turbinas, y muy por encima a de Santos y su banda. Hacía mucho tiempo que no sonreía, y se sentía un poco culpable de no darse ese lujo.

 

 

—¿Cómo crees que les estaría yendo? —Preguntó ansioso Lock López a un agobiado muchacho que trabajaba para la Organización de la Mesa Redonda, nombre con el que la habia bautizado.

El muchacho movió levemente la cabeza.

Lock dedicó una mirada a la pantalla de su ordenador, donde durante la última hora y media habia intentado reactivar un satélite de comunicaciones tan antiguo como la estación MIR, sin éxito alguno.

La orden habia codificado nuevamente las señales desde el Gran Apagón Telecomunicativo —nombre también atribuido a Lock—, si habían utilizado esos nuevos transistores que habia mencionado días atrás debía haber un método de comprobarlo. Pero aun no habia dado con ninguna señal, ningún residuo. Pero los televisores estaban transmitiendo programas antiguos de series o programas grabados. Y cada hora, aproximadamente, se informaba un Flash de noticias, obviamente organizado por la Orden.

Intento colarse en redes residuales que transmitieran ondas. Pero no habia nada. El modem o sistema Wi-Fi, eran inútiles. Debía concurrir a alguien con recursos para que pudieran establecer una comunicación.

Pero ¿quién podría tener esos recursos? Observó detenidamente la sala, habia muchachos muy jóvenes que estaban diseñando una red nueva pero con la posible utilización de alcance corta, unos cien o doscientos metros, obviamente inútil a escala mundial. Recordó sus antiguos Brainstormings con el equipo de la Agencia de Seguridad Nacional.

Esas si eran reuniones inteligentes. —Susurro al murmullo de voces inútiles.

—¡Eh, oigan! —Gritó—. ¿Por qué no usan circuitos impresos de Walking-Talking? —La burla paso desapercibida como un concejo. Y eso le causo más gracia aun—. O ¿por qué no ponen una antena en la cima de la montaña y triangulan la señal desde el pueblo hasta aquí? —Los sujetos intercambiaron miradas como comprobando las probabilidades de funcionalidad—.

Lock se levantó del sillón ergonómico, y abandonó la sala entre carcajadas. Se dirigió a la oficina del dueño del circo —otro apodo suyo, por supuesto—.

Se chocó con él en medio del pasillo.

—Eso que acabas de hacer fue gracioso, pero no deberías subestimarlos.

—O no lo hago. De hecho, reconozco que me divierten mucho. Al menos me mantendrán el nivel de stress por el piso.

—De acuerdo, de acuerdo. —Sonrió, frunciendo la enorme nariz rumana, a Lock le recordó las pinturas de Vlad Tepes y se preguntó si sería un descendiente del empalador.

—De hecho no, no lo soy.

El joven lo miró entre sorprendido y dudando si su propia idiotez no lo habia hecho hablar en voz alta.

—No muchacho, no hablaste en voz alta. O de hecho sí, pero no con las cuerdas vocales.

—¿Cómo es que…?

—O eso no importa. Tenemos cosas más importantes que hacer. ¿Qué es lo que estas buscando?

—Pero pensé que…

—¿Tu mente? Si, puedo leerla como un libro abierto. Pero si anduviera por ahí ventilando secretos o contestando preguntas que jamás has hecho… Bueno le quitaría un poco de gracia a la vida.

—¿Y con los demás? Quiero decir, ¿cómo es que lo haces? —Dudó un instante—. No sé si debería creerte, a veces hablo alto y no lo notó, siempre me lo han dicho las mujeres con las que… bueno me entiendes…

—Desearía no hacerlo, y no quiero convencerte, pero ¿te refieres a las chicas de internet, o a tu hermano “el tanque”?

Lock López lo miró con terror en la mirada, y sorpresa. Los ojos tan abiertos como pudo.

—No te preocupes que no voy por ahí ventilando los secretos de la gente. Además hasta el momento eres la mente más abierta que he encontrado. Las mayorías son solo palabras superficiales, como un adelanto de lo que van a decir. Y otras —pensó en los agentes secretos— son paredes. Esas son a las que más temor tengo.

—¿Qué hay del Italiano, de los asiáticos?

—Si tu miedo es un atentado en el avión, no tienes de que preocuparte. Son todos demasiados inteligentes como para no perder la vida sin asegurar el futuro de sus propias causas.

El otro lo miró.

—Si, Lock, cada uno tiene sus propias razones para aceptar trabajar en… ¿Cómo es que la llamas?

—Organización de la Mesa Redonda. —Contesto rápidamente el muchacho.

—Bueno, joven, cree que deberías volver al trabajo, en este momento deben estar llegando al aeropuerto de Italia.

—Es que no puedo acceder a ninguna base de datos y quería preguntarle…

—Ya avise a la centralita de La Nueva Era que un grupo de vándalos me robo un maletín con esto en el interior.

Le entregó un PDA, el mismo modelo que usaba toda la Orden.

Lock lo miró felicidad, como si acabara de recibir un regalo de navidad adelantado.

—¿Imagino que tomaras los recaudos para no acceder directamente a la base de datos?

—Ya he pensado en eso, señor.

—Llámame George.

Hubo miradas cómplices entre ambos.

23 - 26

domingo, 07 de marzo del 2010 a las 19:02
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23

 

—Lobo Alpha. En el laboratorio—

 

 

Alpha se había ordenado un stand by en el ataque a Brasil, puso sus esperanzas en que la resistencia sudamericana se confiara en poder recuperar su preciada base militar. Debían retirarse hacia otro territorio por un conflicto aun mayor.

Durante los días anteriores habían tenido que ocuparse de otro problema. Havok habia subestimado al pueblo sudamericano. Que como decían “eran de sangre caliente”. Y mientras ellos perseguían a Christian Jericho, el Ejercito de la Nueva era se habia diezmado en el norte. Exactamente en Venezuela. Que durante los años de esplendor del petróleo, habia acumulado suficiente capital como para no depender de la importación de armamento.

Luego de atacar (y fallar) habían desperdiciado tiempo en reunir fuerza aledañas (incluyendo al escuadrón comandado por Alpha), del mismo modo, el grupo terrorista colombiano, conocido como FARC, habia decidido unir fuerzas con el gobierno venezolano —el modo en que habían logrado comunicarse era aun un misterio para la Orden.

Durante dos días habían estado al filo de una derrota casi segura. Tuvieron que dividirse en varios comandos y combatir al terrorismo con las mismas técnicas. Las bajas fueron terribles para ambos bandos, pero la victoria —la noche anterior— resultó ser para los Lobos. Cortando las cabezas de los mandatarios.

Regresaron inmediatamente a la “zona caliente”, un radio comprendido en diez kilómetros desde el centro mismo de la base militar. Según el sondeo del satélite N E la resistencia sudamericana se habia reunido en varios puntos alrededor de la base, inclusive habían determinado que llevaban armamento liviano y pesado, incluyendo vehículos. Para él y su gente se trataba simplemente de reliquias de militares de antaño. Y no podrían resistir lo suficiente, pero ya habían subestimado una vez a los latinos, hacerlo otra vez sería una idiotez.

Aun así el paradero del joven Jericho era un misterio, y dadas las circunstancias no habían podido avanzar demasiado. De igual modo, Alpha no esperaba que sus habilidades hubieran variado. Y no habia indicios de que hubiera cruzado las fronteras.

 

 

Nathaniel Ford habia ordenado construir un improvisado laboratorio de alta tecnología, con elementos robados de una universidad cercana. En el sótano de su casa, en las afueras de Maine, estaba creciendo el futuro de la raza humana, el siguiente paso evolutivo que llevaría a quien poseyera ese futuro en el interior a límites más allá de lo imaginado.

Luego de varias biopsias al cuerpo de Mitchell Jericho, Nathaniel habia logrado aislar las enzimas que provocaban aquellos cambios fisonómicos (visibles) aun debía determinar de qué manera insidia en el cuerpo, que funcionamiento cumplían cada una de aquellas ramificaciones.

Dentro de los órganos comunes habia encontrado mutaciones muy características que de no haberlas visto con sus propios ojos jamás las hubiera creído posibles. Lo más desarrollado era los órganos cárdio-pulmonares y las correspondientes musculaturas y cavidades. El corazón, se hallaba cubierto por una capa más gruesa del pericardio fibroso, fácilmente otorgaba al portador (en vida) una protección extra. El desarrollo de las trabéculas musculares —pared interior— iba en disconformidad con los corazones comunes. Así como también el desarrollo de las venas y arterias internas de la cavidad hueca del mismo. Pero lo que se hallaba aun más desarrollado era el sistema de funcionamiento. Nathaniel se imagino un corazón bombeando sangre a una velocidad cuatro veces mayor a la normal.

—Sabiendo que un corazón se contrae entre sesenta y ochenta veces por minutos en un cuerpo en reposo y hasta unas doscientas veces en situaciones de excitabilidad, —susurró a la grabadora de bitácoras—, me es muy fácil imaginar esta compleja estructura muscular desarrollar una frecuencia cardiaca de hasta ochocientos latidos por minuto.

Presionó pausa.

—¿Pero para que serviría semejante cantidad de energía? —le preguntó al interior del cuerpo.

Comenzó a seccionar los pulmones.

—En primera medida encuentro una especie de tejido muy duro, casi como un cartílago, de gran flexibilidad, recubriendo todos los órganos que se encuentran en el tórax. —Hizo un silencio antes de afirmar—. Estamos frente a un endoesqueleto.

Los pulmones normales poseen una característica muy particular, se conforman de unos pequeños conductos ramificados que se denominan bronquiolos y luego acaban en unas cámaras llamadas alveolos. Estas ramificaciones se dividen en tres grupos (lóbulos) para cada pulmón. Los pulmones que pertenecieron en vida a Jericho padre, se hallaban por encima de la normalidad. Las mutaciones habían creado cinco lóbulos y unas ramificaciones más pequeñas pero, sin duda, más complejas.

—Del mismo modo que con el corazón, los pulmones evolucionaron a unas maquinas respiratorias muy por encima de la funcionalidad normal. El aparato respiratorio se asemeja bastante al de un leopardo. Imagino que en carrera libre seria implacable y muy difícil de alcanzar.

››La capacidad pulmonar, se duplica en cuanto a los pulmones normales, debido a una estructura compleja que se encuentra en la tráquea, como si comprimiera el aire antes de ingresar a los pulmones.

Tomó muestras de cada órgano y los iba colocando en recipientes para conservarlos. Encontró las mismas estructuras endoesqueléticas en las venas y arterias. Como si el cuerpo se protegiera a sí mismo.

Continuó con los músculos y para su sorpresa se encontró con mutaciones prácticamente inconcebibles, intento imaginarse cómo podría un hombre tener esa estructura bendecida por la genética y jamás notarlo. Inclusive dio con un trozo de bala, con la que lo habían asesinado, que se habia sido aislada por plaquetas; al parecer aun después de muerto su cuerpo intentaba repulsar el objeto ajeno.

No era que el cuerpo habia cambiado sino que tendría algún sistema que regulaba los cambios, solo que aun no habia dado con tal descubrimiento.

Fue directo al microscopio con las muestras. Y comenzó a calificar los componentes que hallaba en cada una de ellas.

Descubrió que el número de leucocitos se duplicaba al de un ser humano normal. Los hematíes poseían una estructura celular diferente, aunque no dejaban de ser hematíes, y en un examen más exhaustivo, dio con el origen de dicho cambio. Seguían transportando oxigeno al resto del cuerpo solo que en un modo más rápido y en mayor número.

Aun cuando el cuerpo lleva días muerto y congelado en un freezer familiar, las células poseían vida.

Nathaniel subió corriendo las escaleras, necesitaba un vaso de whisky inmediatamente. Acababa de entender el origen de la vida humana. Y solo habia necesitado observar como despertaban las células aparentemente muertas.

Alexandr Deverov que se hallaba revisando su equipo lo miró extrañado.

—¿Si te dijera que no somos más que el edificio de organismos pluricelulares que me dirías? —Dijo jadeando.

Deverov lo siguió mirando un instante.

—Te diría que me sirvas de lo que estas tomando y te expliques.

Ford así lo hizo.

Las células de Jericho están despertando y están desesperadas por encontrar un nuevo portador.

—Estas insinuando que…

—El gen egoísta es un hecho —afirmó con énfasis—. No somos más que portadores de vida. No vida ensimisma.

Los ojos de Alexandr relampaguearon de júbilo, pero conservó su estado inquebrantable.

—¿Las células buscan un portador? Eso es lo que estás diciendo.

—Exacto, Alex, cuando examiné las muestras del tejido de Jericho, me topé con la grata sorpresa que aun parecen estar vivas, las extraje de un cuerpo que lleva ciento cuarenta horas muerto.

Deverov mantuvo su estado, y con cuidado escogió las palabras.

—Y con esas células puedes aislar el proceso y crear un cambio genético en otra persona. Quiero decir —se corrigió— ¿las muestras sirven para crear cambios en otro ADN?

—Veo que aun no lo entiendes, Alex, ya lo he dicho excelente soldado, implacable; pero en lo que es razonamiento… —Nathaniel hizo un gesto de negación bastante compasivo.

—¿Qué es lo que se me escapa ahora, anciano?

—¿Que se te escapa? ¿Me preguntas que se te está escapando? —Nathaniel comenzó a reírse y acabo ahogando una feroz tos de fumador—. Estas son las muestras de Mitchell Jericho ¿recuerdas? es la primera generación de ADN mutado. Yo, si fuera tú, esperaría a conseguir algo del hijo de Mitchell.

—¿Crees que sea mejor? El ADN digo.

—No lo creo, estoy convencido de que es así. Y por varias razones. Primera, la edad, Christian es mucho más joven, y consecuentemente sus células también lo son. Segundo, estas células están casi moribundas, puedo imaginarlo. Tercero, y es solo una teoría, Mitchell Jericho no tenía idea de lo que llevaba en su código genético, hay personas que viven sus vidas con células cancerígenas que jamás despiertan; y creo que con él sucedía lo mismo, las células mutágenas jamás sintieron la necesidad de despertar (hasta después de muerto). No hay rastro de uso o desgaste en los desarrollos fisiológicos.

—¿A qué te refieres? —Deverov se habia levantado y se servía mas whisky.

—Es como si jamás hubiera usado uno de sus riñones, no hay desgaste en las paredes internas de los órganos. Quizás haya sido más hábil en los trabajos físicos, o no se cansaba al escalar un montaña, por citar un ejemplo ilustrativo; incluso podría haber estado (en teoría) hasta media o más sumergido en el mar sin necesitar de oxigeno. Pero rastros de que lo haya comprobado… —negó rotundamente, llevándose el base vacio a los labios y frunciendo el ceño enfadado.

—Entonces debo recuperar inmediatamente a Christian Jericho, eso es lo que haré.

—De acuerdo, capitán, mientras tanto hare las pruebas tediosas de análisis celular, quiero saber que fue lo que provocó semejantes cambios. En cuarenta y ocho horas tendré aisladas las enzimas. Y si en ese tiempo traes a Christian, bueno, al menos ya sabremos por dónde empezar. ¿Qué es lo que sabes?

Deverov dejo un largo silencio apenas interrumpido por el tintineo del hielo en el vaso de Ford.

—Está aislado en Brasil, aun no lo capturan. Pero saben dónde está y que es lo que hará.

—¿Y cómo pueden saber algo así? —Preguntó extrañado.

—Lo vigilan, muy de cerca. Tanto que lo están llevando exactamente a donde queremos.

—Y donde seria eso.

—Pues —sonrió de lado— a la mismísima boca del lobo.

 

 

En ese preciso instante, a medio kilómetros de distancia, Gwenith Fielding tomaba nota de los que los hombres hablaban.

 

24

 

—Hermes—

 

 

En Roma, un Jet privado aterrizó en la pista cinco, era el primero que llegaba a ese destino desde que la guerra habia comenzado. Una limosina con bandera Italiana y el logo Vaticano se movió hasta el hangar donde se revisarían los artefactos para volver a despegar en media hora.

Las puertas se abrieron y los pasajeros comenzaron a bajar, no habia sido un vuelo muy largo pero aun así, la cabina provocaba cierta claustrofobia.

John de Santos bajo los escalones de dos en dos hasta llegar atierra firme, hubiera querido besar el asfalto que pisaba. Pero decidió que esa no era una actitud muy bien vista.

Tras él le siguieron Pensahof y Mohammed, que parecían haber encontrado una amistad tras siglos de diferencias. No se decían mucho pero aparentaban cierto respeto mutuo.

Y eso estaba bien. —Pensó Tank—, hasta los más antiguos enemigos se unen.

Hermes arrugo el rostro intentando ocultar sus ojos grisáceos bajo un sol casi ficticio, el reflejo en las alas lo dejaba cegado y la ceguera, para él era signo de debilidad. Termino de bajar las escaleras seguido muy de cerca por el griego. El sujeto lo miró casi despectivo y emprendió el camino hacia el interior del aeropuerto. Hermes, ahora recuperando la visión, notó que todo estaba tan vacio como un bar a las ocho de la mañana. Solo el grupo de ingenieros se habia reunido en torno al Jet, como un grupo de mecánicos a un auto de fórmula uno. El sonido de la bomba de combustible de aviación lo trajo de vuelta a la realidad. Pensó en lo poco que estaba bendecido por el destino. No tenía a su favor el entorno, y no lograría desaparecer sin ser notado por Il Cannonciale.

Y lo peor de todo era que había un auto esperándolo, tan cerca como era posible. El italiano bajo con gracia las escaleras, apenas rozando la sotana en los escalones, la biblia aun en mano, sin mirar nada de los alrededores se subió a la limosina. Y al cabo de medio minuto ya abandonaba la pista.

Hermes memorizo los siete dígitos de la matricula. Aunque no le serviría de mucho. Debía actuar a ciegas —y la ceguera es signo de debilidad— ¿cómo demonios haría para encontrar a un agente secreto del servicio vaticano, en la ciudad de Roma, sin ninguno equipo o apoyo?

Se acercó Tank, a escasos centímetros de su oreja le susurró algo y se alejó. No debían levantar sospechas. Miro de reojo la enorme espalda del ex SWAT, aun frunciendo el ceño debido al reflejo, debió haber sido muy bueno en su trabajo de inteligencia, para una agencia que no permite errores.

Notó que el resto de los pasajeros estaban distraídos y se alejo mezclado entre el grupo de mecánicos, Hermes habia desaparecido.

 

 

Tank de Santos, lo habia observado levemente desde que habia subido al Jet en el aeropuerto nacional de Rumania. La mirada del sujeto que se hacía llamar Hermes, como el mensajero de los dioses antiguos en Grecia, solo denotaba sabiduría y experiencia. Además le recordaba a su capitán, Rousse Hondo, de el habia aprendido todo lo que tenía que saber para ser un buen SWAT, y mucho mas.

En una de esas distracciones, mientras cantaba para distraerse de su aerofobia habia observado que el griego le habia arrojado un papel al italiano. No podía confiar en nadie en realidad, pero al ver el rostro de odio y decepción en Hermes, supo que él quería seguir al Cannonciale, o algo por el estilo, y que no podría hacerlo sin una pista de su dirección. El tampoco la sabia, pero habia visto la estúpida maniobra del agente griego.

 

 

Hermes se dirigía al aeropuerto, solo debía dilucidar hacia qué lugar se habia dirigido el sujeto. Tanteo el bolsillo interno del saco, en el interior tenia la reserva de billetes que “convencían” a la gente de decir cosas que quizás no querían. Con cien dólares se metió la sección de distribución de equipajes. Siguió el recorrido guiado por un hombre que quizás habia sido el primero en separar una maleta para un avión de los hermanos Wright.

Llego a la zona de acceso al interior del aeropuerto. Comenzaban a reunirse personas para sus viajes, supuso que pronto reactivarían los radares de aviación para el servicio público. Notó algunos guardias N E, los controladores de disturbios o conspiraciones, jugó con unos billetes hasta frente a un guardia de seguridad, este acepto dos billetes de cien, antes de indicarle por donde habia seguido uno de los pasajeros del vuelo privado.

Siguió la mano del guardia hasta un bar casi vacío. En el camino se quito la corbata y el saco, desabrocho algunos botones y paso a ser uno más del montón.

Su personalidad lo favorecía con un encanto especial en las mujeres, tenía un sex appeal particular para las damas, y obviamente sabía usar sus armas. Pero además de eso su fisionomía era tan parecía a tantos otros que casi siempre era confundido con el sujeto de al lado, antes de volver a verle el rostro.

Utilizó acento francés y con algunas palabras dulces, supo exactamente que habia bebido el griego, y cuanta propina habia dejado en la mesa.

—Luego lo vi marcharse hacia los baños. —Respondió dulcemente la chica en francés, pero con un acento italiano que a Hermes le pareció excitante.

—¿Hace cuánto de esto, cariño? —Dijo él mientras dejaba varios billetes envueltos en su blusa.

Ella lo miro con recelo, pero aun sonriendo.

—Es que es un buen amigo mío. Y no quiero que piense que lo he dejado, sabes.

—De acuerdo, señor, es usted muy persuasivo. Mas o menos unos cinco minutos, espero que no sea usted de esos… —Señaló con la cabeza a uno de los N E.

—O no tienes porque preocuparte, cariño. —Se puso de pie y le dio beso en las mejillas—. Ha sido un placer hablar contigo. Iré a hablar con mi amigo que se va en el primer vuelo. Y luego vendré a tomar algo a tu precioso bar.

Ella se sonrojo. Le agradeció con la mirada.

Hermes se retiró, haciendo una reverencia, miro la solapa donde relucía el nombre en letras negras sobre una etiqueta metaliza dorada.

—Lindo nombre Uma. —Y se retiró.

El camino que lo distanciaba hasta los baños estaba cubierto por una gran concurrencia de personas, según el aviso por voz, el primer despegue se realiza en diez minutos, dirección a Australia

¿Por qué ese destino? —Se preguntó.

Ingresó por la puerta que tenia la figura de un hombrecito, el idioma universal de caballeros, y se puso a cubierto en la primera puerta que halló vacía.

Los cubículos se alzaban unos diez centímetros del piso. Se agacho para en busca de los zapatos del griego, unas botas estilo militar marrones con detalles en negro y ojales plateados. Distinguió tres pares de pies, zapatillas deportivas, justo delante de él; en el segundo cubículo, unos zapatos de vestir italianos; y en el ultimo las botas del griego. Estaba sentado, y eso favorecía algo en su tiempo.

Salió del cubículo y rebuscó el cartel “out of service/ fuera de servicio”, estaba bien ocultó bajo los lavabos. Al colocarlo en la puerta varias personas se retiraron del pasillo, no tenía mucho tiempo. Volvió a ocultarse en el cubículo, con la puerta entreabierta al tiempo que el único la única otra persona que quedaba presiono el botón de descarga. Sintió el rose de la ropa y el sonido del cinturón mientras el griego se vestía. Lo vio ponerse frente al espejo.

Vamos maldito sucio, lávate las manos. —Pensó.

El griego se miró un instante y comenzaba a marcharse. Hermes habia agarrado la puerta para abrirla, entonces vio al sujeto sacar un cuchillo de la manga.

Hermes trago saliva. Oyó un grito ahogado y luego una maldición del Carabinieri, no podía verlo por el reflejo del espejo, pero por el sonido alguien habia muerto. Salió lentamente de su escondite.

El hombre estaba parado frente a un charco de sangre. Al parecer alguien todavía estaba en uno de los cubículos. La mala revisión de Hermes habia causado una muerte. Junto ambos puños y dio de lleno en la espalda del griego, sintió como la electricidad le recorría los brazos, era como golpear un muro de piedra, pero el efecto sorpresa habia hecho que perdiera equilibrio.

Hermes lo tomó por las piernas y lo arrastro al centro del baño. Y lo golpeo con todas sus fuerzas. Sabía bien que el sujeto no hablaría a la primera, y menos aun después de matar un inocente.

—¿Dónde te encontrarás con él?

Nada.

—¿Dónde… diablos… te… encontrarás… con él? —Los brazos ya le dolían, y los nudillos le sangraban. La cara del griego ya era un amasijo de sangre y piel despegada.

Sonrió y escupió sangre y dientes.

—Tú tampoco saldrás de esta, mensajero. Hay muchos de la Orden. No impedirás que él lleve a cabo la misión.

—¿Qué misión, escoria? —Volvió a golpearlo, esta vez menos fuerte que las anteriores—. ¿Dónde te encontrarás con él?

—Vas a matarme de todos modos. No te diré nada.

—Pero puedo hacer que el camino a la muerte sea menos doloroso. ¿Qué era el papel que le lanzaste en el avión?

—El lo miro desde una máscara grotesca, un diente blanco marfil le habia quedado pegado entre burbujas de sangre y saliva, otros tres brillaban en el piso.

Saco de uno de sus bolsillos una lapicera. Le quito el gancho que sirve para prenderla al bolsillo. Se la coloco bajo una de las uñas.

—Si grito, alguien vendrá.

—No creo que seas tan marica. Y el resultado no valdría la pena.

—Ellos también van a matarme, y si no lo hará Francesco. Yo solo debía trasmitir un código.

—¿Qué código? ¿En donde debías encontrarlo?

—Piazza San Pietro, en ciudad del Vaticano.

Un lugar muy público, para jugar a los conspiradores.

—Vosotros sois los conspiradores. Intentan ir en contra del resto del mundo.

—Millones han muerto y otros millones lo harán. Eso si no volamos en mil pedazos por las bombas atómicas.

—¿Eso es lo que crees? —Rió, haciendo gárgaras con la sangre—. Lo mejor está al final del arcoíris.

—Quieres decir que esta tregua es falsa.

—Ya no te diré nada. Si no te apuras no llegaras a la reunión con Francesco, él no será tan inútil como yo, acabará contigo.

—Entonces será mejor que te comportes como un buen muchacho y te quedes aquí hasta que salga.

Hermes se quito la ropa ensangrentada y uso una muda completa del bolso, salvo los zapatos que tuvo que limpiar con toallas de papel. Se maquillo un poco el rostro para aparentar tener un tono más oscuro de piel y uso una tintura color azabache para cubrir las canas de las sienes. Se miro una vez más en el espejo. Intentando acostumbrarse a su nuevo aspecto.

 El griego aun estaba en el suelo. Estático sin ánimos de defenderse. Volteo el rostro que comenzaba a hincharse y amoratarse. Sonrió con una boca ausente de dientes.

—¿Quién eres? —Balbuceó.

—No lo sé exactamente. Ya no recuerdo mi verdadero nombre ni mi verdadero aspecto. —Contestó—. ¿Deseas algo?

—Ya sé como terminara esto. Ellos me mataran.

—¿Quiénes te mataran?

—Los de la Nueva Era, ellos me conocen. Saben que soy capitán de la facción de Grecia. Jamás creerán si les digo que no he confesado.

—Procura encomendar tu alma al cielo. —Le dijo alejándose.

Antes de que Hermes abordara un taxi. Dorian Nikos, a quien habia conocido como el griego, ya estaba muerto de un balazo en la frente.

 

 

El vuelo privado ya se habia alzado en el firmamento. Los pasajeros acababan de enterarse del bautismo de Havoklands.

John de Santos apretó los puños y se le anudó la garganta. Sentía furia y dolor. No podía retener la ira que se acumulaba en su interior y quería apretar el cuello del culpable de que él se sintiera como se sentía.

Pensahof se giró hasta encontrar la cara de John, asintió con una mirada de pesar. Y John acepto el gesto. El resto del vuelo solo podía oír las voces internas de los fantasmas del pasado.

La muerte de Mary Ann, su hermano en Rumania. Hermes y los traicioneros en Roma.

 

25

 

—Dos destinos—

 

 

El avión había aterrizado en el aeropuerto de Los Ángeles a las cinco de la tarde del sexto día. Vrancêa pagó más de medio millón de euros para que el piloto hiciera el mismo viaje que tenía establecido, pero con los pasajeros improvisados. Por esa razón, al aterrizar en el destino final, debían desaparecer enseguida, ya que si alguien de alto rango los veía en los alrededores darían la alarma, comprometiendo seriamente la operación.

John de Santos, Pensahof y Mohammed. Corrieron hacia el hangar más cercano, intentando no levantar sospechas. En el camino, los asiáticos le confesaron el plan que llevarían a cabo.

—Escucha Tank —comenzó el árabe—, iremos directo con destino a Havok.

—Espero que sepan lo que hacen. —Desaprobó el ex SWAT.

—Nosotros también. Buscaremos a dos guardias de la Orden e intentaremos infiltrarnos en el interior.

—Suena más simple de lo que en verdad es. ¿Qué es lo que verdaderamente harán?

—Bueno… —Comenzó Pensahof—. Nos sacrificaremos por el bien de la humanidad.

—Es que no existe otra palabra entre ustedes.

Habían llegado al borde de un alambrado del otro lado corría una autopista vacía de tráfico.

—Tank, estamos en desventaja. Ellos llevan las de ganar —interrumpió Mohammed—. Uno de nosotros va a morir para que el otro ingrese al círculo interno. Aun no sabemos si el objetivo será Havok o búsqueda de información.

Los tres saltaron el alambrado.

—Yo iré a Fort Meade —continuó de Santos—. Debo estar ahí por si Lock se pone en contacto.

—Lo hará, es un muchacho muy inteligente. —Afirmó el palestino.

—Lo sé. Te lo agradezco Mohammed. Yo… agradezco algo de todo esto…

—No te pongas sentimental, grandote. —Interrumpió el Pensahof—. Además…

—En las peores situaciones…

—…hasta los enemigos más antiguos…

—Se unen. —Finalizó John.

Se miraron un instante en silencio antes de tomar diferentes rumbos, sabiendo que, quizás, no habría otra oportunidad de verse.

 

 

Hermes se hallaba a una distancia prudente en la Piazza San Pietro, desde que todo habia comenzado aquel lugar, tan cerca de Dios, se hallaba especialmente concurrido.

Esta vez habia recurrido a un conjunto deportivo, y de lo más casual y jugo a ser otro de los desahuciados en busca de redención. Miraba con atención a cada sacerdote que caminaba entre heridos y devotos, encontrando un parecido muy extraño en todos ellos. Pero por el momento ninguno era Francesco Gracianni, Il Cannonciale.

Se sentía particularmente indefenso, no sabía si el griego habia salido del aeropuerto y se habia puesto en contacto con el italiano o con algún otro de la Orden, esperaba que su “debilidad” no hubiese complicado los planes.

Observó sobre su hombro sin noticias de Francesco. Y decidió dar una pequeña ronda. Había al menos un millar de personas, por el espacio que llenaban en los alrededores. Se dirigió a la basílica de San Pedro, allí tendría una vista panorámica.

Subió hasta la Cúpula de la Basílica de San Pedro, desde allí tenía un vista directa de la plaza homónima, flaqueada por la Columnata de Bernini. Por primera vez se daba una noción de la cantidad de gente que habia concurrido, y se acercaba la hora de la misa.

Cuando se habia enterado que el Papa daría misa comprendió el hecho de la cita en aquel lugar. Mientras todos oyeran la voz del sumo Pontífice, los espías podrían hacer el intercambio de información. Solo que aun no llegaba a comprender que era exactamente lo que estaban comerciando. Metió la mano en el bolso y saco una cámara (recién robada), en realidad no le interesaba en lo más mínimo sacar fotos pero la misma tenía un poderoso lente que haría las veces de binoculares.

Llevó el lente hasta el Paseo Juan XXIII, por donde el mismo habia llegado desde el centro mismo de Roma. Giro a la derecha con la cámara aun apoyada en el rostro, la imagen carecía de una gran lucidez, pero aun así podía diferenciar los rostros. Buscó la Plaza de San Pedro, a la izquierda se topó con el palacio Papal. Justo esa zona estaba particularmente deshabitada podía diferenciar a los hombres de la Guardia Suiza, fácilmente diferenciables por el color de los trajes. Y entre ellos a un grupo de Sacerdotes.

Hermes supuso que ese era la señal. Estarían a punto de apostarse los guardias para que diera comienzo el discurso de paz del Papa. Bajo trotando las escaleras y cruzo con velocidad los pasillos en esa dirección. Sintió el peso de los años. Lo mismo que sus manos. Sentía las fisuras provocadas por la golpiza al griego.

Se acercó a una nueva zona segura. Bastante cerca como para notar los rasgos de las sacerdotes, pero bastante lejos como para mezclarse entre un grupo de fieles.

Entre ellos habia uno que correspondía a los rasgos principales, como ser, altura y contextura física. Tomo la cámara en sus manos, debía comprobar el objetivo. En efecto se trataba de Francesco, con la biblia entre sus manos y la cabeza gacha, como si estuviera rezando.

Hermes bajo la cámara y no le quitó la vista de encima.

La Guardia Suiza comenzó disponerse en puntos estratégicos al igual que los sacerdotes —una veintena al menos— que para Hermes debían ser agentes secretos. Su objetivo se movió al oeste, y Hermes lo siguió, en sentido contrario a los fieles que empezaban a disponerse más juntos y ordenados.

Se llevó por delante un tumulto de holandeses que comenzaron a insultarlo.

Valla cristianismo —pensó.

Perdió de vista un instante la sotana de Francesco, entonces se movió más rápido saliendo del tumulto de gente. En una esquina vio ondear un traje negro. Lo siguió y distinguió a varios metros una persona que correspondía a su aspecto. Lo siguió.

Al cabo de unos minutos de caminar por calles cada vez mas vacías, el sonido de los fieles se fue apagando paulatinamente. El sacerdote ingreso a un edificio tan antiguo que Hermes no reconoció a simple vista. Al traspasar la puerta, el aire se torno rancio y mohoso. La humedad del ambiente era casi tan molesta como el calor. La oscuridad era, por momentos, absoluta salvo por un rayo de sol que se colaba por una fisura del techo. Habia caído en una trampa. Lo supo al instante. El sonido de la carga de una bala resonó en el eco de la estancia.

—Mira lo que trajo el viento. –Susurro una voz en italiano—. Te esperaba con ansias, Hermes. —Continuó en Inglés—.

—Francesco Gracianni. —Dijo Hermes confuso—. ¿Ese es tu verdadero nombre?

—El mensajero no es importante. —Respondió nuevamente en italiano—. ¿Qué te trae por aquí?

—Deshacerme de la escoria como tú.

—Por empezar no deberías haber caído en un truco tan viejo.

—Suponía que la Orden de La Nueva Era estaba plagada de locos, pero no como para morir por un mensaje falso.

Sonó una carcajada forzosa.

—Imagino que te refieres a Dorian. Una pérdida importante para la Orden. Pero sabes, murió por la causa.

—¿De modo que él no era jefe de una facción…?

—Ni mucho menos. Era un simple soldado. Si era capitán de los Carabinieri, en Grecia. Pero no tenía un rango importante en la Orden.

—¿Vas a matarme?

Volvió a reír.

—Muéstrame tu cara Lúcian.

—¿Cómo sabes mi nombre? —Interrogó al tiempo que giraba el cuerpo.

—Somos muy pocos los que de verdad hacemos el trabajo bien. Te estás volviendo viejo, Lúcian. Un truco tan antiguo como este. —Repitió con un chasquido de la lengua.

—¿Bandera negra? No pensaba con claridad. —Se defendió—. Supongo que me la has jugado bien.

—Me subestimaste, Lúcian. A toda la Orden. ¿Aun crees que somos un grupo de fanáticos religiosos?

—¿Y qué es lo que son entonces?

—Muchos de nosotros descendemos directamente de las Ordenes Masónicas. Diseminadas por el mundo. Gente con mucho poder y dinero.

—Entonces, ¿la Orden es una fachada?

—O no, para nada. Havok es bien real. Pero el muy idiota cree de veras que es el Rey del mundo. Necesitamos de él, tanto como el de nosotros.

—¿Y dónde acaba todo esto? Para que iniciar una tercera guerra mundial. Hace siglos que conviven en las sombras…

—Esa es la razón, Lúcian, tú mismo lo has dicho. Ya no queremos estar a la sombra, pero los de más arriba querían seguir el juego. Querían que el mundo entero, la raza humana por completo sufriera la enfermedad —hizo un breve suspiro y continuó—. Y luego nosotros seriamos la cura a todos los males.

Hermes, lo pensó un instante. Habia un código oculto en la última frase. Entonces se le vino a la mente lo que el mismo Dorian Nikos habia dicho, primero la negativa a las bombas atómicas, luego la frase “Lo mejor está al final del arcoíris”.

—Empiezas a comprender, ¿verdad? —dijo hilarante —. Veo que el veterano aun da pelea.

—¿Guerra química? No es posible. No se atreverían.

Es una manera mejor de derrocar el sistema imperialista de Havok. Es cierto que es un idiota. Pero una vez que tomó parte de La Nueva Era, cambio el orden de las cosas. Si hacemos que el tome la culpa, los sobrevivientes adoraran a quien los defiendan.

—¿Y quién son? ¿Quién es el futuro de la humanidad?

—¡Oh! El esta tan arriba que ni siquiera alcanzo a verlo.

—Maldito hijo de perra. —Se abalanzó.

Francesco disparo el arma hiriéndolo en un brazo. La explosión resonó amplificada. La bala entro y salió en un recorrido limpio, partiendo l hueso del antebrazo.

—Voy a confesarte todo antes de que mueras. Faltan solo unas horas para que la verdadera guerra estalle.

—Eres un… —Apretó los labios en una mueca de dolor.

Habrá un mañana en que la noche se ilumine con las llamas de los misiles.

—Imagino que en el interior llevaran bacterias…

—Haces bien en imaginar. Pero no son solo bacterias, es la mismísima caja de pandora directo a la atmosfera. Contaminaran las nubes, y las nubes al agua. Y el primer lugar será América. Las Havoklands como bautizó Fran a los Estados Unidos.

Hermes se arrodillo, estaba desangrándose.

Al cabo de un instante Francesco continuó.

—Dime Lúcian, no me reconoces.

—Debería. –Contestó desafiante.

—No claro que no. El cirujano plástico hizo una muy buena reconstrucción. Pero, sabes, no siempre he sido un agente del Papa, un señor de Dios. Una vez pertenecí a la misma orden que tu. Te conocí, Lúcian, trabajamos juntos alguna vez. Tú me ensañaste todo lo que debía saber antes de traicionarlos.

Los ojos de Hermes se abrieron más de lo que podía.

—¿Nicholas… eres tú? Deb… deberías estar muerto.

—Nicholas, ese era mi nombre en esa época, ¿verdad? —Empezó a reír—. Si, si lo era. Simule una muerte muy real, atentado del IRA, en Irlanda. Se suponía que debía infiltrarme en sus líneas.

Al morir de esa manera, quedaste con un gran cargo de consciencia. “La culpa es de los agentes” ¿no es así?

Hermes comenzó a llorar en silencio. Pero el eco del ambiente amplificaba sus mudos sonidos.

—Acaba conmigo ahora.

—Eso haré. —Le puso el revólver en la frente, justo en medio de los ojos—. Deberías haberte jubilado hace mucho.

Hermes jugo su última carta. No sabía de cuánto tiempo disponía, pero ya habia planeado el movimiento. Solo esperaba que el ejecutor se distrajera con sus lágrimas falsas.

—Tú nunca deberías haber nacido. —Dijo a voz en grito.

Se movió tan rápido como pudo. Corrió el brazo armado de Francesco —Nicholas— y le clavó las tijeras que usaba para recortarse el pelo, justo en el medio del bíceps, penetrando los músculos. Le propino dos codazos y antes de que el otro reaccionara, saco las tijeras y las llevo hasta la yugular. Sin pensarlo hundió el filo y lo empujó.

El piso de la antigua construcción resulto ser de madera, y el olor rancio provenía del avanzado estado de descomposición de la misma. El cuerpo de Francesco Gracianni cayo inerte sobre la madera podrida, y fue a parar al piso inferior.

Hermes se acercó al borde, pudo divisar por la tenue luz que el cuerpo sin vida de su ex discípulo yacía sin vida, aun tomándose el cuello. Dos estacas de madera habían ingresado por su espalda y levantaban la sotana a la altura del pecho.

—Lúcian. —Recordó Hermes—. Hacía tiempo que no usaba ese nombre.

Se hizo un torniquete con un pedazo de una remera. Y salió trotando de la Ciudad del Vaticano

 

26

 

—Extremo de la bala—

 

 

Gwenith Fielding contestaba una mentira piadosa al gran Rey Havok —le pareció el nombre de un supremo sacerdote de las islas centroamericanas, y la comparación la hizo sonreír— habia llegado hacia treinta y seis horas. Vigilaba distancia prudencial la casa del objetivo.

Envió un mensaje que describía la repentina ida de Deverov, y así era, se habia marchado esa misma mañana. Pero sabía exactamente hacia donde se dirigía. Habia interceptado una conversación que tenía con un anciano de apellido Ford. Aun no estaba preparada para matarlo. Parecían haber capturado al objetivo esas eran noticias interesantes. Asi que debía darse prisa y ponerse en marcha rumbo a Portland.

La casa donde se habia resguardado los últimos días estaba abandonada. Y no le sorprendió que muchas de las casas de aquel pueblo de Maine lo estuvieran. Ella había estado buscando una zona segura y cercana a la luz parpadeante que era Deverov en aquellos momentos. Y por esas casualidades del destino a unos metros de su objetivo habia una nota en una puerta.

La carta rezaba.

Lo siento a los amigos y familiares, fallecieron los queridísimos Nelson y Kelly, fue su corazón. Llame a la ambulancia en cuanto los encontré. Desearía que hubiera otro método de comunicación pero es de público conocimiento la situación que se enfrenta nuestra nación.

Mi más sentido pésame.

Carol, vecina de enfrente.

PD: Me mude al sur, cruzare la frontera.

09/04/13

La ventana del noroeste le profería una excelente visión de la planta baja donde al parecer Deverov y el anciano (Ford) tenían sus charlas acompañados de sendos vasos de whisky, la vista era tan directa que desde donde habia armado el rifle de precisión que podía ver la etiqueta de la botella y leer los labios de los hombres. La sensación de participar directamente de las reuniones era muy real. Así se habia enterado de las “buenas nuevas” acerca del objetivo, leyendo los labios de Deverov mientras se comunicaba a través de un teléfono Palm.

 

 

La primera noche que permaneció allí, y luego de notar que Deverov no se movería de la comodidad de la estancia de su amigo Ford, decidió descansar uno momentos. Se recostó en la cama. Arremolinando memorias de su infancia y malos recuerdos.

Gwenith se habia quedado dormida. Apenas lo suficiente como para que su cerebro asimilara la información que habia obtenido los últimos días. Pero de una manera extraña. Se veía a sí misma en la habitación de rosa donde habia sido retenida cuando la secuestraron tanto tiempo atrás. Conservaba el aspecto actual pero tenía la debilidad de entonces.

Veía a las figuras oscuras de sus captores mientras la obligaban a desvestirse o posar de una manera particular, mientras le sacaban fotos y la filmaban. En su interior sabia que todo era irreal, que lo estaba soñando, pero aun así no podía despertar.

Entonces veía un diario, el diario de su padre. Y unas fotos de un sujeto bajo un nombre escrito con mano temblorosa y sobrepasada las letras como para evitar que el tiempo borrara la tinta.

Mientras intentaba leer el nombre los ojos se le llenaban de lagrimas y se le nublaba la vista, los fantasmas la habían drogado y le susurraban las atrocidades que le harían antes de liberarla. Le decían que la culpa era suya por tener el cuerpo que tenia. Por tener la fama de la que disfrutaba. Por bailar tan sensualmente. Y sobre todo por no negarse cuando ellos la obligaban a usar esa ropa o posar para sus fotos.

Las figuras se acercaban y se alejaban. Manoseándola. Y entonces descubrió que estaban distraídos y que el cuchillo estaba demasiado cerca de sus manos. Podía ver el metal brillando ante la luz de los reflectores. Podía sentir el filo en sus manos.

Cuando los tres sujetos intentaron abusar de ella, despojarla de la ropa y violarla, ella aplicó toda su furia. Hundió la hoja del cuchillo en el vientre del primero, sin que los demás lo notaran hasta que fue demasiado tarde. Sacó el cuchillo a una velocidad que no sabía que era capaz de lograr y corto el cuello del segundo, en seguida quedo bañada en sangre. Y estalló el frenesí. Antes que el tercero pudiera reaccionar lo apuñalo tres veces.

En su sueño podía ver el diario de su padre mientras las letras se iban aclarando.

Despertó envuelta en sudor y llorando. Pero había aclarado algunas ideas. Comprendía que los hechos con los que habia acabado su cautiverio habían cambiado su vida. Y una vez que descubrió que podía matar, y que le gustaba, se convirtió en sicario. Pero de modo vengativo, siempre mataba a gente que lo merecía. Y este último trabajo incluía detalles que no llegaría a cumplir.

Se despojo de la ropa y se dio una ducha. Mientras que el agua caliente se deslizaba por su cuerpo relajando sus músculos, repasó mentalmente las palabras que estaban escritas en el diario.

—Abraham Jericho. —Susurró—.

Era cierto que el apellido podría ser algo común en algunos países. Pero ¿qué familiaridad podría haber entre el tal Abraham, el supuesto “super humano” de las fantasías de su padre, y el joven que Havok y Deverov seguían?

Ambas historias tenían tintes de película de ficción —claro que ella misma habia visto un video del muchacho— ¿Acaso era el futuro de la raza humana? ¿Sería cierto que un Jericho se convertiría en el salvador? Tal y como afirmaba su padre.

Salió del baño semidesnuda y hecho una hojeada al PDA, Deverov seguía en el mismo punto. Se acerco al ventanal y observó por la mirilla del rifle. No habia signos de vida en kilómetros a la redonda. Ni autos, ni transportes.

Se vistió lentamente y sin notarlo volvió a quedarse dormida.

 

 

Deverov acelero a fondo por la angosta calle. Cruzo, sin saberlo, delante del vehículo de su perseguidora. Gunsmith le dejo algunas manzanas de distancia, de igual modo lo seguía por medio del GPS. Alexandr se dirigía directo a la costa, y al cabo de una hora de conducir a un promedio de cien kilómetros por hora, aparcó en un helipuerto privado.

Gunsmith vio que estaba solo, y supo que ese era el momento exacto. Desempaco el rifle de precisión, y se coloco en posición. No tardó en ubicar el rostro nórdico del capitán entre las cruces de la mira.

 

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Supremacía 1

¡El final ya está escrito!
Luego de más de siete meses de idas y vueltas, de errores y nuevos comienzos, el ultimo capítulo de Supremacía 1, la Nueva Era está escrito.
Gracias a aquellos que pacientemente supieron esperar una nueva publicación, y a los nuevos: Os doy la bienvenida

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Comentarios

Fin (Rodrigo Vicente ;))
Ehhh maxi me alegro de todo esto que hallas podido publicarlo es un gran logro y Bueno te deseo ......(17 ene)
Nueva nota del autor (CulturArte)
Exitos Maxi!!! adelate con fuerza y valor..... y a volar, volar, volar............(10 jun)

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